09-01-2026, 05:45 PM
Me quedé frente a la ventanilla con el documento entre las manos. El banco estaba en silencio, roto solo por el murmullo lejano de otros trámites y el sonido suave de la pluma del empleado escribiendo algo más atrás. Bajé la vista y recorrí el contrato con calma, línea por línea, sin prisa. No buscaba detalles concretos, solo asegurarme de que todo estuviera en orden. Aun así, el peso de la decisión no estaba en el papel, sino en el pecho.
Levanté la mirada un momento y, a través del cristal lateral, vi al Komainu. Permanecía quieto, sentado como lo había hecho tantas veces, atento a mi posición. Ya no parecía enfermo ni débil. El calor de la isla había hecho su trabajo. Estaba fuerte otra vez.
—Esto es lo mejor. —
Dejé pasar un minuto entero sin moverme. Un minuto largo, pesado, en el que pensé en el frío de Roshwan, en el viaje, en todo lo que había pasado desde que lo encontré. Pensé en mis caminos inestables, en los peligros que me seguían, en lo poco que podía ofrecerle a largo plazo. Cuando el tiempo se cumplió, exhalé despacio y tomé la pluma.
Firmé.
Deslicé el documento de vuelta por la ventanilla sin decir nada más. El hombre lo revisó con rapidez y asintió. El operario que esperaba cerca avanzó entonces y colocó el maletín frente a mí. Lo abrí apenas lo suficiente para ver el interior. Cerré de nuevo y lo tomé con una mano firme.
Me levanté y caminé hacia la salida. El Komainu se puso en pie en cuanto me acerqué. Me agaché frente a él, quedando a su altura.
—Aquí estarás bien. —
Apoyé la mano unos segundos sobre su cabeza. No se movió. Solo me miró, tranquilo, como si entendiera más de lo que cualquiera supondría. Me incorporé despacio. Di un paso atrás. Luego otro. El personal del banco se acercó con cuidado para llevárselo. No hubo resistencia. Antes de cruzar la puerta, me detuve una última vez y miré hacia atrás. El Komainu seguía observándome. Le hice un leve gesto con la cabeza. Cogí mi arma y salí del banco sin volver a mirar.
Levanté la mirada un momento y, a través del cristal lateral, vi al Komainu. Permanecía quieto, sentado como lo había hecho tantas veces, atento a mi posición. Ya no parecía enfermo ni débil. El calor de la isla había hecho su trabajo. Estaba fuerte otra vez.
—Esto es lo mejor. —
Dejé pasar un minuto entero sin moverme. Un minuto largo, pesado, en el que pensé en el frío de Roshwan, en el viaje, en todo lo que había pasado desde que lo encontré. Pensé en mis caminos inestables, en los peligros que me seguían, en lo poco que podía ofrecerle a largo plazo. Cuando el tiempo se cumplió, exhalé despacio y tomé la pluma.
Firmé.
Deslicé el documento de vuelta por la ventanilla sin decir nada más. El hombre lo revisó con rapidez y asintió. El operario que esperaba cerca avanzó entonces y colocó el maletín frente a mí. Lo abrí apenas lo suficiente para ver el interior. Cerré de nuevo y lo tomé con una mano firme.
Me levanté y caminé hacia la salida. El Komainu se puso en pie en cuanto me acerqué. Me agaché frente a él, quedando a su altura.
—Aquí estarás bien. —
Apoyé la mano unos segundos sobre su cabeza. No se movió. Solo me miró, tranquilo, como si entendiera más de lo que cualquiera supondría. Me incorporé despacio. Di un paso atrás. Luego otro. El personal del banco se acercó con cuidado para llevárselo. No hubo resistencia. Antes de cruzar la puerta, me detuve una última vez y miré hacia atrás. El Komainu seguía observándome. Le hice un leve gesto con la cabeza. Cogí mi arma y salí del banco sin volver a mirar.
