09-01-2026, 02:17 PM
Los gritos de la bestia recorrían la cueva de principio a fin. Las paredes retumbaban de manera que parecía que la propia piedra quisiera huir de lo que se había convertido en un cruento campo de batalla. El colapso parecía inevitable, pero eso era algo de lo que habría que ocuparse más tarde. Nuestros enemigos, pese a haber visto reducidos sus números y haber recibido grandes daños, no parecían tener la intención de detenerse. Peor aún, al igual que había hecho aquel reptil gigante, ambos luchadores actuaban ahora como unas bestias arrinconadas, atacando a sus cazadores en lugar de buscar alguna salida. Por sus acciones, podría pensarse que estaban dispuestos a todo con tal de vengar a su compañera caída, pues solo tenían en mente la ofensiva.
La caverna volvió a temblar una vez más y del techo se desprendieron grandes pedazos de roca. Nuestros enemigos reaccionaron a ello, de una manera casi instintiva, como quien ha librado un sinfín de batallas y sus músculos se tensan al más mínimo estímulo. Uno de ellos, el que se había situado al frente para servir de escudo a su hermano, alzó un brazo para cubrirse la cabeza. El otro, rodó por el suelo, con bastante buena agilidad para el daño que ya había recibido, y esquivó una piedra que cayó justo en la posición donde estaba antes. Sus movimientos habían sido adecuados para esquivar la fiereza de la montaña, pero sin embargo habían cometido un grave error. Se habían olvidado por un instante del verdadero peligro que les acechaba; nosotros. Kiyoshi aprovechó la apertura que se había creado ante él y, haciendo gala de su gran precisión como tirador, dispara sin piedad a la cabeza del más maltrecho de nuestros rivales. La técnica de mi compañero acertó en su blanco, acabando con él al instante. El otro de ellos, tal vez guiado por la furia de lo sucedido o por una idea previa de ataque, se lanza hacia Kiyoshi y lo golpea con el puño en el estómago, provocando que el doctor se vea obligado a dar un paso atrás. Sin embargo, nuestro médico se recompuso al instante y saltó hacia atrás unos tres metros, lo justo para alejarse de nuestro rival y disparar de nuevo a su pecho.
Kiyoshi nos gritó para que nos sumásemos a su ataque, para que hostigásemos a nuestro rival y no permitiéramos que se rehiciese. Tenía razón. Era nuestro momento. Debíamos empujar un poco más para acabar con aquella batalla. Cargué mi rifle y apunté a mi rival. Comencé a llevar la presión hacia el gatillo, cuando vi cómo Eros aparecía como una exhalación para golpear a nuestro rival. Era mucho más rápido de lo que mi precisión con el rifle me permitía seguir, por lo que me di cuenta al instante de que no podía arriesgarme a disparar sin tener seguro si iba a errar mi tiro. El doctor, maltrecho, pasó corriendo a mi lado para tomar una mejor posición. Debía dejarle el fuego a distancia a nuestro experto. Y entonces, me di cuenta; aún había algo que yo podía aportar a nuestra lucha.
Dejé fluir la electricidad por mi cuerpo, llegando a mis piernas en un instante. Quería ser rápido para que mi enemigo no fuera capaz de reaccionar a mis movimientos, pero también debía serlo para permitir tener un disparo limpio a Kiyoshi lo antes posible. Salté hacia mi enemigo. Recorrí la distancia entre nosotros a toda velocidad, mi cuerpo relampagueando. Golpeé con mi palma la cara de nuestro rival. Sabía que mi fuerza no era nada destacable. Además, nuestro enemigo había mostrado una gran resistencia a nuestros golpes, pero aún si no le causaba daño, si que había algo que podía hacer. Dejé fluir la corriente hacia su cabeza, buscando que mi electricidad lo afectara. Entonces, corrí unos metros más, adentrándome en la cueva. Era algo arriesgado, lo sabía. Sin embargo, la única carta que podía jugar aún precisaba de asumir algo de riesgo. Kiyoshi había sido herido y Eros se exponía a un gran peligro al luchar cara a cara contra cualquier rival. Yo no podía quedarme atrás, no quería seguir siendo el mismo cobarde de siempre.
