Reino de Sorbet, zona Norte - 88 de Invierno, Año 16
Nada de lo ocurrido en Isla Karate había sido casualidad. Los dojos, los maestros, los prospectos que buscaban nombres nuevos para venderlos como promesas… todo aquello había dejado un rastro que seguir. Ryota y Runin no abandonaron la isla con la sensación de haber cerrado un capítulo, sino con la certeza de haber abierto una puerta. El circuito existía. No como un sitio fijo, sino como un organismo en movimiento.
En ciertas tabernas, en conversaciones a media voz, en la manera en que ciertos luchadores hablaban de “la siguiente oportunidad”, Ryota había encajado las piezas. Sabía que, llegado cierto punto del invierno, las peleas no se quedaban donde podían llamar demasiado la atención. Se desplazaban. Y ese año, el rumor era insistente: Sorbet
Sorbet Norte no ocultaba lo que era, todo opulencia y lujo. Bajo sus edificios de piedra clara, sus avenidas limpias y su ritmo contenido, la ciudad respiraba un lujo incomparable. Era el tipo de lugar donde las decisiones importantes se tomaban sin levantar la voz, y donde la violencia, cuando ocurría, lo hacía bajo tierra.
Fue allí donde el circuito había echado raíces temporales, aunque solo para aquellos más avispados, en busca de dinero y adrenalina.
El acceso no se dejaba ver para cualquiera. No había carteles ni colas ni indicaciones claras. Una puerta más entre tantas otras, atendida por hombres bien vestidos, con posturas relajadas y miradas atentas. A partir de ahí, el descenso era gradual.
Un pasillo amplio se hundía bajo la ciudad, alfombrado con tejidos oscuros que apagaban el sonido de los pasos. El aire cambiaba conforme se avanzaba: más cálido, más denso, cargado de perfume caro, cuero tratado y un fondo metálico difícil de identificar. No había música que marcara el ánimo ni voces elevadas que prometieran espectáculo. Aquí no se venía a dejarse llevar. Se venía a evaluar.
La arena clandestina de Sorbet no era un pozo improvisado ni un antro de mala muerte. Era un recinto circular excavado directamente en la roca, reforzado con piedra pulida y estructuras metálicas bien integradas. El suelo mostraba marcas viejas, cicatrices acumuladas de años de impactos, caídas y cuerpos arrastrados fuera del círculo central. No había sangre visible. Todo se limpiaba rápido, con eficiencia profesional. La violencia formaba parte del negocio, pero el desorden no.
Alrededor del foso se alzaban varios niveles de palcos privados, separados por cortinas gruesas, celosías ornamentadas y cristales tintados. Desde allí, el público observaba sin exponerse. Nobles menores, comerciantes influyentes, y intermediarios con demasiados contactos para figurar en registros oficiales. Nadie gritaba ni aplaudía. El interés se mostraba en miradas largas y en fichas que cambiaban de mano con movimientos fríos y calculados.
La seguridad no se percibía, pero estaba en todas partes. Hombres y mujeres vestidos con sobriedad se desplazaban con disciplina, cubriendo ángulos, cruzando miradas, anticipándose a cualquier gesto fuera de lugar. No vigilaban al público. Vigilaban la arena… y a quienes descendían a ella.
Este no era un lugar para perder el control. Era un lugar para demostrar valor.
En las galerías laterales, los preparativos transcurrían en silencio. Combatientes estiraban, ajustaban vendajes o simplemente esperaban, con la mirada fija en ningún punto concreto. No había arengas ni discursos épicos. Los que habían llegado hasta allí sabían que la primera impresión no se ganaba hablando.
Organizadores vestidos con una elegancia funcional revisaban listas, intercambiaban palabras breves con el personal y observaban a los recién llegados con atención quirúrgica. No buscaban al más fuerte. Buscaban al que rendía mejor bajo presión, al que entendía que aquí no se peleaba por honor, sino por rentabilidad.
Desde los palcos, la expectación se iba asentando poco a poco. Una copa dejada a un lado, una conversación interrumpida, una mirada que descendía hacia el foso con interés renovado. El circuito había abierto la puerta a sangre nueva, y la sangre nueva siempre movía el mercado. Algo interesante estaba a punto de comenzar.
