06-01-2026, 10:21 PM
Día 83 de Invierno, año 16. Samba.
El sol caía de forma lenta y perezosa en Samba, estirando hasta el extremo sus últimos minutos de luz. Con su desaparición llegaba el final del día y el inicio de la noche. Una etapa distinta. Una vida completamente aparte. El telón se levantaba al esconderse el astro dorado y revelar con su ausencia a las estrellas, que, sin su luz que las opaque, podían brillar libres en un cielo despejado. La luna se elevó orgullosa para ocupar su lugar junto a ellas. Una luna incompleta, pero creciente. El círculo que la conformaba estaba cercano a la perfección. En un día o dos, cuanto mucho, el pueblo sería testigo de una luna llena plena y las leyendas volverían a susurrarse cuando un aullido lejano llenase sus corazones de pavor.
Un chispazo a ras del suelo encendió las alarmas.
A medida que la gente extranjera se internaba en Samba y se empapaba de su cultura, esta entendía, tarde o temprano, las implicaciones de su río. La división que causaba más allá de su influencia geográfica. La diferencia social.
Mientras más cerca veías el río, más oscuras eran las calles, más intensas las miradas, más largos los dedos y más profundos los bolsillos. Te miraban por encima del hombro, de reojo, y susurraban sobre ti. La sensación de que alguien te observaba, te perseguía o apuntaba hacia ti era permanente. Un lugar ideal para potenciar paranoias, perder dinero y ganarse alguna que otra cicatriz. Los barrios más pobres, inseguros y peligrosos bordeaban el río.
Y el chispazo venía de lo único que siempre debes evitar en lugares así: una ronda.
Se trataba de un grupo numeroso. Quince, quizá veinte personas agolpadas formando un anillo de tres metros de radio. La mayoría vestía de forma decente, pero su ropa, gastada y descolorida, no les favorecía. Los gruesos abrigos estaban hasta arriba de parches, remiendos y ajustes para perdurar generación a generación. El calzado estaba marcado, roto en algunos puntos y despegado en otro, dejando a la vista más de una media y más de un pulgar que las atravesaba.
—¡Vamos, dale! ¡Un toque más y lo tienes!
Un pequeño alboroto se escuchaba de dentro. Llamaba la atención, como lo haría siempre un grupo grande de personas reunidas entorno a un punto mientras gritaban, vitoreaban y agitaban el puño apretando billetes.
—¡Te puse todo mi aguinaldo encima! ¡No me dejes seco, picante!
El sonido del metal chocando acompañaba los vitores, pues dentro de la ronda había dos hombres, en sus manos llevaban cuchillos, y estaban peleando.
Uno, el más grandote de los dos hombres, descargó un tajo hacia abajo que el otro apenas logró bloquear con su navaja y desviarlo a un costado. Chispas volaron. El hombre más corpulento blandía dos gruesas cuchillas de cocina con la hoja modificada. En ella se podía ver un diseño grabado y varias piedras incrustadas, mismas que, presumiblemente, causaban el saltar de las chispas cuando chocaban contra otro acero.
—¡Estás acabado! —exclamó el grandullón mientras su rival, mucho más delgado, se hacía a un lado justo a tiempo para evitar un envite que terminó chocando contra el suelo y reventando una baldosa de piedra.
El pobre larguirucho cayó sentado y con los pies se empujó hacia atrás. Tenía terror en los ojos.
—¡Está bien, está bien! Me rindo… ¡Me rindo! ¡Por favor, sólo déjenme ir! —chilló mientras sacaba todo lo que tenía en los bolsillos y lo dejaba caer al suelo. También descartó la daga—. ¡Ayuuuudaaaa!
—Tch, cobarde.
Después de chasquear la lengua, mirando con desdén como su rival se alejaba, el grandote de poblada barba y ropa de leñador se acuclilló y levantó los pocos billetes que el larguirucho tenía en los bolsillos.
—¡¿No hay nadie aquí que aguante unos golpes contra mi, el gran Mako?! ¿En serio? ¡La apuesta está en diez mil berries! Aguanten tres embates y se llevarán el dinero —anunció, tratando de envalentonar al público, pero la mayoría se había amedrentado después de la colosal derrota que acababa de sufrir el muchacho.
Mako se incorporó y su mirada se topó con algo que llamó su atención. Algo brillante y dorado.
—Eh, tú —llamó Mako a un joven pirata que tuvo la mala suerte de pasarse por allí cerca. ¿O acaso estaba observando el espectáculo?—. Tienes un bonito arma allí. ¿Sabes usarla? —El tono de su pregunta lo ponía en duda—. ¿Por qué no vienes a demostrar lo que vales, chico? Propíname un golpe y te llevarás el jugoso premio que estoy seguro me oíste mencionar.
Off
NPC

![[Imagen: 0qE70kg.jpeg]](https://i.imgur.com/0qE70kg.jpeg)