04-01-2026, 05:55 PM
Bai observó a la mink tras el refugio de sus puños. La postura de la joven era un reflejo rígido de la suya; funcional, pero carente de la fluidez necesaria para absorber impactos.
E iba a demostrarselo.
Bai esperó el golpe sin oponer resistencia pues, en lugar de un bloqueo seco que habría castigado sus propios huesos, dejó que su palma derecha interceptara el antebrazo de Mahou con un golpe de trayectoria corta. Y, así el impacto de la macaca se perdió en el aire, desviado por centímetros de su abdomen y abriendo un espacio para ella.
Entonces, aprovechando el vacío en la guardia, Bai soltó un gancho curvo que no buscaba la mejilla, sino la estructura ósea que protegía el ojo derecho de la adolescente. El impacto fue seco y el sonido de sus propios nudillos protestando contra el hueso de Mahou resonó en el aire.
Uno, dos segundos y el flujo de combate se detuvo de golpe tras el impacto. Bai retiró el puño y, junto a ello, la adrenalina bajó un peldaño permitiendo que la empatía recuperara el control de su cuerpo.
—Perdón —soltó Bai, rompiendo la tensión—. ¿Mahou...— preguntó al tiempo que alzaba un pulgar para preguntar si estaba bien con aquel gesto— bien?
Tras cerciorarse de que no se hubiera pasado con Mahou, le hizo un gesto intentándole explicar —sin palabras— en dónde debía pegar. Al fin y al cabo, el entrenamiento no consistía en lanzar golpes a diestro y siniestro; eso era, a todas luces,
un desperdicio de energía y tiempo.
Además, para este conocimiento, no importaba si usaba el impacto de un arma o la dureza de sus propios nudillos, la anatomía no cambiaba.
Para ello Bai hundió los dedos con firmeza bajo su propio diafragma, en el flanco izquierdo.
Ese era el bazo. ¿Cómo se diría en su idioma?
—Bazo —probó suerte con el suyo propio. Luego, desplazó la mano hacia el lado derecho, justo bajo la caja torácica, y volvió a tentar a la suerte.—Hígado.
Entonces, hizo un gesto mímico de impacto. Sabía que un golpe bien colocado ahí disparaba una respuesta de colapso instantánea.
Dos puntos, dos finales rápidos. Con que retuviera eso, sus posibilidades de sobrevivir acababan de duplicarse.
Después, volvió a adoptar la posición que inicialmente había tomado. Esta vez, siendo ella misma la que tomara la iniciativa. Quería que Mahou entendiera la regla de oro: una guardia rota es una invitación a que te lluevan golpes. Entonces, flexionó las rodillas buscando hundir su centro de gravedad para nivelarse con la adolescente, eliminando todo lo que podía de la ventaja de su altura para facilitarle las cosas.
Ya habría tiempo para una pelea a la misma altura.
Y tras ello, modulando el golpe, le lanzó un ataque. Fue un golpe descendente con el borde de la diestra, modulado en velocidad y fuera pero tan preciso como su cuerpo se lo permitió; el objetivo no era el hueso esta vez, sino el hueco blando sobre la clavícula, ese punto donde los nervios del brazo se ramifican como cables.
E iba a demostrarselo.
Bai esperó el golpe sin oponer resistencia pues, en lugar de un bloqueo seco que habría castigado sus propios huesos, dejó que su palma derecha interceptara el antebrazo de Mahou con un golpe de trayectoria corta. Y, así el impacto de la macaca se perdió en el aire, desviado por centímetros de su abdomen y abriendo un espacio para ella.
Entonces, aprovechando el vacío en la guardia, Bai soltó un gancho curvo que no buscaba la mejilla, sino la estructura ósea que protegía el ojo derecho de la adolescente. El impacto fue seco y el sonido de sus propios nudillos protestando contra el hueso de Mahou resonó en el aire.
Uno, dos segundos y el flujo de combate se detuvo de golpe tras el impacto. Bai retiró el puño y, junto a ello, la adrenalina bajó un peldaño permitiendo que la empatía recuperara el control de su cuerpo.
—Perdón —soltó Bai, rompiendo la tensión—. ¿Mahou...— preguntó al tiempo que alzaba un pulgar para preguntar si estaba bien con aquel gesto— bien?
Tras cerciorarse de que no se hubiera pasado con Mahou, le hizo un gesto intentándole explicar —sin palabras— en dónde debía pegar. Al fin y al cabo, el entrenamiento no consistía en lanzar golpes a diestro y siniestro; eso era, a todas luces,
un desperdicio de energía y tiempo.
Además, para este conocimiento, no importaba si usaba el impacto de un arma o la dureza de sus propios nudillos, la anatomía no cambiaba.
Para ello Bai hundió los dedos con firmeza bajo su propio diafragma, en el flanco izquierdo.
Ese era el bazo. ¿Cómo se diría en su idioma?
—Bazo —probó suerte con el suyo propio. Luego, desplazó la mano hacia el lado derecho, justo bajo la caja torácica, y volvió a tentar a la suerte.—Hígado.
Entonces, hizo un gesto mímico de impacto. Sabía que un golpe bien colocado ahí disparaba una respuesta de colapso instantánea.
Dos puntos, dos finales rápidos. Con que retuviera eso, sus posibilidades de sobrevivir acababan de duplicarse.
Después, volvió a adoptar la posición que inicialmente había tomado. Esta vez, siendo ella misma la que tomara la iniciativa. Quería que Mahou entendiera la regla de oro: una guardia rota es una invitación a que te lluevan golpes. Entonces, flexionó las rodillas buscando hundir su centro de gravedad para nivelarse con la adolescente, eliminando todo lo que podía de la ventaja de su altura para facilitarle las cosas.
Ya habría tiempo para una pelea a la misma altura.
Y tras ello, modulando el golpe, le lanzó un ataque. Fue un golpe descendente con el borde de la diestra, modulado en velocidad y fuera pero tan preciso como su cuerpo se lo permitió; el objetivo no era el hueso esta vez, sino el hueco blando sobre la clavícula, ese punto donde los nervios del brazo se ramifican como cables.
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