08-01-2026, 12:42 PM
Observé la escena con una ceja alzada y los brazos cruzados, un poco reticente a que Han se acercase a lo loco a las plantas, sin saber bien qué efectos podía tener cada una. Me quedé apoyada sobre una raíz tan gruesa como una muralla para alguien de mi tamaño. Han casi correteaba entre árboles gigantes, emocionado por unas setas; era una imagen que rozaba lo surrealista incluso para Little Garden. Surrealista y divertida.
— Míralo… —murmuré para mí—. El único hombre capaz de entrar en una jungla prehistórica llena de depredadores colosales y emocionarse como si hubiese encontrado cromos raros.
Cuando lo vi agacharse y empezar a escarbar la tierra, di unos pasos hacia él con cautela, clavando la mirada en el champiñón que emergió del suelo. Era grande, sí. Demasiado grande. Y ese color… ese color gritaba “error evolutivo” pero a primera vista no parecía tóxico—. Ajá —dije, inclinando la cabeza—. Precioso. Carnoso. Sospechosamente perfecto.
Me acerqué un poco más, lo olfateé y fruncí el ceño—. Ten cuidado, no sea que encuentres una que acabe dándote visiones místicas o de matarte en tres horas. No hay término medio.
Cuando Han se giró hacia mí con esa sonrisa orgullosa, suspiré, llevándome una mano a la frente—. No digo que haya sido mala idea venir juntos —le concedí—. Digo que, si empiezo a hablar con los helechos o a ver dinosaurios que no existen… será culpa tuya y de tus setas felices.
Bromeé con las setas y los efectos que podían tener algunas. El rato que siguió fue casi… agradable. Extrañamente agradable. Ayudé señalando plantas que no parecían querer matarnos activamente, separando hojas con una ramita antes de tocarlas y vigilando cada rincón con atención paranoica, obsesiva. La jungla seguía siendo opresiva, húmeda, ruidosa, pero al menos estábamos haciendo algo más útil que simplemente esperar a ser devorados. Cuando encontramos la piedra de sal, la miré como si fuese un tesoro.
— Vale, esto sí es una victoria —admití—. Si morimos aquí, al menos moriremos bien sazonados, perfectos para los dinosaurios.
Pero entonces Han habló de la carne. Me quedé quieta. Demasiado quieta. Miré alrededor lentamente, analizando la espesura, las sombras entre los árboles, la ausencia inquietante de animales visibles. Mis labios se apretaron en una línea fina, atenta a su sugerencia. Cuando sugirió dividirse, giré la cabeza hacia él con una sonrisa ladeada que mezclaba determinación y una pizca de algo salvaje—. Separarnos es mala idea —empecé, parecía que nunca estaríamos de acuerdo en algo. Hice una pausa antes de continuar hablando— …pero es la mejor mala idea que tenemos. Si nos quedamos juntos, no se acercará nada. Si nos separamos, algo saldrá de la espesura. Y si sale… —mis ojos brillaron— …me aseguraré de que no vuelva a levantarse. Tú busca algo que no te coma primero. Yo me encargo de atraer lo suficientemente grande como para alimentar a todos.
Sonreí, mostrando los dientes. En otras palabras: yo cazaría más y mejor que él. ¿Por qué? Tan solo porque yo lo decía; por llevarle la contraria, por retarle—. Y no te preocupes. Si gritas muy fuerte, te oiré e iré a rescatarte, Dulcinea —como una salvadora de brillante armadura.
Y así la jungla se cerró detrás de mí, dejándome sola, como si la propia espesura supiera que esa era la mejor de las situaciones para ella. Apenas di unos pasos lejos del claro donde nos habíamos separado, el mundo cambió de textura. No era solo que la vegetación fuese más densa: era que todo parecía más antiguo, más pesado, como si cada hoja hubiera crecido sin prisa durante siglos y ahora se negara a apartarse para nadie. Los helechos, aquellos que Han había observado con admiración, se elevaban como abanicos gigantes, las lianas colgaban desde lo alto formando cortinas irregulares, y los troncos… los troncos eran absurdos. Columnas de madera viva, tan anchas que dudé de que siquiera diez hombres dándose la mano lograrían rodearlos. O eso creía desde mi perspectiva. El aire era espeso, húmedo, cargado de olores superpuestos. Tierra caliente, savia dulce, hojas podridas, algo animal, algo metálico.
— Odio esto —murmuré, avanzando con cuidado—. Lo odio profundamente —volví a quejarme.
