31-12-2025, 12:51 PM
Paso firme y totalmente decidido. Así entras al establecimiento, a sabiendas de que vas a cometer un crimen. A tus ojos es un acto justo y necesario para purgar a esta escoria social, convertir el mundo en un lugar mejor. Nadie lo entiende ni lo entenderá, tampoco necesitas que lo hagan. No buscas medallas ni reconocimiento. Lo haces por una razón superior a esas necedades, así que tampoco requieres de permiso.
Cuando entras, nadie parece hacerte caso. Pese a tus pintas estrafalarias, con ese traje que oculta tu silueta y la mascara que cubre tu rostro, los presentes hacen caso omiso de tu presencia. Puede que estén demasiado ocupados con sus asuntos, o tal vez ya están acostumbrados a las curiosas modas salidas de todas las partes del mundo.
Los Marines juegan, los bandidos extorsionan y el camarero sigue frotando un vidrio opaco. Nada ha cambiado. Bueno, sí... Si te fijas, la mirada del que podría ser el dueño del establecimiento te penetra. Sus ojos conectan con los tuyos, pero no se quedan observándote, sino que te atraviesan y se pierden en el más allá. Puede que ese hombre tras la barra, pese a lo negligente de su trabajo y la ausencia total de prestar ayuda a la pobre víctima, esté tan aterrado como la misma de posibles represalias por hacer lo correcto.
Avanzas incontestable, con una determinación inamovible. Mientras lo haces, tu mente ha repasado varias jugadas, diferentes opciones. Cada paso en dirección a la barra reproduce en tu mente un sinfín de movimientos como si de un tablero de ajedrez se tratara. La alcanzas y reposas en ella unos segundos antes de desafiar a la muerte. Hablas con el hombre tras la barra. Tu voz es sensual y andrógena, difícil de determinar, al igual que el resto de tu apariencia. El hombre te mira, pero viendo que no pides nada y que estás con un monólogo propio y acelerado, se niega a abrir la boca.
Antes de que te des la vuelta, los soldados del Gobierno Mundial se percatan de tus intenciones y dejan las cartas y las fichas sobre la mesa. Probablemente sean falsas o robadas. Sin aspavientos ni armar jaleo, cuchichean entre ellos y se levantan. Toman el camino hacia la puerta sin despedirse de nadie.
Los matones, sin embargo, están bien pendientes de tí. Todos ellos. Cuando haces alusión a que uno de ellos es cliente tuyo, todos los demás se ríen del mismo a carcajada limpia, mientras el señalado se enfada y niega tal cosa. Todos se mofan menos uno, el líder. El hombre-puerco, que tiene bien amarrado al indefenso trabajador por el hombro, duda mucho de tus intenciones. -Escuchame... ¿rarita?.- te ordena, aunque duda de su afirmación. No distingue saber que hay tras la mascara. Esa es la gracia del juego, aunque eso le incomoda. -Me estás dando repelús. Pirate de mi puto bareto, ¿me oyes?-
Su tono de voz es imperativo y agitado. Está nervioso, aunque no va a poner en duda su mando y estatus. Los compañeros se mueven de los asientos y se encaran, rodeándote. No buscan bloquear tu paso a la entrada, pero si intimidarte y proponerte "amablemente" que te largues.
Es tu momento, Zalik. Te toca mover ficha en este tablero de la vida. Los hombres te rodean y te invitan a marchar, mientras su líder te lo ordena. Los marines también hacen lo propio y se están marchando sabiendo que se puede liar gorda. Los hombres inocentes no se atreven a mover ni un músculo, no vayan a salir escaldados. Todo queda en tus manos, solo tú manejas el destino que se avecina.
Cuando entras, nadie parece hacerte caso. Pese a tus pintas estrafalarias, con ese traje que oculta tu silueta y la mascara que cubre tu rostro, los presentes hacen caso omiso de tu presencia. Puede que estén demasiado ocupados con sus asuntos, o tal vez ya están acostumbrados a las curiosas modas salidas de todas las partes del mundo.
Los Marines juegan, los bandidos extorsionan y el camarero sigue frotando un vidrio opaco. Nada ha cambiado. Bueno, sí... Si te fijas, la mirada del que podría ser el dueño del establecimiento te penetra. Sus ojos conectan con los tuyos, pero no se quedan observándote, sino que te atraviesan y se pierden en el más allá. Puede que ese hombre tras la barra, pese a lo negligente de su trabajo y la ausencia total de prestar ayuda a la pobre víctima, esté tan aterrado como la misma de posibles represalias por hacer lo correcto.
Avanzas incontestable, con una determinación inamovible. Mientras lo haces, tu mente ha repasado varias jugadas, diferentes opciones. Cada paso en dirección a la barra reproduce en tu mente un sinfín de movimientos como si de un tablero de ajedrez se tratara. La alcanzas y reposas en ella unos segundos antes de desafiar a la muerte. Hablas con el hombre tras la barra. Tu voz es sensual y andrógena, difícil de determinar, al igual que el resto de tu apariencia. El hombre te mira, pero viendo que no pides nada y que estás con un monólogo propio y acelerado, se niega a abrir la boca.
Antes de que te des la vuelta, los soldados del Gobierno Mundial se percatan de tus intenciones y dejan las cartas y las fichas sobre la mesa. Probablemente sean falsas o robadas. Sin aspavientos ni armar jaleo, cuchichean entre ellos y se levantan. Toman el camino hacia la puerta sin despedirse de nadie.
Los matones, sin embargo, están bien pendientes de tí. Todos ellos. Cuando haces alusión a que uno de ellos es cliente tuyo, todos los demás se ríen del mismo a carcajada limpia, mientras el señalado se enfada y niega tal cosa. Todos se mofan menos uno, el líder. El hombre-puerco, que tiene bien amarrado al indefenso trabajador por el hombro, duda mucho de tus intenciones. -Escuchame... ¿rarita?.- te ordena, aunque duda de su afirmación. No distingue saber que hay tras la mascara. Esa es la gracia del juego, aunque eso le incomoda. -Me estás dando repelús. Pirate de mi puto bareto, ¿me oyes?-
Su tono de voz es imperativo y agitado. Está nervioso, aunque no va a poner en duda su mando y estatus. Los compañeros se mueven de los asientos y se encaran, rodeándote. No buscan bloquear tu paso a la entrada, pero si intimidarte y proponerte "amablemente" que te largues.
Es tu momento, Zalik. Te toca mover ficha en este tablero de la vida. Los hombres te rodean y te invitan a marchar, mientras su líder te lo ordena. Los marines también hacen lo propio y se están marchando sabiendo que se puede liar gorda. Los hombres inocentes no se atreven a mover ni un músculo, no vayan a salir escaldados. Todo queda en tus manos, solo tú manejas el destino que se avecina.
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