La espera del pueblo [Aventura T2][Presente Absoluto]
#7
El cerco apenas tiene tiempo de cerrarse del todo antes de romperse desde dentro, porque el primer mercenario cae con un grito ahogado cuando su arma es desviada y su brazo queda inutilizado en un parpadeo, lanzado hacia atrás como un estorbo más en la maleza. El impacto de la patada resuena seco y, antes de que los demás puedan reaccionar, la figura del revolucionario ya no está donde debería, moviéndose con una velocidad errática que convierte las linternas en faros inútiles apuntando a la nada.

El segundo y el tercero retroceden instintivamente cuando el acero brilla entre sombras, uno recibe el golpe directo que lo hace caer de rodillas y el otro apenas logra levantar su arma antes de que un choque brutal se la arranque de las manos. La formación se descompone en cuestión de segundos, cada mercenario intentando cubrir un ángulo distinto sin darse cuenta de que el ataque nunca llega desde el frente esperado.

El revolucionario desaparece entre los árboles y vuelve a surgir desde arriba, usando troncos y cuerpos como puntos de apoyo, golpeando, apartándose, reapareciendo siempre desde un lugar distinto, como si la noche misma lo empujara de un lado a otro. Los mercenarios comienzan a caer uno tras otro, algunos desarmados, otros derribados por cortes precisos que no les dejan margen para contraatacar, mientras el pánico reemplaza rápidamente a cualquier intento de coordinación.

Las linternas caen al suelo, rodando entre hojas y raíces, proyectando sombras deformes que solo empeoran la confusión. Cada intento de rodearlo termina en un error, cada avance en falso se paga caro, hasta que el claro queda en silencio, roto únicamente por respiraciones agitadas que pronto se apagan.

Cuando todo termina, la vegetación vuelve a quedarse inmóvil, como si nada hubiera ocurrido. El acero es limpiado con calma, guardado sin prisa, y el aire se llena por un momento de una solemnidad inesperada, acompañada por una plegaria baja y respetuosa dirigida a quienes eligieron pelear y encontraron su final allí mismo. Después, la atención se centra de nuevo en el almacén, en la puerta cerrada y en los cuerpos caídos, revisados con la precisión de quien sabe que incluso en el caos puede esconderse una oportunidad.

Al revisar uno de los cuerpos, entre cuero endurecido y correas manchadas de tierra, aparece finalmente lo que parecía improbable: una llave pesada, de hierro oscuro, con los bordes gastados por el uso constante y una marca grabada que coincide con el candado del almacén. No hay duda de que es la correcta; incluso antes de probarla, su peso transmite esa certeza desagradable de los objetos que abren lugares donde no debería entrar nadie.

El silencio que envuelve el claro resulta casi absoluto cuando se aproxima a la puerta, un silencio tan denso que hace que el leve tintinear del metal destaque más de lo esperado. La madera del portón, vieja y reforzada, parece ceder ante la idea de ser abierta después de tanto tiempo, como si el edificio mismo percibiera lo que está a punto de ocurrir.

Entonces, sin aviso previo, el mundo estalla de nuevo en movimiento.

La puerta sale despedida hacia afuera con un estruendo brutal, arrancada de sus goznes por una patada que no tiene nada de improvisada. La hoja de madera vuela varios metros antes de estrellarse contra el suelo, levantando polvo y hojas secas, y tras ella aparece una figura mucho más imponente que las anteriores, avanzando con la seguridad de quien no llega tarde, sino justo a tiempo.

El jefe de los mercenarios es alto, ancho de hombros, con una complexión endurecida por años de combates reales, no escaramuzas. Lleva una armadura ligera reforzada con placas irregulares, marcada por cicatrices y golpes antiguos, y un abrigo oscuro que se mueve con pesadez a cada paso. Su rostro está surcado por una cicatriz profunda que le cruza la mejilla y le tira del labio hacia abajo, dándole una expresión permanente de desprecio. Sus ojos, fríos y calculadores, recorren la escena sin sorpresa alguna, evaluando cuerpos, distancias y peligros en un solo vistazo.

Pero lo más inquietante no es él.

Con una mano enorme, sujeta a uno de los prisioneros, arrastrándolo desde el interior del almacén como si no pesara nada. El secuestrado está demacrado, la ropa sucia y demasiado grande para su cuerpo adelgazado, los ojos abiertos de par en par por el miedo y la confusión, apenas capaz de mantenerse en pie mientras es colocado delante como un escudo humano. Sus pies descalzos se arrastran por el suelo, dejando marcas irregulares en la tierra húmeda.

El jefe presiona el antebrazo contra el cuello del prisionero, lo suficiente para inmovilizarlo sin matarlo, y sonríe mostrando los dientes, una sonrisa lenta y cargada de una confianza peligrosa.

-Vaya… así que tú eres el problema- dice con una voz grave y rasposa, cargada de burla. -Diez hombres… y ninguno sirve para detenerte. Supongo que debería agradecerte la limpieza.-

Aprieta un poco más al rehén, lo justo para que quede claro el mensaje.

-Da un paso más y este desgraciado deja de respirar- continúa, inclinando ligeramente la cabeza. -No me pagan para ser valiente, me pagan para asegurarme de que nadie salga de aquí con lo que no le pertenece.-

Sus ojos se clavan al frente, atentos, expectantes, disfrutando del control momentáneo que le otorga la situación.

-Tira las armas- añade finalmente. -Y quizá… solo quizá… hoy no tenga que añadir otro cadáver a la lista.-



Offrol
*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]


Mensajes en este tema
RE: La espera del pueblo [Aventura T2][Presente Absoluto] - por Moja - 03-01-2026, 09:13 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)