Alana seguía intentando quitarle hierro al asunto mientras robaba, seguía intentando convencerme de que lo que hacíamos no era tan malo solo por el hecho de que la víctima no estaba a la vista... Triste consuelo para el ladrón, supongo. Al menos la tontatta me hizo caso -Por una vez en la vida.- y cogió los pimientos que le había pedido. La verdad es que todas las hortalizas estaban exageradamente bien cuidadas, no parecían siquiera reales, menos mal que Alana pudo asegurar que eran de verdad.
La pequeña tenía las manos diminutas, pero se movía rápido, en un visto y no visto saqueó gran parte del huerto, dejando unas cuantas verduras de cada tipo para el hombre que las había cultivado con su sudor y sus desvelos ¿Qué pensaría mi padre de mi si me viese? Seguramente tendría que haberme detenido hace meses. En parte me alegraba de que mi familia no pudiese ver esta bajeza por mi parte, viniendo de una casta de marines, desconocidos y de ajo rango, pero marines al fin y al cabo. Lo más seguro es que mi madre llorase y me arrease una bofetada y mi padre me pusiera la mano en el hombro e intentaría que devolviese lo afanado antes de tener que dar reporte de mi.
Por lo menos teníamos la decencia mínima de dejar verduras de cada tipo, tal vez no demasiadas, pero las suficientes como para racionarlas y que una familia de tres o cuatro pudiesen sobrevivir hasta la próxima cosecha, ese era mi paupérrimo consuelo, éramos ladrones, pero honrados, si es que eso existía. Cuando i a la muchacha llegar con su trofeo, un saco lleno de comida, me incliné por encima de la valla, cogiendo el saco para que ella pudiese salir libre por la misma rendija por la que había entrado, la operación había sido un éxito, o eso pensábamos. Debido a mi distracción pensando en mi familia no me percaté de algo, unas pisadas sinuosas. -Puede que haya salido bien, pero no deja de parecerme mal.- Dije con pesadumbre mientras cargaba la bolsa de la compra sobre mi hombro y me alejaba con ella, intentando parecer lo menos sospechoso posible. -La verdad es que se me hace raro que un huerto así no este vigilado. Eso es tener fe.- Malditas mis palabras, pues justo tras acabar la frase escuché un click metálico y acto seguido un enorme estruendo que resonó contra las montañas gracias al eco. Me detuve al instante, pálido como la nieve y con cara de terror mal disimulado "Aais... Lo sabía..." Pensé mientras me giraba lentamente para ver a mi espalda.
Un señor entrado en edades, vistiendo un peto azul y una camisa de franela verde había disparado con su escopeta hacia el cielo y ahora me apuntaba a mi directamente. "¿Por qué siempre me apuntan a mi?" Solté el zurrón y levanté las manos mientras una gota de sudor frío recorría mi frente. -¿Puedo ayudarle en algo señor?- Intenté sonar amable, como si no fuera conmigo el problema, pero todos sabíamos en ese lugar que no iba a librarme de este embrollo con mi encanto personal.
El señor, algo encorvado y con una cara de haber desayunado mal humor escupió al suelo, un lapo negruzco y amarronado, parecía tener formas de vida que nadie podría imaginar, los colgajos de su cuello se sacudieron un segundo. -Tu te piensas que soy idiota, ¿verdad?.- Señaló rápidamente a la prueba del delito, nuestro botín, con el cañón del arma, después volvió a apuntarme a mi. -Qué, ¿repartiendo regalitos, Papa Noel?.- No entendí para nada esa expresión, debía ser oriunda del lugar. -Estoy harto de que los jóvenes os creáis los dueños de todo.- Volvió a escupir al suelo, esta vez con violencia, aún no había hablado y se le veía que su ira aumentaba. Por eso quizás decidí quedarme callado, eso o fue el miedo de llevarme un perdigonazo entre ceja y ceja.
Mi silencio lo incomodaba, claramente, pues agarraba el arma con rabia y su cara se ponía roja a cada segundo de mi silencio. -¿No vas a decir nada en tu defensa, maleante?- Me sentó algo contrariado, no tenía realmente claro si quería que hablase o no, pero, bueno, parecía esperarlo. Tragué saliva y abrí la boca para empezar a hablar, pero en cuanto se escuchó la primera sílaba, ese bruto volvió a disparar al cielo y de nuevo me apuntó, debía quedarle un cartucho en el segundo cañón. -Que no hables idiota ¿Acaso quieres que te haga un ombligo nuevo?- Pregunta trampa, mejor no decir nada, me quedó claro con la primera.
