08-01-2026, 11:50 AM
Bai observó a Han y su expresión de haber visto un fantasma; un fantasma muy, muy confuso, de esos que han estado vagando por los corredores del tiempo durante siglos sin saber que están muertos y preguntándose porqué nadie quiere hablar con ellos. Quizás el dibujo era demasiado potente para él, demasiado anatómicamente realista...
Sólo podía ser eso. No cabía espacio a la duda. Ni siquiera a la posibilidad de que aquel accidente geográfico que ella había plasmado con el carboncillo fuera tan abstruso que él, Han, lo tuviera que redibujar.
Pero lo hizo. Descifró la intrincada maraña de líneas de Bai con ayuda de las onomatopeyas y, al final, lo volvió a dibujar.
Y eso, para Bai, fue un momento de revelación. Un destello. Una nueva técnica de estudio tan revolucionaria que, si hubiera sido descubierta en su cultura, probablemente ya habría sido implementada por pedagogos visionarios y, al menos, habría causado una discusión de taberna. Era una técnica en la que él aprendía, no escribiendo mil veces lo mismo, sino dibujándolo.
Era eso o que no sabía escribir.
Y ahora que lo pensaba...
Quizás por eso no había querido saber nada de los símbolos artísticos que usaba por letras en su idioma natal, que eran, dicho sea de paso, tan elegantes y complejos como las instrucciones de montaje de un mueble sueco, pero infinitamente más útiles.
Ahora, todo, absolutamente todo, tenía sentido.
Asintió con la cabeza para sí misma, dándose la razón —un hábito, hay que decirlo, extrañamente común entre las personas que están a punto de equivocarse espectacularmente— y, a continuación, Bai volvió a observarlo para descubrir que el muchacho estaba señalando el papel con una intensidad que rozaba lo espasmódico, repitiendo una y otra vez: "Gato, gato, gato". Como si el simple acto de nombrar al felino una y otra vez pudiera, por pura fuerza de voluntad, hacer que ella le entendiera.
Y lo logró. Al menos como se logran las cosas a medias: mal.
Ahora lo entendía. Gato debía ser «esto», de ahí el ahínco por señalárselo con una intensidad que sugería que, si no lo hacía, el cosmos dejaría de existir. Seguro que le estaba diciendo: —Aílouros es esto, esto, esto, esto... Solo que omitiendo la palabra aílouros y sustituyéndola por un dedo apuntando frenéticamente.
Así que, para que el muchacho no sufriera un pequeño cortocircuito mental por el esfuerzo de repetir tantas veces la palabra —un proceso que Bai imaginaba como el chirrido de dos engranajes oxidados intentando fabricar seda—, y también para demostrar que ella podía dominar los extraños ruidos guturales de otras culturas con la misma facilidad con la que un huracán domina una tienda de campaña, infló el pecho, extendió sus alitas y soltó con un acento digno de un sordo que además tiene prisa:
—Ja-tó. Miáo, miáo.
Estaba convencida: lo había clavado. Era bilingüe. Prácticamente una erudita de las que aparecen en las enciclopedias bajo la entrada de «Personas que saben cosas».
—Miáo, miáo. Aílouros. Aí-lou-ros. Dong, miáo, miáo. Dong aílouros. Ja-tó, aílouros.
Tras ello, y por si aquello no fuera suficiente, lo imitó señalando al mamífero peludo.
—Aílouros, aílouros, aílouros.
Después, satisfecha por lo logrado, se quedó esperando a que Han lo asimilara haciendo de nuevo un dibujo. Entonces cayó en cuenta que, quizás, sería más práctico que le entregara la hoja.
—Ruguasku, por favor — dijo, señalándole el lápiz.
Lo tomó de entre sus manos para usarlo como regla y, con toda la precisión que sus manos de médico le permitieron, separó la página para dársela a Han y que él pudiera usarla como apuntes. Al fin y al cabo, si el estaba dibujando, le sería más útil a él.
