03-01-2026, 03:22 AM
El ruido fue lo primero. No el ruido normal de un bar de mala muerte que ya de por sí es una ofensa acústica, sino el caos humano concentrado en una sola entrada, gritos, pasos pesados, alas, abrazos innecesarios y una clara falta de coordinación social. Todo eso mientras el aire húmedo de Samba insistía en recordarme que el invierno aquí era solo una sugerencia, no una norma.
Suspiré con hastío y, por puro reflejo, saqué mi reloj de bolsillo dorado, la hora seguía siendo correcto, el mundo, desgraciadamente no. —Excelente —murmuré para mí mismo, cinco minutos fuera de una mesa privada y ya me rodea un circo.
Yo había llegado antes, por supuesto. No porque me importara la puntualidad ajena, sino porque me negaba rotundamente a llegar después que nadie a un lugar que, técnicamente, yo estaba evaluando. El taburete que había elegido estaba limpio, relativamente y lo había reclamado con la simple autoridad de mi presencia. Mi cola purpúrea descansaba impecable detrás de mí, visible, cuidada, ajena al polvo y a la mediocridad.
Entonces los vi o mas bien, los escuché, primero, el alboroto grande, demasiado grande. Una masa de orejas, extremidades largas y un entusiasmo desbordado que no pedí presenciar. La liebre gigante, porque eso era casi aplasta al muchacho de la bufanda con un abrazo que, desde mi punto de vista, calificaba como intento de homicidio involuntario, desagradable, ruidoso e ineficiente, esperaba que esos dos no sean parte del grupo que esperaba, aunque algo me dice que eran ellos.
—Controla a tu mascota —comenté en voz alta, sin mirar a nadie en concreto —O al menos ponle una campanilla.— Luego, como si el universo decidiera castigarme personalmente, Iggy hizo su entrada teatral, reconocí su voz antes que su cara, lamentable talento, ese.
—Oh, no —dije, cerrando el reloj con un clic seco—El mentiroso profesional ha llegado.— Le lancé una mirada lateral, lenta, cargada de juicio, ya me estaba imaginando que tipo de grupo sería este.
—Devuélveme el favor y no vuelvas a presentarte como estrella del rock —añadi —Te queda grande el título y pequeño el cerebro.— Pero había más, siempre había más. Una humana de aspecto caótico, con un ave posándose donde no debía, y una Humink conejo que, por desgracia, sí reconocí era Hiragi, la responsable principal de que hoy yo estuviera aquí buscando ser navegante de un grupo desconocido.
Mi expresión se tensó apenas un segundo, no por agrado, sino por reconocimiento.—Tú —dije, mirándola de arriba abajo con gesto crítico —La comerciante parlanchina.— No era un cumplido.
—Veo que sigues viva —continué—Eso habla bien de tu instinto de supervivencia o mal del criterio de quienes te rodean.—Aun así, no la eché. Conocía su utilidad, además ella me había invitado a este circo y a diferencia del resto, sabía comportarse en un local cerrado, era un punto a su favor.
Volví mi atención al conjunto completo. El humano de la bufanda fuera de moda, la liebre gigante, el farsante de Iggy, la ladrona con pájaro y Hiragi. Un grupo peculiar, demasiado de hecho. —Dejenme aclarar algo antes de que sigan gritando, abrazándose o sudando cerca de mí —dije, alzando ligeramente la voz, lo justo para que se me escuchara — No me interesa vuestra camaradería espontánea, vuestros dramas personales ni vuestras demostraciones físicas de afecto, especialmente eso último.— Miré directamente a la liebre gigante, luego a la humana del ave.
—Y si alguno de ustedes empieza a sudar, se lo advierto ahora, me levantaré y me iré. No negocio con personas que huelen a esfuerzo. — Me acomodé mejor en el taburete, cruzando las piernas con elegancia medida y volví a mirar mi reloj.
—Ahora bien —continué, porque no soy irracional—entiendo que este encuentro tiene un propósito. Algo sobre una tripulación, un barco y una idea romántica de libertad, supongo. — Mis ojos ámbar recorrieron al grupo una vez más, calculando.
—No me malinterpreten, no tengo intención alguna de ser amigo de ninguno de ustedes. No busco familia, ni nakamas, ni abrazos grupales. Busco un medio, un barco que se mueva, rutas que se abran, islas que ver y nada más, quiero ser un gran navegante de este mundo. — Me detuve un instante y miré a Ryan.
—Tú organizaste esto, así que asumiré, solo asumiré, que tienes algo que ofrecer más allá de entusiasmo y bufandas fuera de temporada. —Luego miré a Iggy de nuevo.
—Tú —señalé con un dedo a la estrella de rock caída —Ni se te ocurra intentar venderme nada. Ya lo intentaste y fracasaste. Si estás aquí es porque, por alguna razón que aún no comprendo, sigues siendo funcional para este grupo de posibles inadaptados — Después, a la ladrona.
—Y tú —mi mirada se estrechó— Devuélvele el pájaro cuando te lo pidan. Las mascotas no son moneda de cambio, son responsabilidad.— Finalmente, Hiragi.
—En cuanto a ti —dije, con un suspiro cansado — si realmente eres tan buena haciendo negocios como hablando, puede que seas tolerable y estoy más que dispuesto a ser el navegante de su barco. — Me recliné apenas hacia atrás.
—Así que aquí están mis condiciones, para que no haya confusiones —concluí —No doy órdenes, No recibo órdenes, no comparto camarote con nadie y si este barco termina siendo una pérdida de tiempo, me bajo sin mirar atrás. — Cerré el reloj por última vez.