Respiré hondo, no era la primera vez que me veía en una situación así, de hecho... Esta experiencia me recordó a aquel momento en la Isla Kárate, allí donde e, hermano postizo de Merlot me apuntó con su revolver directamente a la cara. Aquella vez logré salir airoso, con mis sesos en su sitio, gracias a la sirena de pelo celeste, pero ahora estaba Alana conmigo y, tras ver su actitud en Samba, empezaba a preocuparme por mi integridad, sobre todo la de mi cráneo.
La pequeña tenía las manos diminutas, pero se movía rápido, en un visto y no visto saqueó gran parte del huerto, dejando unas cuantas verduras de cada tipo para el hombre que las había cultivado con su sudor y sus desvelos ¿Qué pensaría mi padre de mi si me viese? Seguramente tendría que haberme detenido hace meses. En parte me alegraba de que mi familia no pudiese ver esta bajeza por mi parte, viniendo de una casta de marines, desconocidos y de ajo rango, pero marines al fin y al cabo. Lo más seguro es que mi madre llorase y me arrease una bofetada y mi padre me pusiera la mano en el hombro e intentaría que devolviese lo afanado antes de tener que dar reporte de mi.
Por lo menos teníamos la decencia mínima de dejar verduras de cada tipo, tal vez no demasiadas, pero las suficientes como para racionarlas y que una familia de tres o cuatro pudiesen sobrevivir hasta la próxima cosecha, ese era mi paupérrimo consuelo, éramos ladrones, pero honrados, si es que eso existía. Cuando i a la muchacha llegar con su trofeo, un saco lleno de comida, me incliné por encima de la valla, cogiendo el saco para que ella pudiese salir libre por la misma rendija por la que había entrado, la operación había sido un éxito, o eso pensábamos. Debido a mi distracción pensando en mi familia no me percaté de algo, unas pisadas sinuosas. -Puede que haya salido bien, pero no deja de parecerme mal.- Dije con pesadumbre mientras cargaba la bolsa de la compra sobre mi hombro y me alejaba con ella, intentando parecer lo menos sospechoso posible. -La verdad es que se me hace raro que un huerto así no este vigilado. Eso es tener fe.- Malditas mis palabras, pues justo tras acabar la frase escuché un click metálico y acto seguido un enorme estruendo que resonó contra las montañas gracias al eco. Me detuve al instante, pálido como la nieve y con cara de terror mal disimulado "Aais... Lo sabía..." Pensé mientras me giraba lentamente para ver a mi espalda.
Un señor entrado en edades, vistiendo un peto azul y una camisa de franela verde había disparado con su escopeta hacia el cielo y ahora me apuntaba a mi directamente. "¿Por qué siempre me apuntan a mi?" Solté el zurrón y levanté las manos mientras una gota de sudor frío recorría mi frente. -¿Puedo ayudarle en algo señor?- Intenté sonar amable, como si no fuera conmigo el problema, pero todos sabíamos en ese lugar que no iba a librarme de este embrollo con mi encanto personal.
El señor, algo encorvado y con una cara de haber desayunado mal humor escupió al suelo, un lapo negruzco y amarronado, parecía tener formas de vida que nadie podría imaginar, los colgajos de su cuello se sacudieron un segundo. -Tu te piensas que soy idiota, ¿verdad?.- Señaló rápidamente a la prueba del delito, nuestro botín, con el cañón del arma, después volvió a apuntarme a mi. -Qué, ¿repartiendo regalitos, Papa Noel?.- No entendí para nada esa expresión, debía ser oriunda del lugar. -Estoy harto de que los jóvenes os creáis los dueños de todo.- Volvió a escupir al suelo, esta vez con violencia, aún no había hablado y se le veía que su ira aumentaba. Por eso quizás decidí quedarme callado, eso o fue el miedo de llevarme un perdigonazo entre ceja y ceja.
Mi silencio lo incomodaba, claramente, pues agarraba el arma con rabia y su cara se ponía roja a cada segundo de mi silencio. -¿No vas a decir nada en tu defensa, maleante?- Me sentó algo contrariado, no tenía realmente claro si quería que hablase o no, pero, bueno, parecía esperarlo. Tragué saliva y abrí la boca para empezar a hablar, pero en cuanto se escuchó la primera sílaba, ese bruto volvió a disparar al cielo y de nuevo me apuntó, debía quedarle un cartucho en el segundo cañón. -Que no hables idiota ¿Acaso quieres que te haga un ombligo nuevo?- Pregunta trampa, mejor no decir nada, me quedó claro con la primera.
Respiré hondo, no era la primera vez que me veía en una situación así, de hecho... Esta experiencia me recordó a aquel momento en la Isla Kárate, allí donde e, hermano postizo de Merlot me apuntó con su revolver directamente a la cara. Aquella vez logré salir airoso, con mis sesos en su sitio, gracias a la sirena de pelo celeste, pero ahora estaba Alana conmigo y, tras ver su actitud en Samba, empezaba a preocuparme por mi integridad, sobre todo la de mi cráneo.