Mis botas se hundían ligeramente en el suelo, que no era tierra firme sino una mezcla blanda de barro, raíces y restos orgánicos acumulados durante quién sabía cuántos siglos. Cada paso producía un sonido húmedo, un chof bajo que me ponía los nervios de punta. Aquí no existía el silencio verdadero: siempre había algo. Insectos zumbando con un tono grave, como motores lejanos. Chirridos agudos entre las copas. Un crujido ocasional que no pertenecía al viento.
La luz apenas llegaba. El sol existía, lo sabía, pero estaba filtrado por capas y capas de hojas enormes que dejaban pasar solo fragmentos irregulares, haces de luz oblicuos donde el polvo y el polen flotaban como motas doradas. Todo lo demás era sombra verde, marrón, negra. Sombras que se movían incluso cuando yo no lo hacía. Avancé despacio.
Un rugido resonó a lo lejos. No cercano, pero sí lo bastante profundo como para vibrarle en el estómago. Me detuve en seco, con una mano apoyada en el tronco de un árbol cubierto de musgo. El sonido no fue seguido de nada más, solo el eco perdiéndose entre la espesura, pero bastó para recordarme dónde estaba.
— Bien —susurré—. Dinosaurios. Genial. Exactamente lo que necesitaba hoy.
Seguí adelante. Cuanto más me adentraba, más notaba que el terreno cambiaba. La vegetación baja se volvía más escasa, aplastada por el paso de criaturas enormes. El suelo mostraba marcas profundas, surcos irregulares llenos de agua estancada. Huellas. Algunas tan grandes como cuatro yo. Me agaché junto a una de ellas, apoyando la mano en el borde—. Herbívoro —deduje por el estado de las plantas—. Pesado. Mucho peso. Y reciente.
El agua aún no estaba completamente turbia. Las hojas caídas flotaban, algunas mordidas. Eso significaba que la criatura no andaba lejos. Me incorporé con una sonrisa lenta, peligrosa. El bosque comenzó a abrirse ligeramente, dando paso a una zona más clara, una especie de claro natural donde los árboles estaban más separados y el suelo se cubría de plantas más bajas y resistentes.
Y entonces lo oí. Un sonido rítmico. Grave. Constante. Munch. Munch. Me deslicé hasta el borde del claro, agachada, usando una roca cubierta de líquenes como cobertura. Asomé apenas la cabeza. Allí estaba.
El dinosaurio era enorme incluso para los estándares absurdos de la isla. Un Parasaurolophus para los entendidos (que no es mi caso), reconocible por la cresta alargada que se curvaba hacia atrás como una trompa pétrea. Su piel era gruesa, cuarteada, con patrones de verdes apagados y marrones terrosos que lo camuflaban perfectamente entre la vegetación. Cada vez que daba un paso, el suelo temblaba ligeramente, aunque para mí era como un terremoto escala 7. Cada vez que masticaba, el sonido era húmedo, lento, satisfecho.
Parecía tranquilo. Tal vez cansado. Eso último podía hacerme jugar con ventaja. Se movió. Tensé las piernas y entonces ataqué. Salí disparada desde la cobertura, una mancha de movimiento rápido y decidido. El Parasaurolophus reaccionó tarde: giró la cabeza, soltó un bramido profundo que sacudió el aire, y dio un paso atrás… justo cuando usé una raíz sobresaliente como trampolín. Salté. El mundo se ralentizó durante un instante. Vi la textura de la piel, las pequeñas cicatrices, el movimiento de los músculos bajo la carne. Giré el cuerpo en el aire y descargué toda su fuerza en un golpe preciso contra la articulación de la pata trasera. El impacto resonó como un trueno seco. El dinosaurio chilló, perdió el equilibrio y cayó de lado con un estruendo monumental. El suelo tembló por última vez. Una bandada de criaturas aladas salió disparada de las copas con gritos agudos.
Yo caí rodando, me incorporé de inmediato y volví a lanzarme antes de que la bestia pudiera reaccionar. Golpeé de nuevo. Y otra vez. Siempre en el mismo punto. Metódica. Brutal. Finalmente, el cuerpo dejó de moverse. El claro quedó en silencio, roto solo por mi respiración agitada—. Vale… —dije al fin, con la voz quebrada por el cansancio—. Ahora viene la parte más pesada.
Observé el cadáver. Era gigantesco. Un triunfo… y un problema logístico. No era la primera vez que cazaba para sobrevivir. Me apenaba, por supuesto, pero más pena me daría yo misma si por ética acababa muriendo de hambre.
Agarré la pata trasera con ambas manos, clavé los talones en el barro y tiré. Los músculos se me tensaron. El cuerpo me vibró. El dinosaurio se movió. Apenas unos centímetros, pero suficiente. Sonreí, jadeante. Centímetro a centímetro, comencé a arrastrarlo fuera del claro, dejando un surco profundo en el suelo blando.
