07-01-2026, 06:26 PM
El jefe de los mercenarios observa con atención cada gesto, cada cambio mínimo en la postura del revolucionario, y cuando ve cómo la katana cae al suelo entiende el movimiento de la peor manera posible. Durante una fracción de segundo, una sonrisa torcida cruza su rostro, convencido de que la voluntad del otro ha flaqueado, de que la amenaza del rehén ha surtido efecto. Ese instante de confianza es suficiente para que su guardia se relaje apenas, para que el peso de su atención se centre más en el arma abandonada que en el cuerpo frente a él.
El brillo repentino del tanto cruzando el aire lo saca de ese pensamiento de golpe. Reacciona por puro instinto, girando el torso y levantando el brazo protegido por la armadura para bloquear el proyectil, concentrado en absorber el impacto y mantener el control de la situación. El metal choca contra la protección con un sonido seco, contundente, y en ese mismo segundo el mercenario pierde la noción exacta de las distancias, convencido de que ha neutralizado el mayor peligro.
No llega a percibir el movimiento siguiente hasta que el dolor le estalla en el brazo.
El golpe directo contra la articulación que sujeta al rehén rompe su equilibrio y su control al mismo tiempo, obligándolo a aflojar la presa. El prisionero cae hacia un lado, liberado de repente, y durante un instante queda suspendido entre el miedo y la sorpresa antes de echar a correr sin mirar atrás, internándose en la oscuridad con una desesperación animal, impulsado únicamente por el instinto de supervivencia.
El mercenario gruñe, retrocede un paso para recuperar la estabilidad y, aun sintiendo cómo el brazo le arde, no deja escapar la oportunidad que se abre ante él. Su expresión cambia, la burla desaparece por completo y es sustituida por una concentración feroz. Tensa los músculos de todo su cuerpo de forma visible, como si cada fibra se preparara para un único propósito, y el aire a su alrededor parece comprimirse en torno a su figura.
-Motto Chikara O- escupe entre dientes.
El puñetazo llega como un ariete, cargado con una fuerza brutal que no corresponde a un golpe común. No es una sucesión de ataques, sino un único impacto diseñado para expulsar al enemigo del espacio, para imponer distancia y recuperar el control perdido. El golpe corta el aire con violencia y estalla contra su objetivo con una potencia desmedida, levantando polvo y hojas secas del suelo, empujando hacia atrás con la clara intención de romper el ritmo del combate y obligar al revolucionario a retroceder.
Cuando el eco del impacto se disipa, el mercenario se endereza lentamente, respirando hondo, con los pies bien plantados en el suelo y la mirada fija al frente. El rehén ya no está, el control se ha perdido, pero el enfrentamiento no ha terminado; al contrario, acaba de entrar en una fase mucho más peligrosa, donde ya no hay escudos humanos ni amenazas veladas, solo fuerza bruta, técnica y la certeza de que ninguno de los dos piensa dar un solo paso atrás.
El brillo repentino del tanto cruzando el aire lo saca de ese pensamiento de golpe. Reacciona por puro instinto, girando el torso y levantando el brazo protegido por la armadura para bloquear el proyectil, concentrado en absorber el impacto y mantener el control de la situación. El metal choca contra la protección con un sonido seco, contundente, y en ese mismo segundo el mercenario pierde la noción exacta de las distancias, convencido de que ha neutralizado el mayor peligro.
No llega a percibir el movimiento siguiente hasta que el dolor le estalla en el brazo.
El golpe directo contra la articulación que sujeta al rehén rompe su equilibrio y su control al mismo tiempo, obligándolo a aflojar la presa. El prisionero cae hacia un lado, liberado de repente, y durante un instante queda suspendido entre el miedo y la sorpresa antes de echar a correr sin mirar atrás, internándose en la oscuridad con una desesperación animal, impulsado únicamente por el instinto de supervivencia.
El mercenario gruñe, retrocede un paso para recuperar la estabilidad y, aun sintiendo cómo el brazo le arde, no deja escapar la oportunidad que se abre ante él. Su expresión cambia, la burla desaparece por completo y es sustituida por una concentración feroz. Tensa los músculos de todo su cuerpo de forma visible, como si cada fibra se preparara para un único propósito, y el aire a su alrededor parece comprimirse en torno a su figura.
-Motto Chikara O- escupe entre dientes.
El puñetazo llega como un ariete, cargado con una fuerza brutal que no corresponde a un golpe común. No es una sucesión de ataques, sino un único impacto diseñado para expulsar al enemigo del espacio, para imponer distancia y recuperar el control perdido. El golpe corta el aire con violencia y estalla contra su objetivo con una potencia desmedida, levantando polvo y hojas secas del suelo, empujando hacia atrás con la clara intención de romper el ritmo del combate y obligar al revolucionario a retroceder.
Cuando el eco del impacto se disipa, el mercenario se endereza lentamente, respirando hondo, con los pies bien plantados en el suelo y la mirada fija al frente. El rehén ya no está, el control se ha perdido, pero el enfrentamiento no ha terminado; al contrario, acaba de entrar en una fase mucho más peligrosa, donde ya no hay escudos humanos ni amenazas veladas, solo fuerza bruta, técnica y la certeza de que ninguno de los dos piensa dar un solo paso atrás.
Offrol
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
