Los días tras el incidente con grilloman habían sido calmados, traté de pasar desapercibido, usando mis mejores disfraces y dotes para la interpretación. Mi objetivo no era ir atrayendo a miembros del gobierno cada vez más y más fuertes hasta que consigan que me una a sus filas o algo peor. Por lo que cuando recibí la llamada de aquel chico que conocí en Karate me alegré, junto a él, Pelusita y el enano con cola de ardilla que había conocido en una taberna unos días atrás podía empezar a formar un grupo más que decente para salir a navegar rumbo al Grand Line.
Los primeros rayos de sol de la mañana comenzaban a salir por el horizonte y las calles se llenaban de vida poco a poco, por mi parte, no hacia mucho más que esperar sentado sobre la azotea del bar acordado, moviendo mis piernas de forma coordinada las cuales colgaban hacia el vacío. Iba cubierto por un trozo de tela morado, usaba unas gafas de sol redondas y un bigote postizo, además de un palo de madera, para hacerme pasar por un mendigo ciego.
Al primero que vi llegar fue a Ryan, aquel con quien había accedido a vernos el día de hoy, iba a bajar para saludarle de primeras, pero una segunda persona conocida llamó más mi atención. Pelusa, no había sabido nada de ella desde el incidente, le cedí a Travis y no se puso en contacto conmigo la muy cabrona para devolvérmelo. Y lo peor de todo, le había llamado “Manolo”. Pues en cuanto me puse en pie, y revelé mi identidad, lanzando el manto de tela que me cubría al aire, el cual se llevó el viento, me quité las gafas y arranqué el bigote postizo de golpe, mi águila me reconoció al instante y voló hasta posarse en mi hombro, extendiendo sus alas para abrazar mi cabeza y yo acaricie su emplumado lomo.
Le había echado de menos y al parecer él también a mí. Señalé a la chica morena con la vara que usaba para aparentar la ceguera, estando apunto de recriminarle por haber querido desaparecer con mi mascota además de haberle cambiando de nombre. No obstante otra escena, rompió aún más mis esquemas, el puto chavalin el cual lo más probable es que fuera virgen posaba su cabeza entre las tetas de una Mink conejo enorme, la cual lo abrazaba con efusividad. La envidia se expandió por todo mi cuerpo, haciéndome apretar los puños y dientes con furia. -¡Vosotros, Cabronazos! ¿Qué coño pensáis que estáis haciendo? -Salté de golpe al suelo, aterrizando justo en medio, entre Lampedusa y Ryan el cual seguía junto a la coneja. -Tú… Te dije que me devolvieras al pájaro cuando terminara la pelea, ¿Por qué no volviste a devolvérmelo cuando ya ha pasado casi dos meses, eh? -Me dirigí primero a la humana, con mis ojos abiertos como platos, inclinándome levemente hacia la chica con los brazos en jarra, quedando a unos centímetros de su cara.
-Y tú… -Me giré lentamente hasta que mis ojos alcanzaron al joven. -¿Desde cuándo te has vuelto tan popular entre las mujeres? Yo también quiero descansar mi cabeza entre unas tetas del tamaño de dos putos barcos. -Mi voz en esta oración no sonaba con ira, era más como un ruego de un pobre mortal viendo como los sueños de morir aplastado por el cuerpo de una preciosa y atlética mujer más grande que yo estaban siendo usurpados por un muchacho que no llegaría ni a la mayoría de edad.
Travis al ver la situación decidió volar y posarse sobre una de las cajas de madera vieja que había a la entrada de la destartalada taberna. Crují mi cuerpo y sin previo aviso grité. -¡CASTIGO DIVINO! -Y me abalancé sobre Lampedusa, agarrando si torso entre mis brazos, propiciándole un fuerte abrazo, obviamente apoyando mi cabeza en su pecho, el cual no era tan impresionante como el de la chica de cuatro metros, pero servía para apaciguar mi envidia. -Tu cállate, me debes este favor por no haberme traído a mi pajarraco antes. -Alegué a mi favor para que no me metiera una ostia directamente por mis acciones, pero durante todo ese proceso no paraba de mirar de reojo a los otros dos.
Los primeros rayos de sol de la mañana comenzaban a salir por el horizonte y las calles se llenaban de vida poco a poco, por mi parte, no hacia mucho más que esperar sentado sobre la azotea del bar acordado, moviendo mis piernas de forma coordinada las cuales colgaban hacia el vacío. Iba cubierto por un trozo de tela morado, usaba unas gafas de sol redondas y un bigote postizo, además de un palo de madera, para hacerme pasar por un mendigo ciego.
Al primero que vi llegar fue a Ryan, aquel con quien había accedido a vernos el día de hoy, iba a bajar para saludarle de primeras, pero una segunda persona conocida llamó más mi atención. Pelusa, no había sabido nada de ella desde el incidente, le cedí a Travis y no se puso en contacto conmigo la muy cabrona para devolvérmelo. Y lo peor de todo, le había llamado “Manolo”. Pues en cuanto me puse en pie, y revelé mi identidad, lanzando el manto de tela que me cubría al aire, el cual se llevó el viento, me quité las gafas y arranqué el bigote postizo de golpe, mi águila me reconoció al instante y voló hasta posarse en mi hombro, extendiendo sus alas para abrazar mi cabeza y yo acaricie su emplumado lomo.
Le había echado de menos y al parecer él también a mí. Señalé a la chica morena con la vara que usaba para aparentar la ceguera, estando apunto de recriminarle por haber querido desaparecer con mi mascota además de haberle cambiando de nombre. No obstante otra escena, rompió aún más mis esquemas, el puto chavalin el cual lo más probable es que fuera virgen posaba su cabeza entre las tetas de una Mink conejo enorme, la cual lo abrazaba con efusividad. La envidia se expandió por todo mi cuerpo, haciéndome apretar los puños y dientes con furia. -¡Vosotros, Cabronazos! ¿Qué coño pensáis que estáis haciendo? -Salté de golpe al suelo, aterrizando justo en medio, entre Lampedusa y Ryan el cual seguía junto a la coneja. -Tú… Te dije que me devolvieras al pájaro cuando terminara la pelea, ¿Por qué no volviste a devolvérmelo cuando ya ha pasado casi dos meses, eh? -Me dirigí primero a la humana, con mis ojos abiertos como platos, inclinándome levemente hacia la chica con los brazos en jarra, quedando a unos centímetros de su cara.
-Y tú… -Me giré lentamente hasta que mis ojos alcanzaron al joven. -¿Desde cuándo te has vuelto tan popular entre las mujeres? Yo también quiero descansar mi cabeza entre unas tetas del tamaño de dos putos barcos. -Mi voz en esta oración no sonaba con ira, era más como un ruego de un pobre mortal viendo como los sueños de morir aplastado por el cuerpo de una preciosa y atlética mujer más grande que yo estaban siendo usurpados por un muchacho que no llegaría ni a la mayoría de edad.
Travis al ver la situación decidió volar y posarse sobre una de las cajas de madera vieja que había a la entrada de la destartalada taberna. Crují mi cuerpo y sin previo aviso grité. -¡CASTIGO DIVINO! -Y me abalancé sobre Lampedusa, agarrando si torso entre mis brazos, propiciándole un fuerte abrazo, obviamente apoyando mi cabeza en su pecho, el cual no era tan impresionante como el de la chica de cuatro metros, pero servía para apaciguar mi envidia. -Tu cállate, me debes este favor por no haberme traído a mi pajarraco antes. -Alegué a mi favor para que no me metiera una ostia directamente por mis acciones, pero durante todo ese proceso no paraba de mirar de reojo a los otros dos.