Primera víctima atrapada. A por la siguiente. ¿Cómo le iría a Han?
— Míralo… —murmuré para mí—. El único hombre capaz de entrar en una jungla prehistórica llena de depredadores colosales y emocionarse como si hubiese encontrado cromos raros.
Cuando lo vi agacharse y empezar a escarbar la tierra, di unos pasos hacia él con cautela, clavando la mirada en el champiñón que emergió del suelo. Era grande, sí. Demasiado grande. Y ese color… ese color gritaba “error evolutivo” pero a primera vista no parecía tóxico—. Ajá —dije, inclinando la cabeza—. Precioso. Carnoso. Sospechosamente perfecto.
Me acerqué un poco más, lo olfateé y fruncí el ceño—. Ten cuidado, no sea que encuentres una que acabe dándote visiones místicas o de matarte en tres horas. No hay término medio.
Cuando Han se giró hacia mí con esa sonrisa orgullosa, suspiré, llevándome una mano a la frente—. No digo que haya sido mala idea venir juntos —le concedí—. Digo que, si empiezo a hablar con los helechos o a ver dinosaurios que no existen… será culpa tuya y de tus setas felices.
Bromeé con las setas y los efectos que podían tener algunas. El rato que siguió fue casi… agradable. Extrañamente agradable. Ayudé señalando plantas que no parecían querer matarnos activamente, separando hojas con una ramita antes de tocarlas y vigilando cada rincón con atención paranoica, obsesiva. La jungla seguía siendo opresiva, húmeda, ruidosa, pero al menos estábamos haciendo algo más útil que simplemente esperar a ser devorados. Cuando encontramos la piedra de sal, la miré como si fuese un tesoro.
— Vale, esto sí es una victoria —admití—. Si morimos aquí, al menos moriremos bien sazonados, perfectos para los dinosaurios.
Pero entonces Han habló de la carne. Me quedé quieta. Demasiado quieta. Miré alrededor lentamente, analizando la espesura, las sombras entre los árboles, la ausencia inquietante de animales visibles. Mis labios se apretaron en una línea fina, atenta a su sugerencia. Cuando sugirió dividirse, giré la cabeza hacia él con una sonrisa ladeada que mezclaba determinación y una pizca de algo salvaje—. Separarnos es mala idea —empecé, parecía que nunca estaríamos de acuerdo en algo. Hice una pausa antes de continuar hablando— …pero es la mejor mala idea que tenemos. Si nos quedamos juntos, no se acercará nada. Si nos separamos, algo saldrá de la espesura. Y si sale… —mis ojos brillaron— …me aseguraré de que no vuelva a levantarse. Tú busca algo que no te coma primero. Yo me encargo de atraer lo suficientemente grande como para alimentar a todos.
Sonreí, mostrando los dientes. En otras palabras: yo cazaría más y mejor que él. ¿Por qué? Tan solo porque yo lo decía; por llevarle la contraria, por retarle—. Y no te preocupes. Si gritas muy fuerte, te oiré e iré a rescatarte, Dulcinea —como una salvadora de brillante armadura.
Y así la jungla se cerró detrás de mí, dejándome sola, como si la propia espesura supiera que esa era la mejor de las situaciones para ella. Apenas di unos pasos lejos del claro donde nos habíamos separado, el mundo cambió de textura. No era solo que la vegetación fuese más densa: era que todo parecía más antiguo, más pesado, como si cada hoja hubiera crecido sin prisa durante siglos y ahora se negara a apartarse para nadie. Los helechos, aquellos que Han había observado con admiración, se elevaban como abanicos gigantes, las lianas colgaban desde lo alto formando cortinas irregulares, y los troncos… los troncos eran absurdos. Columnas de madera viva, tan anchas que dudé de que siquiera diez hombres dándose la mano lograrían rodearlos. O eso creía desde mi perspectiva. El aire era espeso, húmedo, cargado de olores superpuestos. Tierra caliente, savia dulce, hojas podridas, algo animal, algo metálico.
— Odio esto —murmuré, avanzando con cuidado—. Lo odio profundamente —volví a quejarme.
Mis botas se hundían ligeramente en el suelo, que no era tierra firme sino una mezcla blanda de barro, raíces y restos orgánicos acumulados durante quién sabía cuántos siglos. Cada paso producía un sonido húmedo, un chof bajo que me ponía los nervios de punta. Aquí no existía el silencio verdadero: siempre había algo. Insectos zumbando con un tono grave, como motores lejanos. Chirridos agudos entre las copas. Un crujido ocasional que no pertenecía al viento.
