30-12-2025, 03:18 PM
Entré aquel lugar porque ya estaba en Samba, ya me encontraba aquí. No porque el lugar me llamara, sino porque yo decidí que merecía ser observado. La campanilla sobre la puerta sonó con un tintineo vulgar, impropio de un establecimiento que pretendía comerciar con objetos de filo, concepto que, irónicamente, parecía escapársele por completo al local. El olor a metal, madera y trabajo manual me recibió de inmediato, acompañado, por desgracia, de un aroma humano demasiado presente, sudor antiguo, uso prolongado, samba siendo Samba.
Me detuve apenas cruzar el umbral, permitiéndome el lujo de evaluar el entorno con calma. El mostrador, las paredes repletas de herramientas, cuchillos colgados como si fueran trofeos sin mérito, piedras de afilar alineadas con un orden aceptable. No refinado, pero funcional, todo demasiado grande para mí, como siempre, todo demasiado tosco y entonces la vi, sentada encima del mostrador.
Una mujer conejo, Humink, si mi ojo entrenado no fallaba, con una sonrisa ensayada, un bikini ridículamente pequeño y un chaleco que parecía cumplir más una función sugerente que práctica. Brazos abiertos, postura estudiada, voz modulada para atraer clientes, no compradores, clientes. De esos que entran con la cabeza vacía y salen con las manos ocupadas y la dignidad un poco menos intacta. Mientras recitaba su discurso, yo avancé unos pasos más, el sonido de mis zapatos perfectamente lustrados contrastando con el suelo gastado. Me subí con elegancia a una pequeña caja de madera cercana no iba a gritarle desde el suelo como un desamparado y, como correspondía, saqué mi reloj de bolsillo dorado. Lo abrí, miré la hora y lo cerré. Todo dentro de lo previsto.
—Detente —dije, alzando una mano con autoridad absoluta, cortando su bienvenida como si fuera un hilo mal tensado —No necesito un catálogo recitado por alguien sentada donde se supone que no debe sentarse. — La observé de arriba abajo sin ningún disimulo, con la expresión crítica y ligeramente ofendida que reservo para los objetos mal colocados o las personas que no conocen su lugar. Mis ojos ámbar se detuvieron en su atuendo, luego en sus orejas, luego en su postura.
—Y por los mares ¿esto es una tienda de herramientas o un burdel con inventario metálico? —añadí con sequedad —Porque si lo segundo no está indicado en la entrada, estamos ante un problema de expectativas comerciales. — Me acomodé el traje, retirando con dos dedos invisibles motas de polvo inexistentes. Mi cola purpúrea se movió con desdén detrás de mí, perfectamente visible, como debía ser.
—Antes de que continúes —proseguí —aclaremos algo no he venido a ¨compartir mi tiempo¨. Mi tiempo es caro. Mucho más que cualquier cuchillo colgado aquí y, desde luego, no he venido a ser distraído por —hice un gesto vago hacia su conjunto— tácticas visuales de dudosa efectividad. — Avancé un poco más, saltando con precisión al mostrador mismo, colocándome a una distancia segura de ella. Demasiado cerca para ignorarla, lo suficientemente lejos para evitar contacto innecesario. El olor era aceptable, perfume ligero, al menos tenía la decencia de no oler a sudor rancio, lo cual ya la colocaba por encima del promedio local.
—Lázaro —me presenté, sin extender la mano —No hace falta que memorices el apellido, pocas personas lo merecen. — Mis ojos recorrieron nuevamente el local, ahora con un interés más técnico. —Busco instrumentos pequeños, precisos. Hojas bien balanceadas, nada de estos —empujé con un dedo uno de los cuchillos grandes expuestos — cacharros diseñados para manos torpes y fuerza bruta. Si tu clientela habitual los necesita, explica muchas cosas. — Volví a mirarla, esta vez con una leve inclinación de cabeza, no exactamente cortesía, pero sí reconocimiento funcional.
—Asumo que estás aquí porque sabes vender —dije —No porque entiendas de acero, ni de filo, ni de mantenimiento real. Aun así, si eres capaz de escuchar en lugar de hablar, quizá esta interacción no sea una pérdida total de mi mañana. — Hice una pausa deliberada. El silencio era una herramienta tan válida como cualquier cuchillo bien afilado. —Y baja del mostrador —añadí, con frialdad —No necesito que me vendas nada con las piernas. Necesito que lo hagas con competencia. Si es que la tienes. — Saqué nuevamente el reloj, era inevitable sentí que hablé por demasiado tiempo. Lo abrí, lo miré y lo cerré.
