10-01-2026, 09:00 AM
(Última modificación: 10-01-2026, 09:02 AM por Asherah Bel-Nadin.)
Tardé menos de lo que quería en darme cuenta de que el revuelo no valía la pena. Cajones mal apilados, pescado desparramado como si alguien hubiera abierto una panza sin cuidado, voces gruesas discutiendo pérdidas mínimas con tono de tragedia mayor. El puerto volvió enseguida a su latido habitual, ese ir y venir cansino que ya tiene ensayado cómo enojarse y cómo olvidarse.
Solté el aire despacio, con fastidio, y mis alas acompañaron el gesto con un leve estremecimiento involuntario, apenas un roce de plumas acomodándose contra mi espalda, como si también ellas estuvieran irritadas por el lugar.
Había esperado —no sé bien qué— algo que rompiera la mañana. Algo que justificara haber frenado, haber permitido que el olor a escamas y sal se me metiera en la ropa, en el pelo, en el humor. Nada. Solo hombres grandes peleando por cajas como si no hubiera un mañana. Siempre igual.
Seguí caminando.
Las botas golpearon la madera del muelle con un sonido firme, seguro, casi desafiante. El movimiento hizo que las alas se cerraran un poco más contra mi cuerpo, tensas, contenidas; no era un sitio para desplegarlas, y esa restricción me tenía de mal talante desde que bajé del barco. Aflojé apenas el agarre de la valija; la otra mano fue directo a la mochila para sacar el folleto turístico que había agarrado al desembarcar. Papel barato, colores chillones, promesas que ya se notaban falsas antes de leerlas.
Hospederías.
Me corrí un poco hacia un costado para no estorbar y lo abrí con una mueca que no disimulé. Nombres repetidos, descripciones vagas, dibujitos que parecían hechos por alguien que jamás había pasado una noche ahí. “Cerca del mar”. “Ambiente familiar”. “Trato cálido”. Traducción directa: humedad pegada a la piel, colchones rendidos y paredes que escucharon demasiado.
Suspiré, pasando la hoja con el pulgar, cuando una voz masculina me alcanzó desde atrás.
Un piropo. De esos sin gracia, directo al hueso pero sin filo.
No giré.
Aprendí hace rato que ignorar es una forma elegante de cortar de raíz. Seguí leyendo, como si mi mundo terminara en el folleto arrugado entre mis dedos. El puerto se encargó de tragarse ese primer intento.
La voz insistió. Otro comentario, un poco más creativo, igual de desubicado. Sonreí apenas, para mí. No porque me molestara, sino porque todavía no me daba ganas de responderle.
Y entonces dijo su nombre.
Ubbe
No lo cargó de intención. Lo dijo simple, casi al pasar, como quien se presenta sin saber que acaba de mover algo importante.
Mi cuerpo reaccionó antes que la cabeza. Las alas se tensaron de golpe, traicioneras.
Levanté la vista despacio. Sin apuro. Como si el gesto no significara nada… y ahí estaba.
El golpe fue interno, silencioso. No fue como una sorpresa y tampoco hubo escándalo. Fue reconocimiento. Ese que no se apoya en lo que ves ahora, sino en capas viejas, guardadas en la piel. Estaba más grande. Más alto. Más ancho de hombros. Ocupaba el espacio con la misma naturalidad de siempre, como si el mundo hubiera sido pensado para acomodarse alrededor suyo.
Ahora, sin embargo, yo tenía que alzar un poco la cara para mirarlo.
Eso me gustó.
La sonrisa ladeada seguía ahí. Cómoda. Segura. Peligrosa. Pero sus ojos no dijeron nada. Me miraba como se mira a alguien nuevo: con interés limpio, descarado, sin historia.
No era la primera vez.
El recuerdo me cruzó rápido: yo más chica, él más bajo, mis alas abiertas detrás marcando presencia mientras él pasaba distraído, olvidándome incluso después de haberme tenido enfrente. Ubbe siempre había sido así. Selectivo para recordar. Selectivo para perderse cosas.
Esta vez no.
Esta vez yo tenía ventaja.
Decidí jugar.
