31-12-2025, 08:58 PM
La vida en Samba no estaba tan mal. Robaba a los imbéciles, se llevaba dinero de sobra para comer, cagaba a piñas a algún que otro parguela… Y además tenía una mascota. Manolo en aguilucho, así lo había llamado. Ni se acordaba desde cuando estaban juntos, pero en fin. Al menos le ayudaba a robar a algún idiota, siempre y cuando le pagara con comida. Un trato justo, al fin y al cabo.
—Bueno, Manolo, hoy hemos obtenido un buen botín, así que vamos a comer en un bar de primera categoría —le dijo al bicho, que le miró con cara de pocos amigos. Hacía eso cuando decía la palabra Manolo. ¿Sería que no le gustaba? Le daba igual. Lampedusa era mala para los nombres, así que tendría que aguantarse con lo que le había tocado—. No me mires así, cara anchoa, que encima que me preocupo por ti para que no acabes hecho un saco de huesos… ¡Puff!
Los ojos del bicho miraron hacia arriba, y la muchacha levantó la cabeza hacia el cielo para ver que era lo que le llamaba la atención. Hasta que, claro, comprendió que solo había intentado poner los ojos en blanco. Estuvo a punto de ahorcar al bicho por hacerla perder el tiempo, pero se contuvo. Manolo era el único de los dos al que el universo no le hacía la puñeta.
Caminó unos pasos más en búsqueda de alguna pista que le llevara hacia el bar. Le dio permiso al pajarraco para que le tirara del brazo cada vez que el universo le cambiara las cosas de sitio, y gracias a él llegaron por fin a la entrada. Solo que, como iba mirando a las musarañas, casi se chocó con un muchacho de cabello negro y gesto serio que levantó una ceja al verla.
—¿Qué miras, parguela? —replicó con pocas ganas de aguantar a cualquier gilipollas que se le pusiera por delante—. ¿Acaso tengo un pájaro en la cabeza? —Manolo el aguilucho se le posó encima justo tras decir eso. Condenado pájaro del demonio—. Colorao, te doy cinco segundos para… Oye, ¿a dónde coño vas? —El aguilucho comenzó a volar a reacción, como si hubiera visto algo suculento—. Ah, no, hijo de tu puta madre, ¡no me vas a dejar sin comida que llevarme a la boca otra vez! ¡Espera gilipollas! ¡Puff!
El animal se posó en el hombro de un tipo que, a decir verdad, le sonaba de algo. ¿De qué? No estaba segura. Por si acaso comenzó a invocar sus queridos guanteletes que salían a veces por su espalda. No tenía ni idea de cómo usarlos, pero ante la duda siempre los invocaba. Habían amedrentado a más de uno en el proceso así que…
El tipejo pareció alegrarse, como si hubiera sido el dueño de ese pájaro. Lampedusa se encogió de hombros y se dirigió a la mesa donde estaba el tonto del culo y bufó.
—No te fíes mucho de Manolo, que parece majo pero a la mínima te gasta bromas el desgraciado, ¡puff!
—Bueno, Manolo, hoy hemos obtenido un buen botín, así que vamos a comer en un bar de primera categoría —le dijo al bicho, que le miró con cara de pocos amigos. Hacía eso cuando decía la palabra Manolo. ¿Sería que no le gustaba? Le daba igual. Lampedusa era mala para los nombres, así que tendría que aguantarse con lo que le había tocado—. No me mires así, cara anchoa, que encima que me preocupo por ti para que no acabes hecho un saco de huesos… ¡Puff!
Los ojos del bicho miraron hacia arriba, y la muchacha levantó la cabeza hacia el cielo para ver que era lo que le llamaba la atención. Hasta que, claro, comprendió que solo había intentado poner los ojos en blanco. Estuvo a punto de ahorcar al bicho por hacerla perder el tiempo, pero se contuvo. Manolo era el único de los dos al que el universo no le hacía la puñeta.
Caminó unos pasos más en búsqueda de alguna pista que le llevara hacia el bar. Le dio permiso al pajarraco para que le tirara del brazo cada vez que el universo le cambiara las cosas de sitio, y gracias a él llegaron por fin a la entrada. Solo que, como iba mirando a las musarañas, casi se chocó con un muchacho de cabello negro y gesto serio que levantó una ceja al verla.
—¿Qué miras, parguela? —replicó con pocas ganas de aguantar a cualquier gilipollas que se le pusiera por delante—. ¿Acaso tengo un pájaro en la cabeza? —Manolo el aguilucho se le posó encima justo tras decir eso. Condenado pájaro del demonio—. Colorao, te doy cinco segundos para… Oye, ¿a dónde coño vas? —El aguilucho comenzó a volar a reacción, como si hubiera visto algo suculento—. Ah, no, hijo de tu puta madre, ¡no me vas a dejar sin comida que llevarme a la boca otra vez! ¡Espera gilipollas! ¡Puff!
El animal se posó en el hombro de un tipo que, a decir verdad, le sonaba de algo. ¿De qué? No estaba segura. Por si acaso comenzó a invocar sus queridos guanteletes que salían a veces por su espalda. No tenía ni idea de cómo usarlos, pero ante la duda siempre los invocaba. Habían amedrentado a más de uno en el proceso así que…
El tipejo pareció alegrarse, como si hubiera sido el dueño de ese pájaro. Lampedusa se encogió de hombros y se dirigió a la mesa donde estaba el tonto del culo y bufó.
—No te fíes mucho de Manolo, que parece majo pero a la mínima te gasta bromas el desgraciado, ¡puff!