La luz apenas llegaba. El sol existía, lo sabía, pero estaba filtrado por capas y capas de hojas enormes que dejaban pasar solo fragmentos irregulares, haces de luz oblicuos donde el polvo y el polen flotaban como motas doradas. Todo lo demás era sombra verde, marrón, negra. Sombras que se movían incluso cuando yo no lo hacía. Avancé despacio.
Un rugido resonó a lo lejos. No cercano, pero sí lo bastante profundo como para vibrarle en el estómago. Me detuve en seco, con una mano apoyada en el tronco de un árbol cubierto de musgo. El sonido no fue seguido de nada más, solo el eco perdiéndose entre la espesura, pero bastó para recordarme dónde estaba.
— Bien —susurré—. Dinosaurios. Genial. Exactamente lo que necesitaba hoy.
Seguí adelante. Cuanto más me adentraba, más notaba que el terreno cambiaba. La vegetación baja se volvía más escasa, aplastada por el paso de criaturas enormes. El suelo mostraba marcas profundas, surcos irregulares llenos de agua estancada. Huellas. Algunas tan grandes como cuatro yo. Me agaché junto a una de ellas, apoyando la mano en el borde—. Herbívoro —deduje por el estado de las plantas—. Pesado. Mucho peso. Y reciente.
El agua aún no estaba completamente turbia. Las hojas caídas flotaban, algunas mordidas. Eso significaba que la criatura no andaba lejos. Me incorporé con una sonrisa lenta, peligrosa. El bosque comenzó a abrirse ligeramente, dando paso a una zona más clara, una especie de claro natural donde los árboles estaban más separados y el suelo se cubría de plantas más bajas y resistentes.
Y entonces lo oí. Un sonido rítmico. Grave. Constante. Munch. Munch. Me deslicé hasta el borde del claro, agachada, usando una roca cubierta de líquenes como cobertura. Asomé apenas la cabeza. Allí estaba.
El dinosaurio era enorme incluso para los estándares absurdos de la isla. Un Parasaurolophus para los entendidos (que no es mi caso), reconocible por la cresta alargada que se curvaba hacia atrás como una trompa pétrea. Su piel era gruesa, cuarteada, con patrones de verdes apagados y marrones terrosos que lo camuflaban perfectamente entre la vegetación. Cada vez que daba un paso, el suelo temblaba ligeramente, aunque para mí era como un terremoto escala 7. Cada vez que masticaba, el sonido era húmedo, lento, satisfecho.
Parecía tranquilo. Tal vez cansado. Eso último podía hacerme jugar con ventaja. Se movió. Tensé las piernas y entonces ataqué. Salí disparada desde la cobertura, una mancha de movimiento rápido y decidido. El Parasaurolophus reaccionó tarde: giró la cabeza, soltó un bramido profundo que sacudió el aire, y dio un paso atrás… justo cuando usé una raíz sobresaliente como trampolín. Salté. El mundo se ralentizó durante un instante. Vi la textura de la piel, las pequeñas cicatrices, el movimiento de los músculos bajo la carne. Giré el cuerpo en el aire y descargué toda su fuerza en un golpe preciso contra la articulación de la pata trasera. El impacto resonó como un trueno seco. El dinosaurio chilló, perdió el equilibrio y cayó de lado con un estruendo monumental. El suelo tembló por última vez. Una bandada de criaturas aladas salió disparada de las copas con gritos agudos.
Yo caí rodando, me incorporé de inmediato y volví a lanzarme antes de que la bestia pudiera reaccionar. Golpeé de nuevo. Y otra vez. Siempre en el mismo punto. Metódica. Brutal. Finalmente, el cuerpo dejó de moverse. El claro quedó en silencio, roto solo por mi respiración agitada—. Vale… —dije al fin, con la voz quebrada por el cansancio—. Ahora viene la parte más pesada.
Observé el cadáver. Era gigantesco. Un triunfo… y un problema logístico. No era la primera vez que cazaba para sobrevivir. Me apenaba, por supuesto, pero más pena me daría yo misma si por ética acababa muriendo de hambre.
Agarré la pata trasera con ambas manos, clavé los talones en el barro y tiré. Los músculos se me tensaron. El cuerpo me vibró. El dinosaurio se movió. Apenas unos centímetros, pero suficiente. Sonreí, jadeante. Centímetro a centímetro, comencé a arrastrarlo fuera del claro, dejando un surco profundo en el suelo blando.
Primera víctima atrapada. A por la siguiente. ¿Cómo le iría a Han?