Cerré el folleto con cuidado y lo apoyé contra mi pecho mientras ladeaba el cuerpo apenas hacia él. Dejé que mi mirada recorriera la suya con la misma falta de pudor con la que él me había medido antes. Lenta con el parpadeo. Sin culpa. Deteniéndome donde sabía que iba a sentirlo.
— ¿Siempre te presentás así? — dije, con una media sonrisa que no aclaraba nada — ¿O es un servicio especial para las que llegan solas?
Di un paso. Después otro. Lo justo para meterme en su espacio y adelantarme a su inocua iniciativa. Mi mano libre fue directo a su pecho, apoyándose con naturalidad estudiada. No había tela que estorbara: la piel estaba caliente, firme bajo mis dedos. Sentí la textura real, viva. Dejé que el cuerpo acompañara el gesto, que mis pechos se apoyaran sin apuro, sin disculpas, mientras mis alas se mantenían recogidas, tensas, como si observaran la escena conmigo.
— Porque si es lo segundo… — levanté la vista, clavándole los ojos — capaz hoy tenés suerte.
Incliné la cabeza, como evaluando el lugar.
—Es mi primera vez en la isla — mentí con elegancia — Y estoy empezando a pensar que me perdí antes de llegar. Es todo un tema...
Deslicé la mano apenas, un gesto mínimo, y señalé la valija a mis pies.
— Busco un hotel como la gente. Uno de verdad — agregué, con un dejo de desafío — ¿Vos decís que podrías darme una mano? Indicarme el camino… o cargar esto por mí.
Me acerqué un poco más. El contacto ya era total. Pecho con pecho. Bajé la voz.
— Prometo no desaparecer… si me acompañás.
Me incliné y dejé un beso breve en su mejilla. Liviano. Casi inocente.
Pero no me aparté.
Me quedé ahí, pegada a él, respirando el mismo aire. La mano que había estado en su pecho subió despacio hasta su quijada; mis dedos se hundieron apenas en la barba, recorriéndola con una cadencia lenta, deliberada, como quien aprende algo nuevo con paciencia.
Me alejé solo lo justo para poder mirarlo de frente, sin perder el contacto, sin perderme ni una sola reacción.
— Sería una pena dejarme sola, Ubbe — dije, suave el nombre, decidida — Una pena para mí… o para vos.
Por dentro, la risa seguía contenida.
Él todavía no sabía quién era yo.
Y yo pensaba disfrutar cada segundo antes de decírselo.
Solté el aire despacio, con fastidio, y mis alas acompañaron el gesto con un leve estremecimiento involuntario, apenas un roce de plumas acomodándose contra mi espalda, como si también ellas estuvieran irritadas por el lugar.
Había esperado —no sé bien qué— algo que rompiera la mañana. Algo que justificara haber frenado, haber permitido que el olor a escamas y sal se me metiera en la ropa, en el pelo, en el humor. Nada. Solo hombres grandes peleando por cajas como si no hubiera un mañana. Siempre igual.
Seguí caminando.
Las botas golpearon la madera del muelle con un sonido firme, seguro, casi desafiante. El movimiento hizo que las alas se cerraran un poco más contra mi cuerpo, tensas, contenidas; no era un sitio para desplegarlas, y esa restricción me tenía de mal talante desde que bajé del barco. Aflojé apenas el agarre de la valija; la otra mano fue directo a la mochila para sacar el folleto turístico que había agarrado al desembarcar. Papel barato, colores chillones, promesas que ya se notaban falsas antes de leerlas.
Hospederías.
Me corrí un poco hacia un costado para no estorbar y lo abrí con una mueca que no disimulé. Nombres repetidos, descripciones vagas, dibujitos que parecían hechos por alguien que jamás había pasado una noche ahí. “Cerca del mar”. “Ambiente familiar”. “Trato cálido”. Traducción directa: humedad pegada a la piel, colchones rendidos y paredes que escucharon demasiado.
Suspiré, pasando la hoja con el pulgar, cuando una voz masculina me alcanzó desde atrás.
Un piropo. De esos sin gracia, directo al hueso pero sin filo.
No giré.
Aprendí hace rato que ignorar es una forma elegante de cortar de raíz. Seguí leyendo, como si mi mundo terminara en el folleto arrugado entre mis dedos. El puerto se encargó de tragarse ese primer intento.
