05-01-2026, 02:56 PM
Bai miró a Han.
Luego miró la manzana.
Después volvió a mirarlo a él.
Entonces, en unos escasos segundos consideró varias opciones: corregirlo, reírse, llorar o replantearse por completo el concepto mismo de plural.
Y, al final, se decidió por reír. Pero no con esa risa suave que solía tener, sino a todo pulmón cuando Han, triunfante, levantó la manzana y la pronunció en su idioma.
—Ám'blokə —respondió entre lágrimas por la risa exagerada—. Sí —añadió, al tiempo que hacía un gesto con la cabeza para afirmar que lo había hecho bien.
Pero su risa no terminaría ahí. Pues Bai, hipando carcajadas, tardó unos segundos más en recomponerse y serenarse. El tiempo justo como para secarse las lágrimas con el dorso de la mano y decidirse a respirar hondo, intentando cortar la risa de una vez por todas.
—Bien —murmuró al final, aún con la voz temblorosa y contenida—. Acabo de aprender algo importante.
Abrió la libreta y empezó a escribir un par de notas; a partir de ese momento, y de aquí en adelante, una manzana y muchas manzanas podían llamarse igual, siempre y cuando alguien señalara la cantidad. Lo mismo aplicaba para el resto de cosas. Levantó la cabeza del papel, sonrió y, sorprendentemente, aquella decisión le pareció razonable.
A partir de ahora sólo habría singulares.
Entonces Bai cayó en cuenta de que, incluso así, había palabras tan complicadas que parecían inventadas por un comité de trabalenguas con demasiado tiempo libre. Así que nada de enseñarle cosas como «Cuchillo de cocina que a veces puede usarse de arma». Mejor algo simple, algo que no provocara accidentes ni asustara demasiado a Han.
—Ruguasku —y le entregó el lápiz con el que había escrito. Se lo señaló y volvió a repetir la palabra.
Bai abrió la boca para intentar explicarle que «ruwasku» contenía la raíz de utensilio, pero la cerró de golpe antes de que las palabras escaparan. Si el plural ya había sido un misterio, aquello era directamente un acertijo.
Entonces se llevó la mano izquierda al mentón, entrecerró los ojos y frunció el ceño como si esa combinación de gestos mágicamente hiciera que su cerebro funcionara mejor. Debía haber alguna otra palabra simple que se pareciera a los sonidos que hacían ellos. Nada cambió. Y, por un instante, Bai tuvo la sospecha de que enseñar cualquier concepto a Han era equivalente a intentar explicarle la física a un cactus.
Y no porque él no pudiera entenderlo —cosa que el cactus no podía hacer—, sino porque la barrera lingüística era tan grande que no sabía cómo hacerle entender.
—¡Claro! —exclamó—. Le arrebató el lápiz y buscó una página en blanco donde dibujar.
Y dibujó. Dibujó una cosa entre deforme y fea que se suponía que era un gato.
—Miáo, miáo —hizo el ruido que se suponía que hacían los gatos—. Dong. Miáo, miáo.
Por un momento, pronunciar el nombre del difunto no se le hizo doloroso.
—Dong, aílouros.
Luego miró la manzana.
Después volvió a mirarlo a él.
Entonces, en unos escasos segundos consideró varias opciones: corregirlo, reírse, llorar o replantearse por completo el concepto mismo de plural.
Y, al final, se decidió por reír. Pero no con esa risa suave que solía tener, sino a todo pulmón cuando Han, triunfante, levantó la manzana y la pronunció en su idioma.
—Ám'blokə —respondió entre lágrimas por la risa exagerada—. Sí —añadió, al tiempo que hacía un gesto con la cabeza para afirmar que lo había hecho bien.
Pero su risa no terminaría ahí. Pues Bai, hipando carcajadas, tardó unos segundos más en recomponerse y serenarse. El tiempo justo como para secarse las lágrimas con el dorso de la mano y decidirse a respirar hondo, intentando cortar la risa de una vez por todas.
—Bien —murmuró al final, aún con la voz temblorosa y contenida—. Acabo de aprender algo importante.
Abrió la libreta y empezó a escribir un par de notas; a partir de ese momento, y de aquí en adelante, una manzana y muchas manzanas podían llamarse igual, siempre y cuando alguien señalara la cantidad. Lo mismo aplicaba para el resto de cosas. Levantó la cabeza del papel, sonrió y, sorprendentemente, aquella decisión le pareció razonable.
A partir de ahora sólo habría singulares.
Entonces Bai cayó en cuenta de que, incluso así, había palabras tan complicadas que parecían inventadas por un comité de trabalenguas con demasiado tiempo libre. Así que nada de enseñarle cosas como «Cuchillo de cocina que a veces puede usarse de arma». Mejor algo simple, algo que no provocara accidentes ni asustara demasiado a Han.
—Ruguasku —y le entregó el lápiz con el que había escrito. Se lo señaló y volvió a repetir la palabra.
Bai abrió la boca para intentar explicarle que «ruwasku» contenía la raíz de utensilio, pero la cerró de golpe antes de que las palabras escaparan. Si el plural ya había sido un misterio, aquello era directamente un acertijo.
Entonces se llevó la mano izquierda al mentón, entrecerró los ojos y frunció el ceño como si esa combinación de gestos mágicamente hiciera que su cerebro funcionara mejor. Debía haber alguna otra palabra simple que se pareciera a los sonidos que hacían ellos. Nada cambió. Y, por un instante, Bai tuvo la sospecha de que enseñar cualquier concepto a Han era equivalente a intentar explicarle la física a un cactus.
Y no porque él no pudiera entenderlo —cosa que el cactus no podía hacer—, sino porque la barrera lingüística era tan grande que no sabía cómo hacerle entender.
—¡Claro! —exclamó—. Le arrebató el lápiz y buscó una página en blanco donde dibujar.
Y dibujó. Dibujó una cosa entre deforme y fea que se suponía que era un gato.
—Miáo, miáo —hizo el ruido que se suponía que hacían los gatos—. Dong. Miáo, miáo.
Por un momento, pronunciar el nombre del difunto no se le hizo doloroso.
—Dong, aílouros.
