Seguí a esa mujer desconocida de cabello como si se hubiese colocado pasto a propósito encima de su cabeza, la pelipasto, ¿será así? Tenía que comprobarlo más de cerca, por eso y por otras razones es que me acercaba a ella, sin preocuparme demasiado de las advertencias que me había dado el hombre del mercado, porque el miedo, por más que lo sintiese, me impulsaba a conseguir con lo que quería en vez de alejarme y tener cuidado, por el contrario, me llamaba mucho la atención, bueno, con que se trate de una mujer que deje la cagada en algún lugar o simplemente su presencia la hace notar como una tipa empoderada, que no pide permiso ni disculpas, siempre me va ha llamar la atención. No me acercaba a ella para analizarla o juzgarla o entenderla, no me importaba si lo que hizo estuvo bien o mal, y yo no soy quien pueda hablar de comportamientos… solo quería que me escuchara para entregarle una fruta fresca y jugosa de la caja que llevaba.
Mientras tanto, mis ojos no se quedaban quietos. Recorrí todo su cuerpo, quedándome atrapada en su hermoso culo, porque era imposible no notarlo si se le marcaba a cada paso que daba y no me sentí culpable ni avergonzada, solo agradecida de que al menos, después de horas de castigo, de rollidas y en silencio haya sido en vano para ver algo tan lindo. Pero no se si gritarle era buena idea. Por un momento pensé que tal vez no me iba a escuchar nunca, incluso se me cruzó la idea de que la mujer pelipasto podía ser sorda, estaba por frustrarme y tirarle una fruta en su cabeza de, pero cuando la vi detenerse y comenzó a girarse, entendí que conseguí lo que buscaba, aunque no sabía que el resultado iba a ser muy diferente de la manera que deseaba. Porque cuando ella se acercó a mí, todo cambió por unos segundos, y en esos segundos noté la diferencia entre nosotras, sus pechos invadían mi espacio personal. Sus pechos son intimidantes, pero no retrocedí, me quedé quieta con la caja de frutas contra mi cuerpo, ¿será por susto o por admiración? No lo sabía, pero no alcancé a procesar nada más cuando sentí su abofeteada llegar tan rápido, sin aviso, y el golpe me dejó con la mente en blanco, escuchando, por un momento, un pitido largo en medio de un silencio… “piiiii”… Fue tan raro, como si me hubiese dado un momento de lucidez en la que no comprendí para nada su razón de su golpe.
Su abofeteada me terminó sacando un gemido involuntario y perdí el equilibrio, soltando la caja de frutas que cayó al suelo… ¡Ay no mis frutas! Las frutas quedaron desparramadas en el suelo, que triste. También sentí mi cuerpo que se iba a caer, pero eso no pasó, porque la tipa, quien me había abofeteado, me agarró de mi túnica. La observé, con mi respiración que se volvió más agitada, mientras notaba como esa mujer me sostenía, actuando de forma contradictoria que no lograba entender, tal vez debajo de toda esa fachada de musculitos hermosos, también había otra cosa como… unos cuantos malos recuerdos. Vaya, ¿acaso también está viendo mis pechos? Esta bien… que las vea. No pude reaccionar, me dejó sin poder darme tiempo para decirle una palabra, tan solo me sonrojé, tenía un mezcla en mi interior entre emputecerme y devolverle el golpe, preferí esperar… esperar a devolverle el golpe cuando estemos en un lugar más tranquilo.
De repente, comenzaron a aparecer otras figuras, monjes grandes, musculosos, no sé por que venían a pelear, pero como yo andaba re tonta después de lo que sucedió, fue solo ella, la pelipasto, quien reaccionó primero y en poco tiempo ya habia acabado con algunos. Fue entonces cuando su atención volvió de nuevo hacia mí y al escucharla preguntarme si era una prisionera… me quedé pensando… y es que en la iglesia, las monjas me vestían como querían, me bañaban y si, a veces ni siquiera podía salir… Sí, me sentia prisionera, pero no lo era… sin embargo, cuando esta mujer me acercó su mano y vi sus marcas en su piel… Decidí mentirle. Sin decirle nada, me limité a admitir con la cabeza con un gesto de mujer sumisa, aunque no lo fuese, solo con el movimiento de cabeza le respondí a su pregunta.. de que sí, sí era prisionera, y al sentir con mis dedos su palma de la mano, se la tomé con seguridad. ¿A donde me quería llevar? No iba a negar que me sentía muy intrigada.