—¡Golpead! ¡Corred hacia la entrada de la cueva! Pongamos fin a esta batalla.
La caverna volvió a temblar una vez más y del techo se desprendieron grandes pedazos de roca. Nuestros enemigos reaccionaron a ello, de una manera casi instintiva, como quien ha librado un sinfín de batallas y sus músculos se tensan al más mínimo estímulo. Uno de ellos, el que se había situado al frente para servir de escudo a su hermano, alzó un brazo para cubrirse la cabeza. El otro, rodó por el suelo, con bastante buena agilidad para el daño que ya había recibido, y esquivó una piedra que cayó justo en la posición donde estaba antes. Sus movimientos habían sido adecuados para esquivar la fiereza de la montaña, pero sin embargo habían cometido un grave error. Se habían olvidado por un instante del verdadero peligro que les acechaba; nosotros. Kiyoshi aprovechó la apertura que se había creado ante él y, haciendo gala de su gran precisión como tirador, dispara sin piedad a la cabeza del más maltrecho de nuestros rivales. La técnica de mi compañero acertó en su blanco, acabando con él al instante. El otro de ellos, tal vez guiado por la furia de lo sucedido o por una idea previa de ataque, se lanza hacia Kiyoshi y lo golpea con el puño en el estómago, provocando que el doctor se vea obligado a dar un paso atrás. Sin embargo, nuestro médico se recompuso al instante y saltó hacia atrás unos tres metros, lo justo para alejarse de nuestro rival y disparar de nuevo a su pecho.
Kiyoshi nos gritó para que nos sumásemos a su ataque, para que hostigásemos a nuestro rival y no permitiéramos que se rehiciese. Tenía razón. Era nuestro momento. Debíamos empujar un poco más para acabar con aquella batalla. Cargué mi rifle y apunté a mi rival. Comencé a llevar la presión hacia el gatillo, cuando vi cómo Eros aparecía como una exhalación para golpear a nuestro rival. Era mucho más rápido de lo que mi precisión con el rifle me permitía seguir, por lo que me di cuenta al instante de que no podía arriesgarme a disparar sin tener seguro si iba a errar mi tiro. El doctor, maltrecho, pasó corriendo a mi lado para tomar una mejor posición. Debía dejarle el fuego a distancia a nuestro experto. Y entonces, me di cuenta; aún había algo que yo podía aportar a nuestra lucha.
Dejé fluir la electricidad por mi cuerpo, llegando a mis piernas en un instante. Quería ser rápido para que mi enemigo no fuera capaz de reaccionar a mis movimientos, pero también debía serlo para permitir tener un disparo limpio a Kiyoshi lo antes posible. Salté hacia mi enemigo. Recorrí la distancia entre nosotros a toda velocidad, mi cuerpo relampagueando. Golpeé con mi palma la cara de nuestro rival. Sabía que mi fuerza no era nada destacable. Además, nuestro enemigo había mostrado una gran resistencia a nuestros golpes, pero aún si no le causaba daño, si que había algo que podía hacer. Dejé fluir la corriente hacia su cabeza, buscando que mi electricidad lo afectara. Entonces, corrí unos metros más, adentrándome en la cueva. Era algo arriesgado, lo sabía. Sin embargo, la única carta que podía jugar aún precisaba de asumir algo de riesgo. Kiyoshi había sido herido y Eros se exponía a un gran peligro al luchar cara a cara contra cualquier rival. Yo no podía quedarme atrás, no quería seguir siendo el mismo cobarde de siempre.
—¡Golpead! ¡Corred hacia la entrada de la cueva! Pongamos fin a esta batalla.
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