29-12-2025, 09:39 PM
Cogí aire, solo un instante, pues en medio de la batalla no hay tiempo para mucho más. Y es que en eso se había convertido nuestra aventura; había pasado de ser una simple incursión en busca de nuestro primer refugio, a ser nuestra primera batalla como tripulación. Las paredes rechinaban, y podía sentir cómo las pequeñas piedrecillas que caían a mi alrededor saltaban de un lado a otro, como si intentasen huir de aquella caverna. La cueva crujía, como un perro amenazante que gruñe y muestra sus dientes ante un desconocido que se acerca, justo antes de atacar.
Mi respiro se cortó de golpe cuando vi aparecer a un guerrero delante de Kiyoshi. Era uno de los enemigos a los que había disparado a través de la oquedad que había abierto el reptil con su embestida. Aquel hombre, o ¿talvez sería más correcto llamarlo chico? Como sea, el enemigo aterrizó frente a Kiyoshi, en un movimiento rápido para alguien sin entrenamiento, pero que pude seguir sin ningún problema, pese a estar en la distancia. Supe pronto que su movimiento no sería lo suficientemente veloz como para sorprender al médico de la tripulación. Sabía que era alguien competente y supe por Eros que había desempeñado un gran papel en el evento ocurrido en los Cabos Gemelos. Aún así, ahora era mi compañero. Habíamos viajado grandes distancias. Habíamos perdido un barco, nuestro hogar. Algunos compañeros se habían quedado por el camino. Ahora estábamos los tres solos, y bien saben los dioses lo que unen las adversidades.
Flexioné mis piernas y volqué mi peso hacia delante, hacia las puntas de mis pies, las cuales hicieron crujir los huesos bajo ellas. No podía quedarme mirando, tampoco podía esconderme. Era el momento de dar un paso al frente, de demostrarle al mundo que no iba a seguir siendo un cobarde. Oí el repiqueteo que producía el cartucho sujetado por mi temblorosa mano al introducirlo en la recámara. Apreté el cerrojo y me aseguré de tener mi arma lista para disparar y entonces salté hacia delante. Sin detenerme un segundo, sin pensarlo demasiado. Sin darle tiempo al miedo de atenazar mis piernas. Recorrí casi la mitad de la distancia que me separaba de mi amigo antes de volver a tocar el suelo y entonces comencé a correr hacia ellos.
Pude observar cómo el reptil al que habíamos atacado, finalmente, había sucumbido a nuestro plan. O a nuestra improvisación. Sea como fuere, el animal había saltado enfurecido por la abertura. Deseé por un momento que Eros pudiese ver a la bestia caer y tuviese tiempo de apartarse de su camino, pues yo había probado una de sus embestidas y no se la recomendaba a nadie. Además, la criatura parecía mucho más enfurecida ahora. La cueva continuaba retumbando, sabía que no podíamos estirar mucho nuestra contienda. Levanté mi arma y apunté a nuestro enemigo, a uno de los causantes de aquella masacre que se extendía por todo el suelo de la cueva.
—¡Eh, tú, bestia! No serás tú el cobarde que ha causado todo esto, ¿no?
Disparé. No con la intención de dañarlo, tenía más fe en herirlo con mis palabras que con mis balas. Sabía que mis capacidades como tirador distaban mucho de las de Kiyoshi. Tan solo quería abrir una ventana para mi compañero, una distracción para que pudiera devolverle todo el daño que había intentado causarle anteriormente. El entorno no me era para nada favorable, pero sabía que podía sumar, que podía serle útil a mis compañeros.
Vamos, Kiyoshi. ¡Dale su merecido!
Mi respiro se cortó de golpe cuando vi aparecer a un guerrero delante de Kiyoshi. Era uno de los enemigos a los que había disparado a través de la oquedad que había abierto el reptil con su embestida. Aquel hombre, o ¿talvez sería más correcto llamarlo chico? Como sea, el enemigo aterrizó frente a Kiyoshi, en un movimiento rápido para alguien sin entrenamiento, pero que pude seguir sin ningún problema, pese a estar en la distancia. Supe pronto que su movimiento no sería lo suficientemente veloz como para sorprender al médico de la tripulación. Sabía que era alguien competente y supe por Eros que había desempeñado un gran papel en el evento ocurrido en los Cabos Gemelos. Aún así, ahora era mi compañero. Habíamos viajado grandes distancias. Habíamos perdido un barco, nuestro hogar. Algunos compañeros se habían quedado por el camino. Ahora estábamos los tres solos, y bien saben los dioses lo que unen las adversidades.
Flexioné mis piernas y volqué mi peso hacia delante, hacia las puntas de mis pies, las cuales hicieron crujir los huesos bajo ellas. No podía quedarme mirando, tampoco podía esconderme. Era el momento de dar un paso al frente, de demostrarle al mundo que no iba a seguir siendo un cobarde. Oí el repiqueteo que producía el cartucho sujetado por mi temblorosa mano al introducirlo en la recámara. Apreté el cerrojo y me aseguré de tener mi arma lista para disparar y entonces salté hacia delante. Sin detenerme un segundo, sin pensarlo demasiado. Sin darle tiempo al miedo de atenazar mis piernas. Recorrí casi la mitad de la distancia que me separaba de mi amigo antes de volver a tocar el suelo y entonces comencé a correr hacia ellos.
Pude observar cómo el reptil al que habíamos atacado, finalmente, había sucumbido a nuestro plan. O a nuestra improvisación. Sea como fuere, el animal había saltado enfurecido por la abertura. Deseé por un momento que Eros pudiese ver a la bestia caer y tuviese tiempo de apartarse de su camino, pues yo había probado una de sus embestidas y no se la recomendaba a nadie. Además, la criatura parecía mucho más enfurecida ahora. La cueva continuaba retumbando, sabía que no podíamos estirar mucho nuestra contienda. Levanté mi arma y apunté a nuestro enemigo, a uno de los causantes de aquella masacre que se extendía por todo el suelo de la cueva.
—¡Eh, tú, bestia! No serás tú el cobarde que ha causado todo esto, ¿no?
Disparé. No con la intención de dañarlo, tenía más fe en herirlo con mis palabras que con mis balas. Sabía que mis capacidades como tirador distaban mucho de las de Kiyoshi. Tan solo quería abrir una ventana para mi compañero, una distracción para que pudiera devolverle todo el daño que había intentado causarle anteriormente. El entorno no me era para nada favorable, pero sabía que podía sumar, que podía serle útil a mis compañeros.
Vamos, Kiyoshi. ¡Dale su merecido!
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