El murmullo de los ignorados [Presente Relativo - T1] [Priv. Barald]
#1
Sorbet Sur

Día 6 de primavera, año 17

6:00 p.m.

"No había un desorden que abriera puertas al rescate, había solo suciedad y miseria."**

Los primeros días de primavera aún arrastran el viento frío del pasado invierno y, esta tarde, sobre el Reino de Sorbet, en la región más al Sur, el cielo triste, encapotado de nubes ansiosas por soltar su llanto sobre el reino, refleja el descontento de las pobres almas que tienen la desdicha de habitar en esa zona.

Lo que en un inicio comenzó con una pequeña incomodidad, con un par de aprovechados que asaltaban aquí y allá, valiéndose de la oscuridad de los callejones, evolucionó hasta alcanzar el ambiente hostil en el que ahora cada persona, desde el más joven hasta el más viejo, se veía atrapado, pero… ¿A quién le importaba? Solo eran una zona ignorada por esta isla, por el mundo. No hay justicia para los que viven en las sombras.

Todos los días era lo mismo desde hacía meses. La extorsión de convirtió en la normalidad.

¿Por qué?

Dijeron que fue por una buena causa.

A un par de chicos se les ocurrió impartir justicia a su manera, si nadie los salvaba, ellos salvarían al resto. No dejarían que pandilleros de otras zonas asaltaran a su gente. Claro, el resto les agradeció ¿Cómo no hacerlo? Por fin alguien los defendía. Su propia gente.

Fue solo un par de veces en las que varios residentes de la zona decidieron recompensar a los chicos por su coraje.

Los berries recolectados entre varios vecinos llegaron en bolsas que les fueron entregadas directamente a ambos. Nunca habían visto tanto dinero junto, fue más de lo podían manejar y, como suele ocurrir con aquellos que no saben manejar el poder, quisieron más.

Un buen día los chicos ya no fueron un par, el grupo fue de tres, luego de cuatro y, finalmente, los pobladores dejaron de contar a los chicos que se habían anexado a aquella banda que, en un inicio los protegía de amenazas externas, pero que, a medida que crecieron en número, aunque seguían pregonando lo mismo, ellos eran quienes se habían convertido en un peligro.

Todos los días era lo mismo, el recordatorio de que debían pagar tributo a quienes los protegían de pandilleros de otras zonas y; sin embargo, entre los rostros de “Los Buitres”, como empezaron a ser llamados, se podían ver las caras de algunos de los que antaño los atormentaron.

Nadie se atrevía a hacerles frente ¿Para qué? Si en estacas de madera al inicio de la calle principal de la zona estaban insertados los cráneos de los que se opusieron al “régimen” en un inicio...Habían dicho que fueron bandas rivales, que esos hombres murieron porque no contaban con la protección de Los Buitres. Nadie lo creyó, pero tampoco nadie se atrevió a contradecir la historia.

Desde ese entonces, esas cabezas se convirtieron en el recordatorio de la barbarie que alcanzaban esos chicos por un par de monedas.

Ahora es una rutina.

Las calles están vacías, todos prefieren permanecer en sus casas, incluso los niños, excepto por los desafortunados que deben salir de la seguridad de sus cuatro paredes para ganarse el pan de cada día y, son ellos quienes ahora van llegando poco a poco. La tarde trae consigo el éxodo de trabajadores desde las zonas más prosperas de la isla.

Agachan la cabeza cuando llegan al inicio de la calle en la que, en una esquina, hay una mesa en la que dos chicos están sentados como si fueran los guardias de seguridad de un edificio, uno de ellos anota nombres en una lista y otro cuenta las monedas acumuladas en un pequeño cofre de madera, mientras que otros dos muchachos están de pie a los lados de esa misma mesa. Los cuatro llevan dos pistolas en su cinturón, según ellos, por simple precaución, lo cierto es que es una amenaza silenciosa para todo aquel que quiera pasarse de listo y correr a su casa sin pagar el tributo diario.