La voz insistió. Otro comentario, un poco más creativo, igual de desubicado. Sonreí apenas, para mí. No porque me molestara, sino porque todavía no me daba ganas de responderle.
Y entonces dijo su nombre.
Ubbe
No lo cargó de intención. Lo dijo simple, casi al pasar, como quien se presenta sin saber que acaba de mover algo importante.
Mi cuerpo reaccionó antes que la cabeza. Las alas se tensaron de golpe, traicioneras.
Levanté la vista despacio. Sin apuro. Como si el gesto no significara nada… y ahí estaba.
El golpe fue interno, silencioso. No fue como una sorpresa y tampoco hubo escándalo. Fue reconocimiento. Ese que no se apoya en lo que ves ahora, sino en capas viejas, guardadas en la piel. Estaba más grande. Más alto. Más ancho de hombros. Ocupaba el espacio con la misma naturalidad de siempre, como si el mundo hubiera sido pensado para acomodarse alrededor suyo.
Ahora, sin embargo, yo tenía que alzar un poco la cara para mirarlo.
Eso me gustó.
La sonrisa ladeada seguía ahí. Cómoda. Segura. Peligrosa. Pero sus ojos no dijeron nada. Me miraba como se mira a alguien nuevo: con interés limpio, descarado, sin historia.
No era la primera vez.
El recuerdo me cruzó rápido: yo más chica, él más bajo, mis alas abiertas detrás marcando presencia mientras él pasaba distraído, olvidándome incluso después de haberme tenido enfrente. Ubbe siempre había sido así. Selectivo para recordar. Selectivo para perderse cosas.
Esta vez no.
Esta vez yo tenía ventaja.
Decidí jugar.
Cerré el folleto con cuidado y lo apoyé contra mi pecho mientras ladeaba el cuerpo apenas hacia él. Dejé que mi mirada recorriera la suya con la misma falta de pudor con la que él me había medido antes. Lenta con el parpadeo. Sin culpa. Deteniéndome donde sabía que iba a sentirlo.
— ¿Siempre te presentás así? — dije, con una media sonrisa que no aclaraba nada — ¿O es un servicio especial para las que llegan solas?
Di un paso. Después otro. Lo justo para meterme en su espacio y adelantarme a su inocua iniciativa. Mi mano libre fue directo a su pecho, apoyándose con naturalidad estudiada. No había tela que estorbara: la piel estaba caliente, firme bajo mis dedos. Sentí la textura real, viva. Dejé que el cuerpo acompañara el gesto, que mis pechos se apoyaran sin apuro, sin disculpas, mientras mis alas se mantenían recogidas, tensas, como si observaran la escena conmigo.
— Porque si es lo segundo… — levanté la vista, clavándole los ojos — capaz hoy tenés suerte.
Incliné la cabeza, como evaluando el lugar.
—Es mi primera vez en la isla — mentí con elegancia — Y estoy empezando a pensar que me perdí antes de llegar. Es todo un tema...
Deslicé la mano apenas, un gesto mínimo, y señalé la valija a mis pies.
— Busco un hotel como la gente. Uno de verdad — agregué, con un dejo de desafío — ¿Vos decís que podrías darme una mano? Indicarme el camino… o cargar esto por mí.
Me acerqué un poco más. El contacto ya era total. Pecho con pecho. Bajé la voz.
— Prometo no desaparecer… si me acompañás.
Me incliné y dejé un beso breve en su mejilla. Liviano. Casi inocente.
Pero no me aparté.
Me quedé ahí, pegada a él, respirando el mismo aire. La mano que había estado en su pecho subió despacio hasta su quijada; mis dedos se hundieron apenas en la barba, recorriéndola con una cadencia lenta, deliberada, como quien aprende algo nuevo con paciencia.
Me alejé solo lo justo para poder mirarlo de frente, sin perder el contacto, sin perderme ni una sola reacción.
— Sería una pena dejarme sola, Ubbe — dije, suave el nombre, decidida — Una pena para mí… o para vos.
Por dentro, la risa seguía contenida.
Él todavía no sabía quién era yo.
Y yo pensaba disfrutar cada segundo antes de decírselo.
Cositas
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