03-01-2026, 01:53 AM
Al final, aquel despliegue de erudición y esfuerzo había resultado estéril. Pues, Han, tras largo rato en silencio, le había demostrado que su método no era otra cosa que un laberinto de reglas extremadamente complejo de seguir.
Una verdadera lástima, a decir verdad, pues Bai se sentía mucho más cómoda en ese ambiente estructurado en aquellos momentos de su vida.
Y sin embargo, ahora que ya sabía que eso no iba a funcionar, persistía en ella una gran duda: ¿cómo podría él articular sus fonemas si su oído no lograba desentrañar siquiera los sonidos más elementales de forma aislada?
No valía la pena pensarlo. Sobre todo cuando él, impulsado por un desconocido pensamiento, ya comenzaba a orquestar su propia solución.
Bai suspiró y, llevándose una mano a la sien, cerró los ojos durante un instante mientras Han escudriñaba la estancia.
—Idiota —musitó ella, masajeando su sien—. Siempre conviertes lo sencillo en difícil — añadió para sí, justo antes de que el objeto de la búsqueda apareciera de repente.
Una manzana.
Bai ladeó la cabeza, tratando de desentrañar el significado de aquel gesto.
¿Pretendía él que ella la comiera? La idea era un absurdo dado del momento. ¿O acaso aludía al concepto de fruta?, se preguntó al tiempo que sus ojos rastreaban la estancia hasta descubrir que aquel no era el único ejemplar.
No, no podía ser aquello pues, si él hablaba de un plural habría traído una cesta; su insistencia la pieza solitaria solo podía tener una lectura: una manzana.
Y, en efecto, así fue.
Lo descubrió casi al mismo tiempo que él, emocionado, se la ponía en la mano y se la señalaba con una excitación desbordante. Le recordó a un niño; y las alas de Bai, traicionando su compostura, se desplegaron en un sutil estremecimiento, vibrando al unísono con la energía eléctrica que emanaba de Han.
—Ám'blokə —logró decir tras recuperar la compostura que su propio cuerpo había roto.
Y, tras la palabra, apareció una sonrisa; la primera que iluminaba su rostro en días. Y es que, la ternura que Han le infundía, había logrado por un instante anestesiar el duelo con el que cargaba. Sin embargo, la dicha iba a ser efímera pues, tan pronto como la curva de sus labios se dibujó, el recuerdo de Dong regresó con fuerza.
Dong. El nombre reverberó en su interior conjurando tristeza. Y Bai desvió el curso de su pensamiento hacia la gramática, refugiándose en la estructura de los plurales.
—Han... —susurró, depositando la manzana sobre la madera. Alzó un solo dedo y añadió—Ras ám'blokə.
Una manzana.
—Iskay —sentenció, liberando un segundo dedo para cerciorarse de que el hombre pudiera seguir lo que le estaba diciendo. Después escondió uno y volvió a repetir—: Han, ras. Ám'blokə, ras.
¿Era suficiente? Esperaba que sí.
—Han, Bai iskay —alzó de nuevo el segundo dedo—. Iám'bloki Iskay.
Y para que entendiera que Iám'bloki era Ám'blokə, Bai, tocó la fruta y repitió ambas palabras.
Pero ahora venía lo extremadamente difícil y el reto: el momento de conducir a Han hacia la noción de la abundancia, hacia el hecho de que, en su lengua, la multitud de las cosas exigía un plural distinto, una palabra que pudiese contener lo numeroso.
Así que, sin mediar palabra, apartó el fruto hacia el margen de la mesa y extrajo el cuaderno que casi siempre la acompañaba. Eso debía servir. Abrió la libreta y comenzó a mostrarle el papel: señaló primero una hoja, luego otra y otra; un goteo rítmico de blancura.
Después, cuando finalmente juzgó que el número de páginas superaba la capacidad de ser contadas de un solo vistazo, aprisionó el grueso del papel entre sus dedos y dijo:—Ruru.
