31-12-2025, 02:49 PM
(Última modificación: 31-12-2025, 03:39 PM por Lázaro Esvendim A. Montege.)
La observo moverse. No con interés, no confundamos las cosas, sino con evaluación. Como se evalúa a un sirviente competente que, contra todo pronóstico, sabe hacer su trabajo. Cada gesto suyo, desde limpiar las migajas hasta desplegar el paño con cuidado, logra algo poco común, no irritarme. Eso ya la coloca en una categoría privilegiada dentro de esta isla sofocante.
Permanezco en silencio mientras expone los cuchillos, las hojas, las piedras, el aceite. No porque me falten comentarios, me sobran, sino porque interrumpir a alguien que, por fin, demuestra conocimiento técnico sería improductivo. Mis ojos ámbar recorren cada objeto con atención clínica, sin tocarlos todavía, no me apresuro, nunca me apresuro. Saco el reloj de bolsillo, lo abro, miro la hora y lo cierro.
—Hm. —Un sonido breve, grave, suficiente para indicar que sigo presente. —Torino —murmuro —Al menos no estás vendiendo basura local pulida con optimismo. — Camino con cuidado entre los objetos dispuestos, mi cola purpúrea balanceándose detrás de mí como un estandarte de buen gusto. Paso junto a los bisturíes, ignoro las hojas de afeitar, son demasiado vulgares y me detengo ante la piedra de afilar reforzada. Inclino la cabeza, evaluando la densidad con la mirada.
—Aceptable —concedo —Para mantenimiento, no para creación, pero aceptable. — Entonces ella habla de mis botas. La miro lentamente, muy lentamente de hecho. El tipo de mirada que normalmente precede a una corrección verbal devastadora, pero, no, no esta vez, porque no ha hablado desde la ignorancia. Ha hablado desde la observación.
—Veo que, además de vender, miras —digo al fin —Un rasgo raro, más raro aún en alguien que se gana la vida rodeada de miradas ajenas. — Meto una mano dentro de mi abrigo con absoluta calma, no es un gesto dramático, pero lo controlo con precisión, no saco dinero, no saco un arma o herramienta convencional.
Saco el hacha y la deposito sobre el paño con cuidado exquisito, como si estuviera colocando una reliquia. El metal oscuro atrapa la luz del local de inmediato, la hoja curva, refinada, con grabados sutiles que evocan colas, máscaras y líneas fluidas, no propias de un arma brutal sino de una herramienta pensada. El mango, perfectamente equilibrado para alguien de mi tamaño, está envuelto en cuero trabajado a mano, gastado solo donde mis dedos lo han exigido. —Se llama Nogitsune —digo, sin mirarla aún — Y antes de que hagas alguna pregunta innecesaria, no está a la venta, no necesita reemplazo y no ha sido empuñada jamás por nadie que no sea yo. — Paso un dedo sin tocar el filo a lo largo de la hoja, marcando su forma.
—No es un hacha de leñador, tampoco de guerra abierta, es una herramienta de precisión con intención letal si la ocasión lo exige. Corte limpio, penetración controlada, resistencia a la humedad, a la sal y al uso prolongado en entornos tropicales —alzo la vista hacia ella —Samba incluida. — La observo ahora directamente, midiendo su reacción, no espero admiración, solo espero comprensión.
—Quiero mantenerla —aclaro —No cambiarla, no ¨mejorarla¨. Quiero asegurarme de que su filo se conserve exactamente como está, que el metal no sufra microfracturas por métodos incorrectos, y que el cuero del mango no se deteriore con el clima de esta isla ni con los viajes que aún me quedan. — Me cruzo de brazos.
—Tus piedras podrían servir. El aceite quizá, pero solo si no altera el balance ni deja residuos que atraigan humedad o, peor aún, olores. — Mi nariz se arruga apenas, detesto tener que aclararlo.
—Y no —añado —No voy a contarte mi vida solo porque lo pidas con una sonrisa comercial, pero puedo concederte esto, navego. No persigo tronos, ni banderas, ni ideales grandilocuentes, persigo mares distintos, rutas nuevas y lugares que aún no me hayan decepcionado del todo. — Doy un pequeño golpe seco al reloj de bolsillo con el pulgar.
