10-01-2026, 02:39 AM
Las dos jóvenes piratas no solo se conocían desde hacía tiempo, si no que se conocían bien. No por nada eran mejores amigas. Quizá la peliverde no lo conocía todo de su amiga ex-peliazul (como por ejemplo lo cerca que estuvo en los Cabos Gemelos de hacerse con un peluche), pero sí que conocía muchas de sus virtudes, y más aún de sus defectos, entre los que indudablemente se encontraba su deficiente capacidad de orientación. Por ello mismo, la artista decidió optar por la prudencia y valerse más de sus propias capacidades que de las de su amiga para tratar de dar sentido a las confusas instrucciones que esta le había dado.
Aquella mujer que portaba la D en su nombre optó por hacer uso de su fuerza, escalando con gran agilidad algunos de aquellos enormes árboles. La idea era realmente buena, pues si algo tienen las junglas es una gran densidad de bosques y demás plantas, las cuales obstaculizan enormemente el campo de visión, obstáculos que tienden a desaparecer a medida que la altura aumenta. Cuando se trata de encontrar algo en un lugar completamente desconocido, hay varios factores realmente importantes: Una vista de lince, mucha suerte, o la paciencia suficiente como para fijarse en los detalles, y una de las cosas en las que la joven Maki tenía que trabajar era el ámbito de la paciencia. Era una mujer que acostumbraba a vivir su día a día con gran intensidad, y esa misma intensidad le pasaba factura en más de un aspecto.
Si hubiera dedicado más tiempo a analizar con detalle aquello a lo que estaba mirando cuando subió a las copas de los árboles, podría haber encontrado algún indicio no sólo del punto de encuentro, si no del propio campamento de los cazadores furtivos.
Por su parte, la mestiza, como si inspirada por su admirado compañero, demostró a su mejor amiga que no sólo sabía hablar, si no que también era buena escuchando lo que la gente tenía que decir. Le contó acerca del crecimiento del musgo en los árboles y, si bien cometió un error de novata al no tener en cuenta que la espesura de la jungla en la que se encontraban afectaba irremediablemente a la cantidad de luz solar que se filtraba y por consiguiente al crecimiento del musgo, aquello le dio la confianza suficiente como para dirigir a su amiga.
Ambas chicas caminaron, a veces siguiendo y otras ignorando las erráticas indicaciones de Maria. Cruzaron un pequeño arroyo, subieron un pequeño montículo de piedras antes de volver a cruzar el mismo arroyo que habían cruzado un par de minutos atrás.
Tras varios minutos de una caminata que volvería loco a cualquier rastreador, las dos mujeres llegaron a un pequeño claro. Se trataba de un claro rectangular, de unos veinte metros de largo por quince de ancho. Cuando se sentaron a descansar, la mujer de pelo rosa se fijó en unas llamativas flores blancas, las cuales crecían en un área circular del centro de ese mismo lugar. Pudieron ver también una enorme planta, similar a un muro de flores azules, en el lado norte del claro en torno a la mitad de este, lado que se encontraba a la izquierda de donde estaban sentadas las dos jóvenes. Más cerca todavía de las chicas, en la esquina noroeste del claro, había cinco extrañas plantas, de aproximadamente medio metro de altura y coronadas por grandes flores de pétalos granates.
La visión de esas flores blancas le hizo recordar nuevamente las instrucciones recibidas de parte de aquella misteriosa voz. Más en concreto las palabras "hermosas y muy valiosas". No había ninguna duda. Habían llegado al punto de encuentro. Pero había un ligero problema:
Aquella mujer que portaba la D en su nombre optó por hacer uso de su fuerza, escalando con gran agilidad algunos de aquellos enormes árboles. La idea era realmente buena, pues si algo tienen las junglas es una gran densidad de bosques y demás plantas, las cuales obstaculizan enormemente el campo de visión, obstáculos que tienden a desaparecer a medida que la altura aumenta. Cuando se trata de encontrar algo en un lugar completamente desconocido, hay varios factores realmente importantes: Una vista de lince, mucha suerte, o la paciencia suficiente como para fijarse en los detalles, y una de las cosas en las que la joven Maki tenía que trabajar era el ámbito de la paciencia. Era una mujer que acostumbraba a vivir su día a día con gran intensidad, y esa misma intensidad le pasaba factura en más de un aspecto.
Si hubiera dedicado más tiempo a analizar con detalle aquello a lo que estaba mirando cuando subió a las copas de los árboles, podría haber encontrado algún indicio no sólo del punto de encuentro, si no del propio campamento de los cazadores furtivos.
Por su parte, la mestiza, como si inspirada por su admirado compañero, demostró a su mejor amiga que no sólo sabía hablar, si no que también era buena escuchando lo que la gente tenía que decir. Le contó acerca del crecimiento del musgo en los árboles y, si bien cometió un error de novata al no tener en cuenta que la espesura de la jungla en la que se encontraban afectaba irremediablemente a la cantidad de luz solar que se filtraba y por consiguiente al crecimiento del musgo, aquello le dio la confianza suficiente como para dirigir a su amiga.
Ambas chicas caminaron, a veces siguiendo y otras ignorando las erráticas indicaciones de Maria. Cruzaron un pequeño arroyo, subieron un pequeño montículo de piedras antes de volver a cruzar el mismo arroyo que habían cruzado un par de minutos atrás.
Tras varios minutos de una caminata que volvería loco a cualquier rastreador, las dos mujeres llegaron a un pequeño claro. Se trataba de un claro rectangular, de unos veinte metros de largo por quince de ancho. Cuando se sentaron a descansar, la mujer de pelo rosa se fijó en unas llamativas flores blancas, las cuales crecían en un área circular del centro de ese mismo lugar. Pudieron ver también una enorme planta, similar a un muro de flores azules, en el lado norte del claro en torno a la mitad de este, lado que se encontraba a la izquierda de donde estaban sentadas las dos jóvenes. Más cerca todavía de las chicas, en la esquina noroeste del claro, había cinco extrañas plantas, de aproximadamente medio metro de altura y coronadas por grandes flores de pétalos granates.
La visión de esas flores blancas le hizo recordar nuevamente las instrucciones recibidas de parte de aquella misteriosa voz. Más en concreto las palabras "hermosas y muy valiosas". No había ninguna duda. Habían llegado al punto de encuentro. Pero había un ligero problema:
Su contacto no estaba por ningún sitio
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