[Pr.Rl. - T4] El Guardian de la Escoria Social
#11
El barrido final de la maleta aplasta a los últimos Parvicursores contra el suelo de la jungla con un sonido desagradable de huesos pequeños quebrándose y plumas aplastándose en el barro. Owen queda de pie en medio del desastre, la maleta destrozada abandonada contra el árbol donde aplastó al ladrón de pan, su chaqueta roja hecha jirones revelando la piel arañada debajo. En su mano izquierda, el Parvicursor capturado chirría y aletea débilmente. Los mechones dorados en las ramas cercanas brillan bajo la luz filtrada, marcando el camino errático de la huida de Cassidy. Las dos horas siguientes son un ejercicio frustrante. Owen no es un explorador. Nunca lo ha sido. Su experiencia en las calles de Isla Tamanegi no le preparó para seguir rastros en una jungla prehistórica donde cada árbol se ve idéntico al anterior y cada sonido podría ser tanto un pájaro inofensivo como un depredador de tres toneladas. Los mechones de cabello rubio aparecen esporádicamente, algunos enganchados tan alto en las ramas que Owen tiene que preguntarse cómo demonios Cassidy logró pasar por ahí. Otros están en el suelo pisoteados en el barro. Se pierde. Varias veces. Termina en el mismo claro tres veces en cuarenta minutos, reconociendo una roca con forma extraña que jura haber visto antes. Da vueltas en círculos tan obvios que el pollo prehistórico en su mano parece juzgarlo con sus ojos negros pequeños, sus chirridos ocasionales sonando casi como burla. El calor no ayuda.
 
Pero es la sed la que realmente empieza a cobrar factura. Owen no ha bebido una gota de agua desde que llegó a Little Garden esta mañana. El pan que desayunó, ese único trozo robado que los Parvicursores devoraron con tanta crueldad, es lo único que ha entrado a su sistema en horas. Su boca se siente como si estuviera llena de arena, su lengua pegándose al paladar cada vez que intenta tragar. Los labios empiezan a agrietarse. La garganta arde. Cada paso se vuelve ligeramente más pesado. No dramáticamente, no todavía, pero lo suficiente para que Owen lo note. Es la falta de agua. Es el calor. Es el hecho de que su cuerpo está literalmente secándose desde adentro mientras él persigue mechones de cabello rubio a través de una jungla. El Parvicursor en su mano ha dejado de luchar tan vigorosamente. Todavía chirría ocasionalmente, todavía intenta picotear sus dedos cuando cree que Owen está distraído. Probablemente también tiene sed, piensa Owen con una ironía amarga. Dos idiotas sedientos vagando por Little Garden.
 
Encuentra más mechones. Una coleta completa enganchada en una rama baja. Owen la arranca, observándola por un momento antes de seguir adelante. Cassidy debe estar medio calva a este punto, considera, si ha estado dejando tanto cabello en su huida. Los sonidos de la jungla continúan sin cesar. El crujir constante de vegetación siendo pisoteada por algo grande que afortunadamente nunca se acerca lo suficiente para ser visible. Owen se mantiene alerta, sus ojos escaneando constantemente, pero la sed está empezando a afectar su concentración. Se encuentra mirando fijamente un charco de agua estancada por varios segundos. Hora y media pasa. Los arañazos en su cuerpo han dejado de sangrar pero arden cada vez que el sudor entra en contacto con ellos. La chaqueta roja, ya destrozada, se pega a su piel de forma incómoda. Dos horas. Finalmente, finalmente, escucha algo diferente. No es un rugido. No es el sonido de vegetación siendo aplastada. Es un disparo. Agudo, inconfundible, el crack de un rifle resonando a través de la jungla desde algún lugar adelante y a la izquierda. Luego otro. Y otro. Disparos irregulares, sin ritmo, el tipo de disparos que hace alguien que está pánico puro y apretando el gatillo sin apuntar a nada en particular. Owen corre. Bueno, intenta correr. Lo que realmente hace es un trote tambaleante, sus piernas protestando, su respiración saliendo en jadeos secos que hacen arder su garganta. El Parvicursor en su mano chirría con renovada alarma ante el movimiento repentino, aleteando inútilmente mientras Owen lo arrastra a través de helechos y sobre raíces expuestas. Otro disparo. Más cerca ahora. Y luego, finalmente, voces. No, voz. Singular. Cassidy, gritando algo incoherente entre disparos, su tono histérico alcanzando octavas que Owen no sabía que la voz humana podía producir.
 
Emerge en un claro y la escena frente a él es simultáneamente aterradora y absurda. Cassidy está en el centro, su uniforme blanco ahora marrón con barro y rasgado en varios lugares, su cabello rubio larguísimo reducido a una longitud considerablemente menor con mechones faltantes dejando parches donde el cuero cabelludo es visible. Empuña su rifle con ambas manos. Pero no es Cassidy lo que hace que Owen se detenga en seco. Son los cincuenta Compsognathus que la rodean en un círculo casi perfecto. Cada uno del tamaño de un gato grande o perro pequeño, con cuerpos delgados y bípedos, colas largas que se balancean mientras se mueven, cabezas pequeñas con ojos brillantes que observan a Cassidy con una inteligencia perturbadora. No están atacando. Eso es lo extraño. Están simplemente... ahí. Rodeándola. Moviéndose lentamente en círculo, manteniendo una distancia de aproximadamente tres metros, sus cabezas ladeándose de forma casi curiosa cada vez que Cassidy dispara. Cada tiro hace que el círculo se expanda ligeramente, los Compys retrocediendo medio paso, pero luego inmediatamente vuelven a acercarse cuando el eco del disparo se desvanece.
 
“¡ALÉJENSE! ¡ALÉJENSE DE MÍ!” – Cassidy llora, su voz rota y ronca. Dispara de nuevo, la bala impactando en el suelo a metros de cualquier dinosaurio real, levantando una nube de tierra. Los Compys ni siquiera se inmutan demasiado – “¡MALDITOS LAGARTOS!” – Otro disparo. Click. El rifle hace un sonido vacío. Click click click. Cassidy aprieta el gatillo frenéticamente, pero no salen más disparos. Se quedó sin munición. Los Compys lo notan. El círculo se cierra. No mucho, tal vez medio metro, pero es suficiente para que Cassidy colapse. Suelta un sollozo para luego llorar a chorros. Owen está de pie en el borde del claro, todavía sosteniendo el Parvicursor en su mano. Su garganta está tan seca que tragar duele. Su cuerpo está cubierto de arañazos que arden. Ha estado caminando en círculos durante dos horas buscando a esta niña rica mimada. Y ahora está rodeada por cincuenta dinosaurios del tamaño de gatos. Perfecto. Absolutamente perfecto.
 

 
Detalles Importantes

OFF
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]


Mensajes en este tema
RE: [Pr.Rl. - T4] El Guardian de la Escoria Social - por Fuguwu - 30-12-2025, 02:35 AM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)