07-01-2026, 05:07 PM
Owen bebe el resto de la cantimplora con la desesperación de alguien que acaba de cruzar un desierto. El agua baja por su garganta en tragos largos y ruidosos, su cuerpo absorbiendo cada gota como si fuera el combustible más preciado del mundo. Cuando finalmente termina, la cantimplora está completamente vacía. La mira por un momento, girándola en sus manos, considerando. Luego, sin ceremonia, la mete en uno de los pliegues rasgados de su chaqueta roja destrozada. No la devuelve. Cassidy no la compartió cuando él la necesitaba. Ahora es suya si él así quiere. Los bentos están en perfecto estado. Owen devora tres de ellos con una voracidad que habría sido cómica en otras circunstancias. Arroz perfectamente preparado, pescado que probablemente costó más que una comida familiar completa, vegetales que parecen haber sido cortados por un chef profesional. No saborea nada. Simplemente come, llenando el vacío desesperado que ha estado creciendo en su estómago durante las últimas seis horas. Butch come dos, más lentamente, todavía procesando todo lo que acaba de pasar. Cassidy permanece inconsciente en el suelo, su respiración constante pero su cuerpo completamente inmóvil. Cuando Owen finalmente se pone de pie, cargando a Cassidy de nuevo en su espalda y arrastrando el Deinonychus muerto con su mano derecha, el grupo comienza el viaje de regreso.
La diferencia es inmediata. El agua y la comida han revitalizado al pelirrojo de una forma casi milagrosa. Sus pasos son más firmes. Su respiración más controlada. El dolor de cabeza pulsante ha desaparecido por completo. No está en perfectas condiciones, ni cerca, pero ya no está al borde del colapso. Butch camina a su lado en silencio. Hay felicidad en su expresión, orgullo evidente en la forma en que ocasionalmente mira hacia atrás para asegurarse de que el Deinonychus todavía está siendo arrastrado, su trofeo personal que probará a su familia que logró lo que su padre no pudo. Pero está cansado. Exhausto. Las últimas seis horas han sido las más intensas de su vida privilegiada. No habla. Simplemente camina, su rifle colgando de su hombro, sus ojos ocasionalmente desviándose hacia Cassidy para asegurarse de que todavía respira. El regreso es sorprendentemente tranquilo. La jungla parece haber decidido dejarlos en paz, como si reconociera que ya han sufrido suficiente por un día. Ningún dinosaurio emerge de la vegetación. Ningún depredador los acecha. Solo el sonido constante de insectos, el graznido ocasional de las aves volando sobre el dosel, y el arrastrar del Deinonychus dejando un surco profundo en la tierra detrás de Owen. Es durante esta marcha tranquila cuando Owen finalmente saca el papel sellado de su bolsillo. El sello de cera roja ya está roto desde que lo abrió antes, y ahora, con más claridad mental, realmente puede procesar lo que está viendo. Su poster de “Wanted”. Doblado cuidadosamente. Cuarenta millones de Berries. Su cara mirándolo desde el papel con esa expresión risueña que tenía cuando la foto fue tomada. Y escrita en el reverso, en una caligrafía cuidadosa y deliberada:
Owen se detiene. Solo por un segundo. Su mandíbula se tensa. Sus ojos escanean las palabras una, dos, tres veces. James sabía. Desde el principio. Todo el cuento del guardián de la zona norte que Owen construyó tan cuidadosamente, James nunca se lo creyó. Pero necesitaba a alguien que cuidara de Cassidy y Butch, y Owen, con su recompensa de cuarenta millones, claramente era suficientemente competente para mantenerlos vivos. El número del Den Den Mushi está escrito debajo de la nota. Owen saca su caracol comunicador de su hombro, donde ha estado descansando como un loro pirata, y marca el número con dedos que ya no tiemblan tanto como antes. El caracol suena una vez. Dos veces. Luego se conecta. La voz de James emerge del caracol, reconocible inmediatamente por ese tono educado pero tenso que había usado toda la mañana – “Espero que no estés demasiado enojado por... bueno, por mi descaro.” – contesta James sin tan siquiera saludar – “Necesitaba asegurarme de que tomarías el trabajo en serio. Y necesitaba... un seguro. Por si acaso.” – Hay ruido de fondo. El sonido de olas rompiendo contra arena. James está en la playa. Ya llegó – “Pero escucha, completaste el trabajo. Mejor de lo que esperaba, honestamente. ¿Qué cómo lo sé? Mi trabajo es saber cosas, Oh-Gwen” – James pronuncia el nombre del pelirrojo de forma extraña y con un tono de voz misterioso. Cuando habla de nuevo, su tono es más formal, más profesional – “Con que los traigas de vuelta a la costa, al punto de partida donde nos encontramos esta mañana, es suficiente. El trabajo está completo. Te pagaré los ciento veinte mil Berries completos como prometí. Estoy aquí esperándolos con el maletín.” – Otra pausa. El sonido de olas se hace más fuerte, como si James estuviera caminando más cerca del agua – “Y... respecto a la información en ese papel. Quédate tranquilo. No voy a compartirla con nadie. No es mi estilo. Solo era para asegurarme de que entendías que esto era serio. Que había consecuencias si algo salía mal.” – Su voz se suaviza ligeramente. El caracol se ajusta ligeramente, el sonido cambiando como si James lo hubiera movido a otra posición – “¿Cuánto les falta para llegar? Los veo desde aquí en unos minutos o...?” – La pregunta queda colgando en el aire. Butch ha continuado caminando, ajeno a la conversación, sus ojos fijos en el horizonte donde la vegetación eventualmente se aclarará y darán paso a la playa. Cassidy sigue inconsciente en la espalda de Owen, su respiración constante contra su cuello. El Deinonychus deja su rastro de sangre seca y tierra removida detrás de ellos. El sol está comenzando su descenso hacia el oeste, la luz cambiando de ese dorado intenso de media tarde a algo ligeramente más suave. Todavía quedan horas antes del anochecer, pero el día claramente está llegando a su fin. Siete horas y media desde que comenzó todo. Dentro del tiempo prometido. Técnicamente un éxito. James espera una respuesta desde el Den Den Mushi, su presencia en la playa confirmada, el maletín de dinero presumiblemente a sus pies, listo para cumplir su parte del trato con el guardián de la escoria social que nunca fue realmente un guardián.
