06-01-2026, 05:20 PM
Sus antebrazos protegían el rostro y el pecho, pero el abdomen —pese a estar endurecido por la disciplina— quedó expuesto con gran vulnerabilidad. Fue un error de manual, una brecha tan grande y apetecible que era obvio que Mahou la iba a aprovechar. Y lo hizo bien. Pues el grito de la adolescente, junto con aquel movimiento repentino, fracturó la concentración de Bai justo antes del impacto y permitiéndole acertar de lleno en ella.
Así que, para cuando golpe del martillo se amoldó a su carne, no hubo solo dolor; fue una intrusión masiva de energía. El impacto se hundió en el centro de su estómago, comprimiendo el diafragma y provocando un vacío absoluto que pronto reberberó en sus entrañas. Esto, la obligó a dar un paso atrás al tiempo que el aire de sus pulmones salía expulsado con una mezcla de saliva. Sus brazos se abrieron, el pecho quedó totalmente a merced, y el centro de gravedad se movió como si estuviera loco.
De nuevo sus pies retrocedieron por puro instinto de supervivencia pero, esta vez, actuó como lo hubiera hecho un lobo enjaulado: atacando.
Sí, el dolor físico era una distracción bendita para el desgarro de su alma; una flagelación que buscaba con ansia. Quizás, por ese motivo, su mente masoquista actuó más rápido de lo que cualquiera pudiera contemplar y, aplicando el principio de "pegarse al agresor", Bai no permitió que la distancia creciera.
Aprovechando que aún sentía la resistencia del martillo en su abdomen, ya que, al parecer, el traspie había creado una pequeña distancia entre su cuerpo y él y, el martillo, con voluntad propia, había decidido seguirla, Bai utilizó esa misma distancia para abalanzarse sobre él y Mahou. Su mano izquierda se cerró como una garra sobre el mango del arma, bloqueando la retirada, mientras su derecha volaba hacia la rodilla derecha de la adolescente.
—O bajas o te bajo —masculló en su idioma agarrando con fuerza el martillo al tiempo que sus nudillos golpeaban el hueso.
Mientras tanto, sus dedos cerrarodos sobre el mango del martillo con una fuerza que hizo que sus propios tendones saltaran. A continuación, su pie izquierdo dio un paso atrás, tanteando el terreno, y el roce frío del metal contra su bota le envió un mensaje eléctrico al cerebro. Bajó la mirada una fracción de segundo: su espada. ¿En qué momento la había soltado? Seguramente la había dejado allí, esperando entre el musgo, durante la lección primera sobre los golpes.
La cosa se ponía interesante. Y, el dolor en su abdomen, lejos de frenarla, actuaba como un comburente.
Quería más.
Sus alas parecieron entender ese cambio de humor tan repentino y se desplegaron como un crujido de plumas. Parecía el movimiento de un pavo real, un gesto que, en el fondo, buscaba hacerla parecer más grande, más letal y más imparable ante su presa.
Tras ello, soltó el martillo empujándolo contra Mahou y aprovechó para agacharse a fin de recoger su espada.
Así que, para cuando golpe del martillo se amoldó a su carne, no hubo solo dolor; fue una intrusión masiva de energía. El impacto se hundió en el centro de su estómago, comprimiendo el diafragma y provocando un vacío absoluto que pronto reberberó en sus entrañas. Esto, la obligó a dar un paso atrás al tiempo que el aire de sus pulmones salía expulsado con una mezcla de saliva. Sus brazos se abrieron, el pecho quedó totalmente a merced, y el centro de gravedad se movió como si estuviera loco.
De nuevo sus pies retrocedieron por puro instinto de supervivencia pero, esta vez, actuó como lo hubiera hecho un lobo enjaulado: atacando.
Sí, el dolor físico era una distracción bendita para el desgarro de su alma; una flagelación que buscaba con ansia. Quizás, por ese motivo, su mente masoquista actuó más rápido de lo que cualquiera pudiera contemplar y, aplicando el principio de "pegarse al agresor", Bai no permitió que la distancia creciera.
Aprovechando que aún sentía la resistencia del martillo en su abdomen, ya que, al parecer, el traspie había creado una pequeña distancia entre su cuerpo y él y, el martillo, con voluntad propia, había decidido seguirla, Bai utilizó esa misma distancia para abalanzarse sobre él y Mahou. Su mano izquierda se cerró como una garra sobre el mango del arma, bloqueando la retirada, mientras su derecha volaba hacia la rodilla derecha de la adolescente.
—O bajas o te bajo —masculló en su idioma agarrando con fuerza el martillo al tiempo que sus nudillos golpeaban el hueso.
Mientras tanto, sus dedos cerrarodos sobre el mango del martillo con una fuerza que hizo que sus propios tendones saltaran. A continuación, su pie izquierdo dio un paso atrás, tanteando el terreno, y el roce frío del metal contra su bota le envió un mensaje eléctrico al cerebro. Bajó la mirada una fracción de segundo: su espada. ¿En qué momento la había soltado? Seguramente la había dejado allí, esperando entre el musgo, durante la lección primera sobre los golpes.
La cosa se ponía interesante. Y, el dolor en su abdomen, lejos de frenarla, actuaba como un comburente.
Quería más.
Sus alas parecieron entender ese cambio de humor tan repentino y se desplegaron como un crujido de plumas. Parecía el movimiento de un pavo real, un gesto que, en el fondo, buscaba hacerla parecer más grande, más letal y más imparable ante su presa.
Tras ello, soltó el martillo empujándolo contra Mahou y aprovechó para agacharse a fin de recoger su espada.
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