Pero esos cuatro no son los únicos, dos más están a los lados de la entrada de la calle, deteniendo a todo el desdichado que llegue de su jornada. ¿Su trabajo? Enviarlos con los de la mesa para que paguen su cuota diaria y, a su vez, otros cuatro están sentados sobre cajas dispuestas a los lados de la calle, ellos simplemente existen, vigilan, informan, se encargan de que todo esté en orden y, de vez en cuando, acompañan a alguno que otro ciudadano hasta sus casas, según ellos para demostrar que el objetivo inicial no se ha perdido, es su forma de decir que aún los “cuidan”. Gran mentira.

Una mujer pasó con la cabeza agachada, sus 50 berries diarios fueron depositados en el cofre y, los que le seguían en la fila la miraron con lástima, sabían que acababa de tener a su primer hijo, sabían que ese dinero le servía más a ella que a ellos, pero nadie debía intervenir… ¿no es así?

No. La paciencia tiene un límite.

—¿Acaso no les da vergüenza? —Un hombre de mediana edad pasó al frente, sosteniendo en sus manos un cuchillo viejo y gritándole de frente a uno de los hombres que estaba parado en la entrada de la calle.

—Tú —. Señaló al que estaba en la mesa contando el dinero. —La conoces desde que son niños, fueron a la escuela juntos ¿No es verdad? —Se giró de nuevo para ver al chico frente a él directamente a los ojos —¿Hasta cuando seguirán con esto? No nos están protegiendo de nada…ustedes…

La frase no acabó, un puñetazo fue a parar directo a la cara del hombre. No fue de parte del que estaba frente a él, si no del que estaba a un lado, quien se había mantenido mirando sin intervenir hasta ahora, pero… ¿Si los seguían insultando no sería una muestra de debilidad?

—¡Ya cállate, viejo! ¿Quieres que te recordemos que les pasa a aquellos que pierden nuestra protección? —El chico señaló los cráneos en las estacas, creyó que sería suficiente para apaciguar al hombre, pero el viejo se levantó más rápido de lo que el chico pudo reaccionar para evitar por completo el cuchillo que rozó su mejilla, provocando que un hilo de sangre saliera de la nueva herida.

Contenido Oculto


—Pero… ¿Qué mierda? —El chico tardó en limpiarse la sangre la misma cantidad de tiempo que dos de sus compañeros, de los que estaban sentados sobre las cajas, tardaron en llegar a un lado del hombre que se atrevía a desafiarlos. Lo tomaron de los brazos con fuerza y el de la herida en la cara le pateó la mano para quitarle el cuchillo. —¿Acaso quieres terminar como tus amigos de las estacas? Sabes que si pierdes nuestra protección eso es lo que te pasará.

El de la herida lo tomó del cabello, no esperaba una respuesta, solo quería que la amenaza quedara implícita, pero, en ese instante, la mujer a la que el sujeto antes había defendido decidió ponerse los pantalones también.

Su bolso terminó golpeando la cabeza del que sostenía el cabello del hombre…tal vez creyó que nada le ocurriría, pero un golpe de otro de los hombres llegó directo a la boca de su estómago justo antes de que él que estaba en la mesa, el que escribía los nombres, se levantara de su silla para poner orden.

—¿Acaso no aprenden? ¿Por qué llegan a estos extremos? ¡Piénsenlo! El dinero de su contribución los mantiene seguros ¿Alguien más piensa en abandonar esa protección cómo han hecho estos dos? —En ese momento se quitó una de las pistolas de su cinturón y apuntó hacia el hombre que primero les había levantado la voz. —Porque hoy no tengo la paciencia para dejar pasar este tipo de cosas.

Léeme, por favor, yo importo


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El murmullo de los ignorados [Presente Relativo - T1] [Priv. Barald] - por Hyákinthos - 04-01-2026, 07:46 AM

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