La casualidad más larga [ Pasado | Ubbe | +18 ]
#1
》Hace 6 años durante la primavera

Llegamos demasiado temprano para mi gusto y demasiado tarde como para fingir que aquello podía tener algún encanto. El sol ya estaba arriba, firme, sin delicadezas, y el puerto olía exactamente como sabía que iba a oler: pescado, sal pegajosa y madera húmeda. Una combinación que se aferra a la ropa con la devoción de una maldición antigua. Supe, incluso antes de apoyar el pie en el muelle, que ese conjunto no volvería a ser el mismo.

Mi padre bajó primero, por supuesto. Siempre lo hacía así: como si el mundo fuera una sucesión de asuntos que lo estaban esperando. Traía ese gesto suyo, serio pero satisfecho, el de quien va a pedir dinero convencido de que se lo deben. La excusa para traerme era tan transparente que casi resultaba insultante: “acompañarlo”, “aprender del negocio”, “ver cómo se manejan las sucursales fuera de los grandes centros”. En realidad, alguien tenía que estar allí para justificar el viaje familiar mientras él se encerraba en el Banco de Goldreich a hablar de préstamos, expansiones y cifras que crecían como hongos en la oscuridad.

— Encárgate de la hospedería — me dijo, apenas puso un pie firme en el muelle, como si fuera un favor menor — Busca algo decente. Cerca del pueblo. No demasiado caro.

Decente. En una isla donde todo olía a red mojada.

Asentí sin discutir, más por economía emocional que por obediencia. Ajusté la correa de la mochila que llevaba colgada al hombro —mi equipaje reducido a lo estrictamente necesario, una concesión al viaje en barco— y tomé la valija pequeña con la otra mano. No era pesada, pero el empedrado irregular del muelle se encargaba de recordármela a cada paso.

— No tardes en moverte — añadió, acomodándose el abrigo con una solemnidad ridícula para ese clima — Yo voy al banco y vuelvo.

Siempre “vuelvo”. Nunca decía cuándo.

Lo vi alejarse sin mirar atrás, con la seguridad de quien sabe que el edificio al que va a entrar se va a doblar un poco para recibirlo. Yo me quedé un instante más en el puerto, plantada entre redes, cajas y hombres que parecían hechos del mismo material que sus barcos. Sentí varias miradas curiosas, rápidas, evaluadoras. No hostiles. Tampoco amables. Simples. Y eso, de algún modo, me irritó aún más.

Empecé a caminar en dirección al pueblo, más por inercia que por convicción. Necesitaba alejarme del muelle antes de que el olor se impregnara del todo, aunque ya era tarde. La valija rodaba con un sonido seco sobre la madera, marcando mi presencia como si no fuera ya suficientemente evidente. Cada paso me confirmaba una verdad incómoda: no había ni un solo lugar decente donde resguardarse, ni una tienda que vendiera algo que no fuera útil para la pesca. Nada de telas suaves, nada de perfumes, nada que compensara estar ahí. Era un puerto funcional. Brutalmente funcional. Y yo no estaba de humor para la austeridad.

La brisa marina se empeñaba en levantar espuma contra el muelle, y yo en mantener mi cabello a salvo: detesto cuando se me hace frizz, me llevé una mano a los mechones que bordeaban mi rostro... pero la humedad ya había hecho de las suyas rizándome el pelo, y bufé por lo bajo. Divaza, diría cualquiera. Yo lo llamaba supervivencia estética.

El ruido era constante. Voces que se cruzaban, risas ásperas, órdenes gritadas sin ceremonia. El mar golpeaba los pilotes con una cadencia casi burlona. Todo funcionaba, todo se movía, todo tenía un propósito claro. Excepto yo. Yo era el error de cálculo, el adorno fuera de lugar, la nota discordante avanzando entre cajas de pescado con una valija que no pertenecía a ese escenario.

Seguía avanzando, bordeando los barcos amarrados, cuidando dónde pisaba, cuando el ritmo general del puerto se alteró.

No fue algo inmediato ni espectacular. Primero, un silencio extraño, breve, mal puesto, como si alguien hubiera cortado una frase a la mitad. Luego un murmullo que no encajaba con la rutina de trabajo. Voces elevándose, no para coordinar, sino para reaccionar. Algo cayó. Madera contra madera. Un golpe seco que hizo girar varias cabezas al mismo tiempo.

La mía incluida.

Reducí el paso sin detenerme del todo. El fastidio se reacomodó en el pecho, desplazado por una atención incómoda. A unos metros, entre dos barcos, comenzaba a formarse un pequeño corrillo. Los pescadores se apartaban lo justo, creando un espacio irregular, como si algo en el centro necesitara aire… o testigos.

Apreté el asa de la valija. No era asunto mío. No debería serlo. Tenía que encontrar una hospedería, cumplir con el encargo, desaparecer del puerto cuanto antes...

Pero mis pies no retrocedieron.

Di un paso más, lenta, calculando. Desde donde estaba no alcanzaba a ver con claridad qué ocurría: solo sombras moviéndose, gestos bruscos, alguien demasiado expresivo para una mañana de trabajo. Un comentario suelto llegó hasta mí, ininteligible pero cargado de tensión. Luego una risa breve, nerviosa. El tipo de risa que no anuncia nada bueno.

Me detuve al fin, ladeando el cuerpo, observando por encima del hombro de uno de los hombres, que allí los brutos sí que son grandotes para manejar kilos de ostiones. Siempre observaba primero. El revuelo no tenía la violencia desatada de una pelea abierta, pero tampoco la torpeza inocente de un accidente. Había algo distinto allí. Una presencia que no terminaba de encajar con la lógica del puerto. Una figura que parecía atraer la atención como un anzuelo invisible.

Sentí esa punzada molesta de curiosidad, afilada y oportuna. Al menos no era otro problema contable heredado de mi padre.

El murmullo creció un grado más.

Yo alcé la mirada, ajusté la postura, y me quedé donde estaba, a ver si distinguía lo que parecía comenzaba a ser un revuelo.


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La casualidad más larga [ Pasado | Ubbe | +18 ] - por Asherah Bel-Nadin - 08-01-2026, 06:02 PM

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