Mientras tanto, mis ojos no se quedaban quietos. Recorrí todo su cuerpo, quedándome atrapada en su hermoso culo, porque era imposible no notarlo si se le marcaba a cada paso que daba y no me sentí culpable ni avergonzada, solo agradecida de que al menos, después de horas de castigo, de rollidas y en silencio haya sido en vano para ver algo tan lindo. Pero no se si gritarle era buena idea. Por un momento pensé que tal vez no me iba a escuchar nunca, incluso se me cruzó la idea de que la mujer pelipasto podía ser sorda, estaba por frustrarme y tirarle una fruta en su cabeza de, pero cuando la vi detenerse y comenzó a girarse, entendí que conseguí lo que buscaba, aunque no sabía que el resultado iba a ser muy diferente de la manera que deseaba. Porque cuando ella se acercó a mí, todo cambió por unos segundos, y en esos segundos noté la diferencia entre nosotras, sus pechos invadían mi espacio personal. Sus pechos son intimidantes, pero no retrocedí, me quedé quieta con la caja de frutas contra mi cuerpo, ¿será por susto o por admiración? No lo sabía, pero no alcancé a procesar nada más cuando sentí su abofeteada llegar tan rápido, sin aviso, y el golpe me dejó con la mente en blanco, escuchando, por un momento, un pitido largo en medio de un silencio… “piiiii”… Fue tan raro, como si me hubiese dado un momento de lucidez en la que no comprendí para nada su razón de su golpe.
Su abofeteada me terminó sacando un gemido involuntario y perdí el equilibrio, soltando la caja de frutas que cayó al suelo… ¡Ay no mis frutas! Las frutas quedaron desparramadas en el suelo, que triste. También sentí mi cuerpo que se iba a caer, pero eso no pasó, porque la tipa, quien me había abofeteado, me agarró de mi túnica. La observé, con mi respiración que se volvió más agitada, mientras notaba como esa mujer me sostenía, actuando de forma contradictoria que no lograba entender, tal vez debajo de toda esa fachada de musculitos hermosos, también había otra cosa como… unos cuantos malos recuerdos. Vaya, ¿acaso también está viendo mis pechos? Esta bien… que las vea. No pude reaccionar, me dejó sin poder darme tiempo para decirle una palabra, tan solo me sonrojé, tenía un mezcla en mi interior entre emputecerme y devolverle el golpe, preferí esperar… esperar a devolverle el golpe cuando estemos en un lugar más tranquilo.
De repente, comenzaron a aparecer otras figuras, monjes grandes, musculosos, no sé por que venían a pelear, pero como yo andaba re tonta después de lo que sucedió, fue solo ella, la pelipasto, quien reaccionó primero y en poco tiempo ya habia acabado con algunos. Fue entonces cuando su atención volvió de nuevo hacia mí y al escucharla preguntarme si era una prisionera… me quedé pensando… y es que en la iglesia, las monjas me vestían como querían, me bañaban y si, a veces ni siquiera podía salir… Sí, me sentia prisionera, pero no lo era… sin embargo, cuando esta mujer me acercó su mano y vi sus marcas en su piel… Decidí mentirle. Sin decirle nada, me limité a admitir con la cabeza con un gesto de mujer sumisa, aunque no lo fuese, solo con el movimiento de cabeza le respondí a su pregunta.. de que sí, sí era prisionera, y al sentir con mis dedos su palma de la mano, se la tomé con seguridad. ¿A donde me quería llevar? No iba a negar que me sentía muy intrigada.
