01-01-2026, 07:39 PM
(Última modificación: 08-01-2026, 01:56 AM por Ryota Miyamoto.)
Isla Samba – Reino Samba
01 de Primavera – Año 17
12:00PM – Medio día – Soleado
Durante las últimas semanas, uno de los tantos poblados del reino de Samba había sido escenario de una serie de acontecimientos extraños, distintos objetos de valor y alimentos desaparecían del mercado del pueblo sin dejar rastro.
Collares, puré de zanahorias, anillos, tartas de zanahoria, billeteras, jarabe de zanahoria, relojes e incluso zanahorias crudas eran, los artículos que solían esfumarse sin que nadie viera u oyera nada. Bueno, nadie… hasta que un pequeño (conocido por su fama de mentiroso al ventilar los chismes de sus padres) aseguró haber visto, en los últimos días, varias sombras alejarse del mercado en dirección a las afueras de la zona sur del poblado, cada vez que ocurrían las desapariciones.
El pequeño decía que se trataba de sombras pequeñas, del tamaño de un perro mediano, de aproximadamente cuarenta centímetros de altura. Sin embargo, la gente prefirió ignorar sus aportes, pues apenas segundos después de relatar su versión ofreció, por veinte berrys, revelar con quién su padre le era infiel a su madre.
La furiosa muchedumbre colocó carteles de aviso para que cualquiera que se encontrara en el pueblo supiera que existía una recompensa por atrapar a los culpables de las desapariciones, pues nadie creía que se tratara de entes espirituales con un gusto peculiar por la gastronomía naranja. ¿Quién podría ayudar al pobre poblado con su problema? ¿sería acaso un ente justiciero? ¿o quizás uno de los damnificados de las desapariciones.?
Fuera quien fuera el responsable, lo cierto es que la información del pequeño seguía circulando, pues la ofrecía a cualquiera que quisiera escucharla. Incluso entre los propios pobladores se comentaba que, si el niño no fuera tan mentiroso, quizá su testimonio sería una pista digna a tener en cuenta.
Pese a las desapariciones, el mercado seguía en pie, ofreciendo a habitantes y viajeros sus mejores productos… aunque sin zanahorias. Se trataba de una calle de unos diez metros de ancho y cerca de treinta metros de largo, que atravesaba parte del pueblo. A ambos lados se alineaban quioscos que vendían todo tipo de mercancías y, a sus espaldas, se alzaban casas o pequeños edificios de madera, construidos con materiales naturales.
01 de Primavera – Año 17
12:00PM – Medio día – Soleado
Durante las últimas semanas, uno de los tantos poblados del reino de Samba había sido escenario de una serie de acontecimientos extraños, distintos objetos de valor y alimentos desaparecían del mercado del pueblo sin dejar rastro.
Collares, puré de zanahorias, anillos, tartas de zanahoria, billeteras, jarabe de zanahoria, relojes e incluso zanahorias crudas eran, los artículos que solían esfumarse sin que nadie viera u oyera nada. Bueno, nadie… hasta que un pequeño (conocido por su fama de mentiroso al ventilar los chismes de sus padres) aseguró haber visto, en los últimos días, varias sombras alejarse del mercado en dirección a las afueras de la zona sur del poblado, cada vez que ocurrían las desapariciones.
El pequeño decía que se trataba de sombras pequeñas, del tamaño de un perro mediano, de aproximadamente cuarenta centímetros de altura. Sin embargo, la gente prefirió ignorar sus aportes, pues apenas segundos después de relatar su versión ofreció, por veinte berrys, revelar con quién su padre le era infiel a su madre.
La furiosa muchedumbre colocó carteles de aviso para que cualquiera que se encontrara en el pueblo supiera que existía una recompensa por atrapar a los culpables de las desapariciones, pues nadie creía que se tratara de entes espirituales con un gusto peculiar por la gastronomía naranja. ¿Quién podría ayudar al pobre poblado con su problema? ¿sería acaso un ente justiciero? ¿o quizás uno de los damnificados de las desapariciones.?
Fuera quien fuera el responsable, lo cierto es que la información del pequeño seguía circulando, pues la ofrecía a cualquiera que quisiera escucharla. Incluso entre los propios pobladores se comentaba que, si el niño no fuera tan mentiroso, quizá su testimonio sería una pista digna a tener en cuenta.
Pese a las desapariciones, el mercado seguía en pie, ofreciendo a habitantes y viajeros sus mejores productos… aunque sin zanahorias. Se trataba de una calle de unos diez metros de ancho y cerca de treinta metros de largo, que atravesaba parte del pueblo. A ambos lados se alineaban quioscos que vendían todo tipo de mercancías y, a sus espaldas, se alzaban casas o pequeños edificios de madera, construidos con materiales naturales.
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