Sostuvo el fajo de páginas señaló de nuevo la manzana solitaria y unió ambos conceptos en un solo: —Ruruam'blokə.
Una verdadera lástima, a decir verdad, pues Bai se sentía mucho más cómoda en ese ambiente estructurado en aquellos momentos de su vida.
Y sin embargo, ahora que ya sabía que eso no iba a funcionar, persistía en ella una gran duda: ¿cómo podría él articular sus fonemas si su oído no lograba desentrañar siquiera los sonidos más elementales de forma aislada?
No valía la pena pensarlo. Sobre todo cuando él, impulsado por un desconocido pensamiento, ya comenzaba a orquestar su propia solución.
Bai suspiró y, llevándose una mano a la sien, cerró los ojos durante un instante mientras Han escudriñaba la estancia.
—Idiota —musitó ella, masajeando su sien—. Siempre conviertes lo sencillo en difícil — añadió para sí, justo antes de que el objeto de la búsqueda apareciera de repente.
Una manzana.
Bai ladeó la cabeza, tratando de desentrañar el significado de aquel gesto.
¿Pretendía él que ella la comiera? La idea era un absurdo dado del momento. ¿O acaso aludía al concepto de fruta?, se preguntó al tiempo que sus ojos rastreaban la estancia hasta descubrir que aquel no era el único ejemplar.
No, no podía ser aquello pues, si él hablaba de un plural habría traído una cesta; su insistencia la pieza solitaria solo podía tener una lectura: una manzana.
Y, en efecto, así fue.
Lo descubrió casi al mismo tiempo que él, emocionado, se la ponía en la mano y se la señalaba con una excitación desbordante. Le recordó a un niño; y las alas de Bai, traicionando su compostura, se desplegaron en un sutil estremecimiento, vibrando al unísono con la energía eléctrica que emanaba de Han.
—Ám'blokə —logró decir tras recuperar la compostura que su propio cuerpo había roto.
Y, tras la palabra, apareció una sonrisa; la primera que iluminaba su rostro en días. Y es que, la ternura que Han le infundía, había logrado por un instante anestesiar el duelo con el que cargaba. Sin embargo, la dicha iba a ser efímera pues, tan pronto como la curva de sus labios se dibujó, el recuerdo de Dong regresó con fuerza.
Dong. El nombre reverberó en su interior conjurando tristeza. Y Bai desvió el curso de su pensamiento hacia la gramática, refugiándose en la estructura de los plurales.
—Han... —susurró, depositando la manzana sobre la madera. Alzó un solo dedo y añadió—Ras ám'blokə.
Una manzana.
—Iskay —sentenció, liberando un segundo dedo para cerciorarse de que el hombre pudiera seguir lo que le estaba diciendo. Después escondió uno y volvió a repetir—: Han, ras. Ám'blokə, ras.
¿Era suficiente? Esperaba que sí.
—Han, Bai iskay —alzó de nuevo el segundo dedo—. Iám'bloki Iskay.
Y para que entendiera que Iám'bloki era Ám'blokə, Bai, tocó la fruta y repitió ambas palabras.
Pero ahora venía lo extremadamente difícil y el reto: el momento de conducir a Han hacia la noción de la abundancia, hacia el hecho de que, en su lengua, la multitud de las cosas exigía un plural distinto, una palabra que pudiese contener lo numeroso.
Así que, sin mediar palabra, apartó el fruto hacia el margen de la mesa y extrajo el cuaderno que casi siempre la acompañaba. Eso debía servir. Abrió la libreta y comenzó a mostrarle el papel: señaló primero una hoja, luego otra y otra; un goteo rítmico de blancura.
Después, cuando finalmente juzgó que el número de páginas superaba la capacidad de ser contadas de un solo vistazo, aprisionó el grueso del papel entre sus dedos y dijo:—Ruru.
Sostuvo el fajo de páginas señaló de nuevo la manzana solitaria y unió ambos conceptos en un solo: —Ruruam'blokə.