Ryota y Runin no habían llegado hasta allí por casualidad, ni como espectadores curiosos. Sus nombres ya figuraban en listas, anotados tras filtros silenciosos y miradas que medían más de lo que parecían. No hubo ceremonias ni presentaciones formales. Solo indicaciones breves, un gesto para avanzar y la confirmación de que habían sido aceptados… al menos de momento.
Runin se movía con naturalidad entre aquel ambiente contenido. No parecía intimidada por la arquitectura imponente ni por las miradas que se deslizaban desde los palcos. Al contrario, su presencia encajaba con el lugar, como si entendiera instintivamente que aquella arena no pedía modestia ni prudencia, sino control y descaro. Algunos ojos se detenían en ella más tiempo del necesario. Otros tomaban nota.
Ryota, por su parte, observaba. No solo el espacio, sino los detalles que otros pasaban por alto. La forma en que los organizadores hablaban entre ellos sin mirarse, como si ciertas decisiones ya estuvieran tomadas antes de pronunciarse. El orden exacto en el que los combatientes eran situados, demasiado preciso para dejar margen a la improvisación. Los recorridos de la seguridad, siempre constantes, siempre anticipándose. Todo funcionaba con una lógica interna clara, cerrada sobre sí misma. No había nada improvisado allí dentro, y eso, más que tranquilizar, invitaba a mantenerse alerta.
Ambos entendían la norma sin que nadie tuviera que explicarla en alto: para apostar fuerte, primero había que demostrar valor. El combate no era un fin, sino un peaje. Una prueba de acceso.
Mientras tanto, en uno de los palcos laterales, Barald Kane observaba la escena desde otra perspectiva. Había entrado como quien entra en un salón privado: sin prisas, sin preguntas innecesarias, con la seguridad de quien sabe adaptarse a cualquier entorno donde el dinero manda. Desde allí arriba, el circuito se revelaba como lo que realmente era: un mercado perfectamente estructurado, donde cada gesto tenía un precio y cada error, una consecuencia.
No tardó en notar que su presencia había sido registrada.
Un organizador se acercó con educación medida, acompañado por dos figuras que no parecían guardias, pero que sin duda lo eran. El intercambio fue breve, casi cordial. Un comentario sobre la noche, una referencia a la afluencia de aspirantes y, finalmente, una propuesta formulada como necesidad logística: faltaban combatientes para una prueba inicial. Nada personal. Nada improvisado.
Barald comprendió el mensaje al instante. Aquí, incluso quienes se movían entre palcos y apuestas debían mostrar algo más que dinero si querían operar con libertad. Aceptar no significaba entusiasmo. Rechazar, en cambio, significaba quedar marcado como irrelevante, y probablemente siendo foco de una futura expulsión.
Minutos después, descendía al nivel de la arena, donde estaban el resto de combatientes.
No hubo miradas de reconocimiento ni palabras de presentación cuando coincidió con Ryota y Runin en las galerías laterales. Solo una breve evaluación mutua, silenciosa, suficiente para entender que ninguno de los tres estaba allí para improvisar. Tres trayectorias distintas, empujadas por razones diferentes, convergiendo en el mismo punto por una lógica que solo el destino conocía.
La arena empezó a llenarse de una expectación constante.
Desde lo alto, una voz neutra, amplificada sin dramatismo, anunció la apertura de los combates de evaluación. No nombres. No historias. Solo cifras, categorías y condiciones. El público ajustó su atención. Las primeras apuestas menores comenzaron a moverse, tanteando el terreno.
- Tres aspirantes contra tres aspirantes, sin reglas. Los 3 ganadores, serán aceptados.
Al otro lado del foso, otros tres combatientes aguardaban. Rostros tensos, cuerpos preparados, miradas cargadas de ambición. No luchaban por gloria ni reconocimiento. Luchaban por entrar. Por no quedarse fuera cuando la puerta se cerrara.