—Si quieres venderme algo, Hiiragi, no lo hagas intentando conocerme —digo con frialdad elegante —Hazlo demostrándome que entiendes a Nogitsune. —Me inclino un poco hacia adelante, lo justo para dejar claro que, pese a mi tamaño, no estoy pidiendo. —Ahora dime —concluyo —¿qué de todo lo que has mostrado merece siquiera acercarse a ella? —
Permanezco en silencio mientras expone los cuchillos, las hojas, las piedras, el aceite. No porque me falten comentarios, me sobran, sino porque interrumpir a alguien que, por fin, demuestra conocimiento técnico sería improductivo. Mis ojos ámbar recorren cada objeto con atención clínica, sin tocarlos todavía, no me apresuro, nunca me apresuro. Saco el reloj de bolsillo, lo abro, miro la hora y lo cierro.
—Hm. —Un sonido breve, grave, suficiente para indicar que sigo presente. —Torino —murmuro —Al menos no estás vendiendo basura local pulida con optimismo. — Camino con cuidado entre los objetos dispuestos, mi cola purpúrea balanceándose detrás de mí como un estandarte de buen gusto. Paso junto a los bisturíes, ignoro las hojas de afeitar, son demasiado vulgares y me detengo ante la piedra de afilar reforzada. Inclino la cabeza, evaluando la densidad con la mirada.
—Aceptable —concedo —Para mantenimiento, no para creación, pero aceptable. — Entonces ella habla de mis botas. La miro lentamente, muy lentamente de hecho. El tipo de mirada que normalmente precede a una corrección verbal devastadora, pero, no, no esta vez, porque no ha hablado desde la ignorancia. Ha hablado desde la observación.
—Veo que, además de vender, miras —digo al fin —Un rasgo raro, más raro aún en alguien que se gana la vida rodeada de miradas ajenas. — Meto una mano dentro de mi abrigo con absoluta calma, no es un gesto dramático, pero lo controlo con precisión, no saco dinero, no saco un arma o herramienta convencional.
Saco el hacha y la deposito sobre el paño con cuidado exquisito, como si estuviera colocando una reliquia. El metal oscuro atrapa la luz del local de inmediato, la hoja curva, refinada, con grabados sutiles que evocan colas, máscaras y líneas fluidas, no propias de un arma brutal sino de una herramienta pensada. El mango, perfectamente equilibrado para alguien de mi tamaño, está envuelto en cuero trabajado a mano, gastado solo donde mis dedos lo han exigido. —Se llama Nogitsune —digo, sin mirarla aún — Y antes de que hagas alguna pregunta innecesaria, no está a la venta, no necesita reemplazo y no ha sido empuñada jamás por nadie que no sea yo. — Paso un dedo sin tocar el filo a lo largo de la hoja, marcando su forma.
—No es un hacha de leñador, tampoco de guerra abierta, es una herramienta de precisión con intención letal si la ocasión lo exige. Corte limpio, penetración controlada, resistencia a la humedad, a la sal y al uso prolongado en entornos tropicales —alzo la vista hacia ella —Samba incluida. — La observo ahora directamente, midiendo su reacción, no espero admiración, solo espero comprensión.
—Quiero mantenerla —aclaro —No cambiarla, no ¨mejorarla¨. Quiero asegurarme de que su filo se conserve exactamente como está, que el metal no sufra microfracturas por métodos incorrectos, y que el cuero del mango no se deteriore con el clima de esta isla ni con los viajes que aún me quedan. — Me cruzo de brazos.
—Tus piedras podrían servir. El aceite quizá, pero solo si no altera el balance ni deja residuos que atraigan humedad o, peor aún, olores. — Mi nariz se arruga apenas, detesto tener que aclararlo.
—Y no —añado —No voy a contarte mi vida solo porque lo pidas con una sonrisa comercial, pero puedo concederte esto, navego. No persigo tronos, ni banderas, ni ideales grandilocuentes, persigo mares distintos, rutas nuevas y lugares que aún no me hayan decepcionado del todo. — Doy un pequeño golpe seco al reloj de bolsillo con el pulgar.
—Si quieres venderme algo, Hiiragi, no lo hagas intentando conocerme —digo con frialdad elegante —Hazlo demostrándome que entiendes a Nogitsune. —Me inclino un poco hacia adelante, lo justo para dejar claro que, pese a mi tamaño, no estoy pidiendo. —Ahora dime —concluyo —¿qué de todo lo que has mostrado merece siquiera acercarse a ella? —