La diferencia es inmediata. El agua y la comida han revitalizado al pelirrojo de una forma casi milagrosa. Sus pasos son más firmes. Su respiración más controlada. El dolor de cabeza pulsante ha desaparecido por completo. No está en perfectas condiciones, ni cerca, pero ya no está al borde del colapso. Butch camina a su lado en silencio. Hay felicidad en su expresión, orgullo evidente en la forma en que ocasionalmente mira hacia atrás para asegurarse de que el Deinonychus todavía está siendo arrastrado, su trofeo personal que probará a su familia que logró lo que su padre no pudo. Pero está cansado. Exhausto. Las últimas seis horas han sido las más intensas de su vida privilegiada. No habla. Simplemente camina, su rifle colgando de su hombro, sus ojos ocasionalmente desviándose hacia Cassidy para asegurarse de que todavía respira. El regreso es sorprendentemente tranquilo. La jungla parece haber decidido dejarlos en paz, como si reconociera que ya han sufrido suficiente por un día. Ningún dinosaurio emerge de la vegetación. Ningún depredador los acecha. Solo el sonido constante de insectos, el graznido ocasional de las aves volando sobre el dosel, y el arrastrar del Deinonychus dejando un surco profundo en la tierra detrás de Owen. Es durante esta marcha tranquila cuando Owen finalmente saca el papel sellado de su bolsillo. El sello de cera roja ya está roto desde que lo abrió antes, y ahora, con más claridad mental, realmente puede procesar lo que está viendo. Su poster de “Wanted”. Doblado cuidadosamente. Cuarenta millones de Berries. Su cara mirándolo desde el papel con esa expresión risueña que tenía cuando la foto fue tomada. Y escrita en el reverso, en una caligrafía cuidadosa y deliberada:
Cita:"Owen Yang. Isla Tamanegi. Hijo bastardo de Wickson. Marca de reincidente en la espalda. Sé quién eres. Sé de dónde vienes. Sé lo que hiciste."
Owen se detiene. Solo por un segundo. Su mandíbula se tensa. Sus ojos escanean las palabras una, dos, tres veces. James sabía. Desde el principio. Todo el cuento del guardián de la zona norte que Owen construyó tan cuidadosamente, James nunca se lo creyó. Pero necesitaba a alguien que cuidara de Cassidy y Butch, y Owen, con su recompensa de cuarenta millones, claramente era suficientemente competente para mantenerlos vivos. El número del Den Den Mushi está escrito debajo de la nota. Owen saca su caracol comunicador de su hombro, donde ha estado descansando como un loro pirata, y marca el número con dedos que ya no tiemblan tanto como antes. El caracol suena una vez. Dos veces. Luego se conecta. La voz de James emerge del caracol, reconocible inmediatamente por ese tono educado pero tenso que había usado toda la mañana – “Espero que no estés demasiado enojado por... bueno, por mi descaro.” – contesta James sin tan siquiera saludar – “Necesitaba asegurarme de que tomarías el trabajo en serio. Y necesitaba... un seguro. Por si acaso.” – Hay ruido de fondo. El sonido de olas rompiendo contra arena. James está en la playa. Ya llegó – “Pero escucha, completaste el trabajo. Mejor de lo que esperaba, honestamente. ¿Qué cómo lo sé? Mi trabajo es saber cosas, Oh-Gwen” – James pronuncia el nombre del pelirrojo de forma extraña y con un tono de voz misterioso. Cuando habla de nuevo, su tono es más formal, más profesional – “Con que los traigas de vuelta a la costa, al punto de partida donde nos encontramos esta mañana, es suficiente. El trabajo está completo. Te pagaré los ciento veinte mil Berries completos como prometí. Estoy aquí esperándolos con el maletín.” – Otra pausa. El sonido de olas se hace más fuerte, como si James estuviera caminando más cerca del agua – “Y... respecto a la información en ese papel. Quédate tranquilo. No voy a compartirla con nadie. No es mi estilo. Solo era para asegurarme de que entendías que esto era serio. Que había consecuencias si algo salía mal.” – Su voz se suaviza ligeramente. El caracol se ajusta ligeramente, el sonido cambiando como si James lo hubiera movido a otra posición – “¿Cuánto les falta para llegar? Los veo desde aquí en unos minutos o...?” – La pregunta queda colgando en el aire. Butch ha continuado caminando, ajeno a la conversación, sus ojos fijos en el horizonte donde la vegetación eventualmente se aclarará y darán paso a la playa. Cassidy sigue inconsciente en la espalda de Owen, su respiración constante contra su cuello. El Deinonychus deja su rastro de sangre seca y tierra removida detrás de ellos. El sol está comenzando su descenso hacia el oeste, la luz cambiando de ese dorado intenso de media tarde a algo ligeramente más suave. Todavía quedan horas antes del anochecer, pero el día claramente está llegando a su fin. Siete horas y media desde que comenzó todo. Dentro del tiempo prometido. Técnicamente un éxito. James espera una respuesta desde el Den Den Mushi, su presencia en la playa confirmada, el maletín de dinero presumiblemente a sus pies, listo para cumplir su parte del trato con el guardián de la escoria social que nunca fue realmente un guardián.
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