Ryota, Runin y Barald compartían ahora el mismo espacio. Ni como aliados, ni como desconocidos. Simplemente como piezas colocadas en el mismo tablero, empujadas por la misma necesidad inmediata.
La arena estaba lista, ¿lo estarían los participantes?
Tras unos minutos de preparación y de toma de contacto, los 6 participantes salieron a la zona de combate.
En el lado derecho de la arena, Ryota fue el primero en pisar el círculo de piedra. Vestía de forma sencilla, sin ornamentos ni colores llamativos, con ropa pensada para moverse sin restricciones. Su cuerpo mostraba el desgaste propio de alguien acostumbrado cada vez mas al combate: musculos definidos, sin exageraciones, marcas que no parecían recientes. Sus ojos, oscuros y atentos, se mantenían fijos al frente, sin bajar la mirada ni buscarla en exceso. No portaba armas visibles; solo sus manos, cerradas y abiertas con naturalidad, preparadas para el contacto directo.
Runin apareció a continuación, destacando de inmediato entre la iluminación cálida de la arena. Su vestimenta era más ligera, pensada para la agilidad, dejando ver la firmeza de su cuerpo y la seguridad con la que lo ocupaba. La piel marcada aquí y allá por cicatrices finas haciendo referencia a combates pasados. Su mirada era directa, afilada, y no evitaba cruzarse con la del público ni con la de los otros combatientes. Tampoco llevaba armas a la vista; su presencia y belleza bastaban como advertencia.
Barald cerró el grupo con una apariencia más sobria. Vestía con elegancia, ropa de buena calidad adaptada para el combate, sin piezas superfluas. Su porte era recto, casi formal, y contrastaba con el entorno violento de la arena. Sus ojos, de un rojo intenso, se desplazaban con calma por el espacio sin detenerse demasiado en nadie. Este pero, si que portaba una arma, una katana algo larga, con el mango y la vaina completamente negros.
Tres figuras distintas bajo la misma luz. Tres cuerpos expuestos al juicio silencioso del público.
Tras ellos, justo delante suyo aparecieron 3 figuras, sus contrincantes.
El primero era un humano de complexión robusta, ancho de hombros y con el torso cubierto por una camiseta sin mangas, gastada y oscurecida por el uso. Sus brazos estaban marcados por cicatrices irregulares, algunas antiguas, otras aún visibles bajo la luz cálida de las lámparas. Tenía el cabello corto, casi rapado, y una barba descuidada que endurecía aún más sus facciones. Sus ojos, pequeños y hundidos, se mantenían fijos al frente, inmóviles. No portaba armas visibles; sus manos grandes y curtidas colgaban relajadas a los lados del cuerpo.
A su izquierda avanzó una gyojin, de piel azul grisácea y cuerpo compacto, más baja que el humano, pero notablemente más ancha. Sus rasgos eran angulosos, con aletas cortas en el cuello y antebrazos gruesos como columnas. Vestía prendas oscuras, sencillas, adaptadas a su anatomía, sin adornos ni protección evidente. Su presencia imponía peso incluso antes de moverse. No llevaba armas; sus manos palmeadas permanecían abiertas, mostrando la fuerza contenida en cada dedo.
El tercero cerró la formación con una presencia muy distinta. Un mink joven, de pelaje claro y desordenado, con las orejas erguidas y temblorosas bajo la iluminación de la arena. Su cuerpo era más delgado, menos marcado, y la ropa que llevaba parecía prestada o improvisada: piezas demasiado grandes, ajustadas con correas apresuradas. Sus ojos, grandes y brillantes, recorrían el espacio sin detenerse, evitando cruzarse con los del público y con los de los otros combatientes. La cola, rígida, apenas lograba mantenerse quieta. No llevaba armas, y sus manos, tensas, se cerraban y abrían de forma involuntaria.
Tres cuerpos distintos bajo la misma luz.
Tres aspirantes enfrentados al mismo juicio.
Los 6 avanzaron hasta quedar a 2m, repartidos por parejas en el medio de la arena. En cuanto sonó la campana, el combate estalló.
INFO

![[Imagen: EVP9cQn.png]](https://i.imgur.com/EVP9cQn.png)