—Si aun así creen que valgo la pena —sonreí con arrogancia —Entonces continúen, los estoy escuchando, por ahora.—
Suspiré con hastío y, por puro reflejo, saqué mi reloj de bolsillo dorado, la hora seguía siendo correcto, el mundo, desgraciadamente no. —Excelente —murmuré para mí mismo, cinco minutos fuera de una mesa privada y ya me rodea un circo.
Yo había llegado antes, por supuesto. No porque me importara la puntualidad ajena, sino porque me negaba rotundamente a llegar después que nadie a un lugar que, técnicamente, yo estaba evaluando. El taburete que había elegido estaba limpio, relativamente y lo había reclamado con la simple autoridad de mi presencia. Mi cola purpúrea descansaba impecable detrás de mí, visible, cuidada, ajena al polvo y a la mediocridad.
Entonces los vi o mas bien, los escuché, primero, el alboroto grande, demasiado grande. Una masa de orejas, extremidades largas y un entusiasmo desbordado que no pedí presenciar. La liebre gigante, porque eso era casi aplasta al muchacho de la bufanda con un abrazo que, desde mi punto de vista, calificaba como intento de homicidio involuntario, desagradable, ruidoso e ineficiente, esperaba que esos dos no sean parte del grupo que esperaba, aunque algo me dice que eran ellos.
—Controla a tu mascota —comenté en voz alta, sin mirar a nadie en concreto —O al menos ponle una campanilla.— Luego, como si el universo decidiera castigarme personalmente, Iggy hizo su entrada teatral, reconocí su voz antes que su cara, lamentable talento, ese.
—Oh, no —dije, cerrando el reloj con un clic seco—El mentiroso profesional ha llegado.— Le lancé una mirada lateral, lenta, cargada de juicio, ya me estaba imaginando que tipo de grupo sería este.
—Devuélveme el favor y no vuelvas a presentarte como estrella del rock —añadi —Te queda grande el título y pequeño el cerebro.— Pero había más, siempre había más. Una humana de aspecto caótico, con un ave posándose donde no debía, y una Humink conejo que, por desgracia, sí reconocí era Hiragi, la responsable principal de que hoy yo estuviera aquí buscando ser navegante de un grupo desconocido.
Mi expresión se tensó apenas un segundo, no por agrado, sino por reconocimiento.—Tú —dije, mirándola de arriba abajo con gesto crítico —La comerciante parlanchina.— No era un cumplido.
—Veo que sigues viva —continué—Eso habla bien de tu instinto de supervivencia o mal del criterio de quienes te rodean.—Aun así, no la eché. Conocía su utilidad, además ella me había invitado a este circo y a diferencia del resto, sabía comportarse en un local cerrado, era un punto a su favor.
Volví mi atención al conjunto completo. El humano de la bufanda fuera de moda, la liebre gigante, el farsante de Iggy, la ladrona con pájaro y Hiragi. Un grupo peculiar, demasiado de hecho. —Dejenme aclarar algo antes de que sigan gritando, abrazándose o sudando cerca de mí —dije, alzando ligeramente la voz, lo justo para que se me escuchara — No me interesa vuestra camaradería espontánea, vuestros dramas personales ni vuestras demostraciones físicas de afecto, especialmente eso último.— Miré directamente a la liebre gigante, luego a la humana del ave.
—Y si alguno de ustedes empieza a sudar, se lo advierto ahora, me levantaré y me iré. No negocio con personas que huelen a esfuerzo. — Me acomodé mejor en el taburete, cruzando las piernas con elegancia medida y volví a mirar mi reloj.
—Ahora bien —continué, porque no soy irracional—entiendo que este encuentro tiene un propósito. Algo sobre una tripulación, un barco y una idea romántica de libertad, supongo. — Mis ojos ámbar recorrieron al grupo una vez más, calculando.
—No me malinterpreten, no tengo intención alguna de ser amigo de ninguno de ustedes. No busco familia, ni nakamas, ni abrazos grupales. Busco un medio, un barco que se mueva, rutas que se abran, islas que ver y nada más, quiero ser un gran navegante de este mundo. — Me detuve un instante y miré a Ryan.
—Tú organizaste esto, así que asumiré, solo asumiré, que tienes algo que ofrecer más allá de entusiasmo y bufandas fuera de temporada. —Luego miré a Iggy de nuevo.
—Tú —señalé con un dedo a la estrella de rock caída —Ni se te ocurra intentar venderme nada. Ya lo intentaste y fracasaste. Si estás aquí es porque, por alguna razón que aún no comprendo, sigues siendo funcional para este grupo de posibles inadaptados — Después, a la ladrona.
—Y tú —mi mirada se estrechó— Devuélvele el pájaro cuando te lo pidan. Las mascotas no son moneda de cambio, son responsabilidad.— Finalmente, Hiragi.
—En cuanto a ti —dije, con un suspiro cansado — si realmente eres tan buena haciendo negocios como hablando, puede que seas tolerable y estoy más que dispuesto a ser el navegante de su barco. — Me recliné apenas hacia atrás.
—Así que aquí están mis condiciones, para que no haya confusiones —concluí —No doy órdenes, No recibo órdenes, no comparto camarote con nadie y si este barco termina siendo una pérdida de tiempo, me bajo sin mirar atrás. — Cerré el reloj por última vez.
—Si aun así creen que valgo la pena —sonreí con arrogancia —Entonces continúen, los estoy escuchando, por ahora.—