—Tienes mi atención por ahora, Hiiragi —pronuncié su nombre con precisión, como si fuera una palabra extranjera que había aprendido por obligación —No la desperdicies. —
Me detuve apenas cruzar el umbral, permitiéndome el lujo de evaluar el entorno con calma. El mostrador, las paredes repletas de herramientas, cuchillos colgados como si fueran trofeos sin mérito, piedras de afilar alineadas con un orden aceptable. No refinado, pero funcional, todo demasiado grande para mí, como siempre, todo demasiado tosco y entonces la vi, sentada encima del mostrador.
Una mujer conejo, Humink, si mi ojo entrenado no fallaba, con una sonrisa ensayada, un bikini ridículamente pequeño y un chaleco que parecía cumplir más una función sugerente que práctica. Brazos abiertos, postura estudiada, voz modulada para atraer clientes, no compradores, clientes. De esos que entran con la cabeza vacía y salen con las manos ocupadas y la dignidad un poco menos intacta. Mientras recitaba su discurso, yo avancé unos pasos más, el sonido de mis zapatos perfectamente lustrados contrastando con el suelo gastado. Me subí con elegancia a una pequeña caja de madera cercana no iba a gritarle desde el suelo como un desamparado y, como correspondía, saqué mi reloj de bolsillo dorado. Lo abrí, miré la hora y lo cerré. Todo dentro de lo previsto.
—Detente —dije, alzando una mano con autoridad absoluta, cortando su bienvenida como si fuera un hilo mal tensado —No necesito un catálogo recitado por alguien sentada donde se supone que no debe sentarse. — La observé de arriba abajo sin ningún disimulo, con la expresión crítica y ligeramente ofendida que reservo para los objetos mal colocados o las personas que no conocen su lugar. Mis ojos ámbar se detuvieron en su atuendo, luego en sus orejas, luego en su postura.
—Y por los mares ¿esto es una tienda de herramientas o un burdel con inventario metálico? —añadí con sequedad —Porque si lo segundo no está indicado en la entrada, estamos ante un problema de expectativas comerciales. — Me acomodé el traje, retirando con dos dedos invisibles motas de polvo inexistentes. Mi cola purpúrea se movió con desdén detrás de mí, perfectamente visible, como debía ser.
—Antes de que continúes —proseguí —aclaremos algo no he venido a ¨compartir mi tiempo¨. Mi tiempo es caro. Mucho más que cualquier cuchillo colgado aquí y, desde luego, no he venido a ser distraído por —hice un gesto vago hacia su conjunto— tácticas visuales de dudosa efectividad. — Avancé un poco más, saltando con precisión al mostrador mismo, colocándome a una distancia segura de ella. Demasiado cerca para ignorarla, lo suficientemente lejos para evitar contacto innecesario. El olor era aceptable, perfume ligero, al menos tenía la decencia de no oler a sudor rancio, lo cual ya la colocaba por encima del promedio local.
—Lázaro —me presenté, sin extender la mano —No hace falta que memorices el apellido, pocas personas lo merecen. — Mis ojos recorrieron nuevamente el local, ahora con un interés más técnico. —Busco instrumentos pequeños, precisos. Hojas bien balanceadas, nada de estos —empujé con un dedo uno de los cuchillos grandes expuestos — cacharros diseñados para manos torpes y fuerza bruta. Si tu clientela habitual los necesita, explica muchas cosas. — Volví a mirarla, esta vez con una leve inclinación de cabeza, no exactamente cortesía, pero sí reconocimiento funcional.
—Asumo que estás aquí porque sabes vender —dije —No porque entiendas de acero, ni de filo, ni de mantenimiento real. Aun así, si eres capaz de escuchar en lugar de hablar, quizá esta interacción no sea una pérdida total de mi mañana. — Hice una pausa deliberada. El silencio era una herramienta tan válida como cualquier cuchillo bien afilado. —Y baja del mostrador —añadí, con frialdad —No necesito que me vendas nada con las piernas. Necesito que lo hagas con competencia. Si es que la tienes. — Saqué nuevamente el reloj, era inevitable sentí que hablé por demasiado tiempo. Lo abrí, lo miré y lo cerré.
—Tienes mi atención por ahora, Hiiragi —pronuncié su nombre con precisión, como si fuera una palabra extranjera que había aprendido por obligación —No la desperdicies. —
