04-01-2026, 05:17 PM
Oh no. Nunca hago las cosas porque me excite el miedo o la destrucción, no es el motor para hacer lo que hago, porque es algo tan simple de recrear y actuar… tanto como romper una botella rota, gritar y reírme de todo sin explicación, es el resultado de la enseñanza que yo misma forjé y que he tenido toda mi vida en aquella isla lleno de selva y personas salvajes… Si golpee al tipo grande fue porque se levantó, rompió el ritmo, no hizo caso a lo que dije y creyó que tenía un papel importante en el que salvaría a todos… No fue castigo, ni un ejemplo, fue una corrección inmediata, como se corrige a un animal o un insecto que se mete en territorio desconocido y antes de darse cuenta… ¡PUAJ! Es aplastado. Hago lo que hago porque mi cuerpo no sabe quedarse quieto cuando los músculos tienen energía de sobra y mi cabeza funciona demasiado rápido, dándome ideas a cada rato, ideas que no siguen ninguna norma, pero esas normas no las conocía, al menos sí algunas, algunas que aprendí encerrada en la iglesia. Pero me enseñaron a obedecer demasiado tarde, demasiado mal.
Mis dedos de las manos huelen a alcohol, metal, monedas… Mientras estoy sentada con las piernas sobre la mesa, acomodando el botín sin cuidado con los mismos pies, me ajusto también el bikini sin apuro, no para provocar, sino porque me molesta que la wea de tela se pega a mi piel con el sudor y que me pique bajo los senos. Respiro hondo, no me importaba si alguien cree que esto es un juego de intimidación, para mi solo es… una simple acción, una forma de ser quien soy, alguien que no espera que le digan qué hacer. Desde mi mesa di un pequeño vistazo al rededor, quería saber si aparte de la mujer alada y el hombre del palo, también podría haber otras personas, pero estas estaban más lejos, miro a la gente y ya no siento dispuesto ni interés como el que había tenido al principio, se ven sus caras rojas por el alcohol, manos nerviosas jugando cartas… No sabía, por su decoración, si era elegante o salvaje, pero me siento cómoda acá, la música sigue, nadie se alarmado, puedo ser yo misma, como un animal vestido con ropa.
Después escucho la voz del hombre del palo hablar, comentar, pero no le respondí ni con palabras ni con gestos, mi cara no cambia, no sonrío ni frunzo el ceño, solo mantengo la mirada relajada mientras estiro un poco más las piernas sobre la mesa. Me fijo entonces en la mujer, esa a quien el hombre le había pedido un cenicero, la misma que todavía tiembla un poco al caminar. Levanto una mano al cielo y hago un gesto claro, llamándola sin urgencia, espero a que se acerque como le estaba pidiendo —Ven, cariño, acércate a mi… más cerca… más… ¡Miau! Muy bien jisjisjis— hasta que quedó justo al lado de mi silla, entonces la rodeo de la cintura con un brazo como si la conociera de antes, apoyando el cuerpo sin apretar. —¿Me puedes traer algo a mi también? Quiero un Monoburger, Papas fritas crujientes, un LagartoWisky, una Blackpantera para la mujer de allá y un Selvatina para ese tipo… Por último… un sombrero por favor, uno que combine con mis botas— Le hablé tranquila, pidiéndole comida rápida para compartir y para tomar, también le indiqué mis botas, para que me encontrara un sombrero acorde a mi vestimenta. Acepté silenciosamente la oferta del hombre de palo y cuando terminé de pedir la orden, suelto a la camarera, le acomodo el delantal y le sonrio de manera suave —Puedes irte— La dejo ir y vuelvo a apoyar la espalda en la silla.
Mis dedos de las manos huelen a alcohol, metal, monedas… Mientras estoy sentada con las piernas sobre la mesa, acomodando el botín sin cuidado con los mismos pies, me ajusto también el bikini sin apuro, no para provocar, sino porque me molesta que la wea de tela se pega a mi piel con el sudor y que me pique bajo los senos. Respiro hondo, no me importaba si alguien cree que esto es un juego de intimidación, para mi solo es… una simple acción, una forma de ser quien soy, alguien que no espera que le digan qué hacer. Desde mi mesa di un pequeño vistazo al rededor, quería saber si aparte de la mujer alada y el hombre del palo, también podría haber otras personas, pero estas estaban más lejos, miro a la gente y ya no siento dispuesto ni interés como el que había tenido al principio, se ven sus caras rojas por el alcohol, manos nerviosas jugando cartas… No sabía, por su decoración, si era elegante o salvaje, pero me siento cómoda acá, la música sigue, nadie se alarmado, puedo ser yo misma, como un animal vestido con ropa.
Después escucho la voz del hombre del palo hablar, comentar, pero no le respondí ni con palabras ni con gestos, mi cara no cambia, no sonrío ni frunzo el ceño, solo mantengo la mirada relajada mientras estiro un poco más las piernas sobre la mesa. Me fijo entonces en la mujer, esa a quien el hombre le había pedido un cenicero, la misma que todavía tiembla un poco al caminar. Levanto una mano al cielo y hago un gesto claro, llamándola sin urgencia, espero a que se acerque como le estaba pidiendo —Ven, cariño, acércate a mi… más cerca… más… ¡Miau! Muy bien jisjisjis— hasta que quedó justo al lado de mi silla, entonces la rodeo de la cintura con un brazo como si la conociera de antes, apoyando el cuerpo sin apretar. —¿Me puedes traer algo a mi también? Quiero un Monoburger, Papas fritas crujientes, un LagartoWisky, una Blackpantera para la mujer de allá y un Selvatina para ese tipo… Por último… un sombrero por favor, uno que combine con mis botas— Le hablé tranquila, pidiéndole comida rápida para compartir y para tomar, también le indiqué mis botas, para que me encontrara un sombrero acorde a mi vestimenta. Acepté silenciosamente la oferta del hombre de palo y cuando terminé de pedir la orden, suelto a la camarera, le acomodo el delantal y le sonrio de manera suave —Puedes irte— La dejo ir y vuelvo a apoyar la espalda en la silla.
