10-01-2026, 02:15 AM
(Última modificación: 10-01-2026, 03:56 AM por Hasegawa Shin.)
Día 7, Primavera. Año 17.
Sus aventuras en mitad del Reino Samba iban entre variaciones considerables, topándose con situaciones casi tan complejas y variopintas como las que lo llevaron a consumir una fruta del diablo, algo impensado desde perspectivas pasadas, en donde Hasegawa buscaría convertirse en el mejor espadachín del mundo a base de haki, sin ningún truco mágico o mitológico. Sólo él, y el confiable filo del acero proveniente de su clan.
¿Ahora? Bueno, justamente debía improvisar, y a eso se debió su viaje a un lugar con ambientes tan festivos, destacando claramente el centro de danza Samba, donde el baile y la alegría animaba a cualquiera, incluso a mentes tan dispersas como la suya. Aunque más que viajar a esta Isla por decisión propia, eligió quedarse tras una misión a la cual fue convocado como marine, tomándose unos cuántos días libres mientras se reorganizaba, lejos de varios contactos, su hogar en Sorbet y en completa aura nómade.
Era imposible no rememorar sus viejas andadas con los amigos de su antigua división, parando en cada sitio como si fuesen los reyes del mundo, rigiendo la ley honesta y ajena a cualquier tipo de corrupción. Esas aventuras, aunque breves, le enseñaron más de lo que quería representar en su oficio que cualquier lección familiar a la que fue expuesto. Ningún profesor le hizo vivir la auténtica camaradería, el apoyarse en los demás si se sentía caer, o darse cuenta cuando sus compañeros lo necesitaban, ya sea para afrontar nuevos desafíos o en enfrentamientos más personales y privados.
Esa última parte, junto a su interés por ser líder nuevamente, quedaron atrás en el tiempo, suspendida justo en el instante que los vio morir, con cada grito, cada fantasma, cada sombra que lo perseguía, recordándole lo peligroso que es abrirse al mundo en, valga la redundancia, un mundo tan salvaje, donde hay tantos piratas buenos, como malos. Tantos marines honorables, como corruptos. Un mundo en donde nunca se termina de conocer el rostro real de nadie, obligado a escudarse en la evasión de cualquier cosa que siquiera se acerque a lastimarlo emocionalmente.
Sin embargo, hay algo que jamás cambiaría en Hasegawa. Algo despierto incluso en la oscuridad mental que lo aprisionaba.
Aquella mañana paseaba por la zona pobre de Samba, entre casas de madera vieja y obreros que en muchos casos, no sabían si iban a comer al siguiente día. Con el suficiente dinero para costearse una habitación en la zona más noble de la isla, eligió mantenerse entre la gente de a pie, conocer sus vivencias y entender mejor el tipo de personas por las cuales luchaba, por quienes se jugaría el cuello en cada misión a la cual lo enviasen.
En una zona de comercio ambulante pensaba qué comprar para comer, cuando de pronto, en un puesto de frutas observó a un niño de unos nueve años escabullirse entre el gentío y sobre todo, la atenta mirada del vendedor. Se asomó, observaba a su alrededor y esperaba el momento perfecto, algo que Shin entendió de manera prácticamente automática.
Cuando la mano del infante se acercó a una manzana, intentando robarla, los dedos del albino se cerraron en la pequeña muñeca del menor, sorprendiéndolo e intimidándolo ligeramente, pues llevaba un uniforme de marine y eso significaba problemas para cualquier criminal. El pequeño parecía a punto de llorar, pero Shin llevó el dedo índice de su mano libre a los labios propios, guiñándole un ojo de forma cómplice mientras le sugería mantener el silencio. Lo soltó sólo cuando se calmó, manteniéndolo a su lado.
—¡Oe, oe! ¿A cuánto me deja unas veinte manzanas, buen hombre? —el señor le indicó el precio, y entonces Hasegawa sacó su cartera, pagando sin problemas, volviendo a sujetar al niño de la muñeca para apartarlo brevemente del puesto. Así fue como se arrodilló frente a él, mirándolo a los ojos a través de sus gafas de sol, las cuales reacomodó para hacer notar sus iris cerúleas.
—Esto... —el niño no supo que hacer ante el repentino silencio y la sonrisa del albino, sin embargo, Hasegawa no se hizo esperar más, sujetando la amplia bolsa con las frutas en una mano.
—Niño, sólo se vive una vez. No tomes decisiones que arruinen tu única oportunidad en este mundo, ¿sí? —aprovechó el instante para colocar algo adicional en la bolsa antes de ponerse de pie nuevamente y dejar caer la susodicha en los brazos del pequeño. —¿Podrás con eso? Porque mi ayuda termina aquí. —se giró, quedándose de perfil mientras le sacaba la lengua y volvía a reacomodarse las gafas, marchándose del sitio sin esperar respuesta.
Poco después, el infante se daría cuenta de que en la bolsa había otra más pequeña con algo de dinero para costear comida. Para ese entonces, Hasegawa se había alejado varios metros, simulando que nada había pasado.
![[Imagen: vEBNZb3.png]](https://i.imgur.com/vEBNZb3.png)