Y, para que se le grabara la palabra lápiz a fuego, le hizo un gesto exagerado de escribir, moviendo la mano en el aire, y repitiendo Ruguasku cada vez más alto y más despacio, porque, es por todos bien sabido que, si alguien no te entiende, la solución universal es gritarle con mucha confianza.
Sólo podía ser eso. No cabía espacio a la duda. Ni siquiera a la posibilidad de que aquel accidente geográfico que ella había plasmado con el carboncillo fuera tan abstruso que él, Han, lo tuviera que redibujar.
Pero lo hizo. Descifró la intrincada maraña de líneas de Bai con ayuda de las onomatopeyas y, al final, lo volvió a dibujar.
Y eso, para Bai, fue un momento de revelación. Un destello. Una nueva técnica de estudio tan revolucionaria que, si hubiera sido descubierta en su cultura, probablemente ya habría sido implementada por pedagogos visionarios y, al menos, habría causado una discusión de taberna. Era una técnica en la que él aprendía, no escribiendo mil veces lo mismo, sino dibujándolo.
Era eso o que no sabía escribir.
Y ahora que lo pensaba...
Quizás por eso no había querido saber nada de los símbolos artísticos que usaba por letras en su idioma natal, que eran, dicho sea de paso, tan elegantes y complejos como las instrucciones de montaje de un mueble sueco, pero infinitamente más útiles.
Ahora, todo, absolutamente todo, tenía sentido.
Asintió con la cabeza para sí misma, dándose la razón —un hábito, hay que decirlo, extrañamente común entre las personas que están a punto de equivocarse espectacularmente— y, a continuación, Bai volvió a observarlo para descubrir que el muchacho estaba señalando el papel con una intensidad que rozaba lo espasmódico, repitiendo una y otra vez: "Gato, gato, gato". Como si el simple acto de nombrar al felino una y otra vez pudiera, por pura fuerza de voluntad, hacer que ella le entendiera.
Y lo logró. Al menos como se logran las cosas a medias: mal.
Ahora lo entendía. Gato debía ser «esto», de ahí el ahínco por señalárselo con una intensidad que sugería que, si no lo hacía, el cosmos dejaría de existir. Seguro que le estaba diciendo: —Aílouros es esto, esto, esto, esto... Solo que omitiendo la palabra aílouros y sustituyéndola por un dedo apuntando frenéticamente.
Así que, para que el muchacho no sufriera un pequeño cortocircuito mental por el esfuerzo de repetir tantas veces la palabra —un proceso que Bai imaginaba como el chirrido de dos engranajes oxidados intentando fabricar seda—, y también para demostrar que ella podía dominar los extraños ruidos guturales de otras culturas con la misma facilidad con la que un huracán domina una tienda de campaña, infló el pecho, extendió sus alitas y soltó con un acento digno de un sordo que además tiene prisa:
—Ja-tó. Miáo, miáo.
Estaba convencida: lo había clavado. Era bilingüe. Prácticamente una erudita de las que aparecen en las enciclopedias bajo la entrada de «Personas que saben cosas».
—Miáo, miáo. Aílouros. Aí-lou-ros. Dong, miáo, miáo. Dong aílouros. Ja-tó, aílouros.
Tras ello, y por si aquello no fuera suficiente, lo imitó señalando al mamífero peludo.
—Aílouros, aílouros, aílouros.
Después, satisfecha por lo logrado, se quedó esperando a que Han lo asimilara haciendo de nuevo un dibujo. Entonces cayó en cuenta que, quizás, sería más práctico que le entregara la hoja.
—Ruguasku, por favor — dijo, señalándole el lápiz.
Lo tomó de entre sus manos para usarlo como regla y, con toda la precisión que sus manos de médico le permitieron, separó la página para dársela a Han y que él pudiera usarla como apuntes. Al fin y al cabo, si el estaba dibujando, le sería más útil a él.
Y, para que se le grabara la palabra lápiz a fuego, le hizo un gesto exagerado de escribir, moviendo la mano en el aire, y repitiendo Ruguasku cada vez más alto y más despacio, porque, es por todos bien sabido que, si alguien no te entiende, la solución universal es gritarle con mucha confianza.
