09-01-2026, 10:04 PM
Después de lo que había ocurrido en los Cabos Gemelos, el bullicio de la ciudad que le había tendido la mano le hería. Lo había empezado a hacer en el mismísimo instante en el que, tras sentirlo palpitar en sus entrañas, se había descubierto gestando una febril montaña rusa de emociones que no entendía ni deseaba entender.
Todo y nada la alteraba. Pero, en particular, no soportaba ver cómo los más incautos se rendían a la embriaguez buscando dominar la realidad tan cruel que les rodeaba: eran débiles. Y la debilidad, cuando eres consciente, es sinónimo de muerte.
Necesitaba pensar en ello, un espacio donde el silencio le permitiera auscultar el latido de sus pensamientos.
Quizás, por eso mismo, su inconsciente la había alejado de los muros de piedra y las tabernas, las avenidas y plazas donde el olor agrio a grasa, whisky y sudor impregnaba el aire viciado de la ciudad. Quizás, por eso mismo, sus alas se movieron espasmódicas y frenéticas cuando el paseo se convirtió en una caminata entre el aroma limpio de la madera seca y… ¿maíz?
No era un olor fuerte lo que percibía. Era más bien como un perfume delicado, una nota solitaria en medio de una sinfonía de olores escasamente adulterada por los frescos aromas del ambiente.
Y eso, para la curiosa mente de Bai, era una grandísima pregunta. ¿De dónde salía?
Atravesada por el Eros —esa pulsión de abrir lo que está cerrado—, Bai avanzó con apremio haciendo crujir la hojarasca. Destreza de movimiento que contradecía su escala monumental.
Y, al llegar al claro, descubrió al extraño: un mink de rasgos finos, enfrascado en un volumen cuya encuadernación le resultó dolorosamente familiar. Era una edición alterna, una versión que no hablaba la lengua de sus padres, pero que portaba el mismísimo peso de los siglos.
—No esperaba encontrarme a nadie aquí —se dijo a sí misma, sin variar el tono de voz, ya que pensó que el hurón le haría el mismo caso que la mayoría de la gente: ninguno.
Y, como si no pudiera evitarlo, presa del Eros, de esa necesidad de navegar en las profundidades ajenas, se aproximó sin ocultarse, dispuesta a romper la burbuja de seguridad del extraño.
—El… —Bai señaló el libro mientras le hablaba—. Libro —añadió con lentitud, mientras hacía un gesto con las manos como si estuviera abriendo algo imaginario—. Yo…
En ese momento su pie golpeó algo duro y sus ojos se desviaron al suelo. ¿Qué era eso? Siguió el círculo con la mirada y dio un paso atrás, tratando de mostrar respeto pues, el círculo —porque ahora estaba claro que era un círculo—, no parecía casual, y la casualidad, cuando aparecía en lugares tranquilos, solía ser una mentira con buen disfraz.
A continuación, levantó la vista despacio, lo justo para no parecer una amenaza, y volvió a hablar.
—Perdón —dijo con una voz un poco más baja de lo habitual—. No era mi intención…
Todo y nada la alteraba. Pero, en particular, no soportaba ver cómo los más incautos se rendían a la embriaguez buscando dominar la realidad tan cruel que les rodeaba: eran débiles. Y la debilidad, cuando eres consciente, es sinónimo de muerte.
Necesitaba pensar en ello, un espacio donde el silencio le permitiera auscultar el latido de sus pensamientos.
Quizás, por eso mismo, su inconsciente la había alejado de los muros de piedra y las tabernas, las avenidas y plazas donde el olor agrio a grasa, whisky y sudor impregnaba el aire viciado de la ciudad. Quizás, por eso mismo, sus alas se movieron espasmódicas y frenéticas cuando el paseo se convirtió en una caminata entre el aroma limpio de la madera seca y… ¿maíz?
No era un olor fuerte lo que percibía. Era más bien como un perfume delicado, una nota solitaria en medio de una sinfonía de olores escasamente adulterada por los frescos aromas del ambiente.
Y eso, para la curiosa mente de Bai, era una grandísima pregunta. ¿De dónde salía?
Atravesada por el Eros —esa pulsión de abrir lo que está cerrado—, Bai avanzó con apremio haciendo crujir la hojarasca. Destreza de movimiento que contradecía su escala monumental.
Y, al llegar al claro, descubrió al extraño: un mink de rasgos finos, enfrascado en un volumen cuya encuadernación le resultó dolorosamente familiar. Era una edición alterna, una versión que no hablaba la lengua de sus padres, pero que portaba el mismísimo peso de los siglos.
—No esperaba encontrarme a nadie aquí —se dijo a sí misma, sin variar el tono de voz, ya que pensó que el hurón le haría el mismo caso que la mayoría de la gente: ninguno.
Y, como si no pudiera evitarlo, presa del Eros, de esa necesidad de navegar en las profundidades ajenas, se aproximó sin ocultarse, dispuesta a romper la burbuja de seguridad del extraño.
—El… —Bai señaló el libro mientras le hablaba—. Libro —añadió con lentitud, mientras hacía un gesto con las manos como si estuviera abriendo algo imaginario—. Yo…
En ese momento su pie golpeó algo duro y sus ojos se desviaron al suelo. ¿Qué era eso? Siguió el círculo con la mirada y dio un paso atrás, tratando de mostrar respeto pues, el círculo —porque ahora estaba claro que era un círculo—, no parecía casual, y la casualidad, cuando aparecía en lugares tranquilos, solía ser una mentira con buen disfraz.
A continuación, levantó la vista despacio, lo justo para no parecer una amenaza, y volvió a hablar.
—Perdón —dijo con una voz un poco más baja de lo habitual—. No era mi intención…
