La casualidad más larga [ Pasado | Ubbe | +18 ]
#5
El peso de la valija desapareció de golpe y, con él, cualquier excusa para fingir prudencia.

Me quedé un segundo más ahí, viéndolo acomodársela al hombro con esa facilidad insultante, como si no cargara nada, como si el mundo entero fuera algo que se podía levantar y cambiar de lugar sin esfuerzo. Pero también advirtiendo el cómo medía la distancia nueva entre nuestros cuerpos… o mejor dicho, la que estaba a punto de desaparecer otra vez.

El gesto me arrancó una sonrisa lenta, genuina; no de las que se usan solo para provocar —aunque también— sino de esas que salen cuando una se siente cómoda en el caos.

Mis alas, todavía recogidas, se relajaron apenas. No se abrieron, no hacía falta. Pero dejaron de estar rígidas. Ese detalle era importante. Siempre lo era. El cuerpo entendiendo antes que la cabeza que no había peligro. Con Ubbe nunca lo había habido: solo travesuras, carreras, risas que terminaban en retos absurdos. Y ahora… ahora había algo más queriendo asomarse, con honda y senda paciencia.

— Mirá vos… — murmuré, ladeando la cabeza mientras lo observaba — Encima servicial.

Di un paso para quedar a su lado, no detrás, nunca detrás. Cambié de lado mi mochila y le sujeté el brazo con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo, y apoyé mis senos contra él sin disimulo, a propósito y a sabiendas. Sentí el músculo firme bajo mi antebrazo, el calor que subía despacio, y dejé que el gesto se asentara sin apuro. Caminé así, acompasando el paso, con ese balanceo suave que no se enseña y tampoco se corrige. El muelle seguía vibrando a nuestro alrededor, pero yo ya estaba en otra frecuencia. En la nuestra.

Él hablaba de la posada, de las camas grandes, de la comida caliente, y yo lo escuchaba lo justo. No porque no me importara, sino porque había algo más interesante pasando: el tono. La cercanía sin urgencia. Esa forma suya de invitar sin empujar, de dejar la puerta abierta convencido de que una va a cruzarla sola.

Siempre había sido así.

Avanzamos un poco, dejando atrás la zona más cargada del puerto. El olor a pescado empezó a diluirse, aunque no del todo. Lo suficiente para que pudiera respirar mejor. Para que mis alas no se crisparan por reflejo. Una de ellas se acomodó apenas, plumas rozándose entre sí y por sobre su espalda, midiendo el espacio que él ocupaba ahora. Que fuera más alto que yo seguía siendo raro... Y seguía gustándome.
 
— El Ancla Vieja… — repetí, probando el nombre — Suena a lugar con historias feas y colchones raídos.

Lo miré de reojo.

— Me sirve.

Caminé un poco más cerca, reforzando el agarre. Mis dedos rozaron su antebrazo, una caricia breve pero deliberada, suficiente para confirmar lo que ya sabía: era real, estaba ahí, y mi cuerpo lo estaba registrando con una atención nueva, más lenta, más profunda. No era un impulso vacío; era curiosidad con memoria. Ganas con historia, aunque él todavía no la recordara.

— Igual te aviso una cosa — dije, sin mirarlo de frente — No soy de seguir a cualquiera.

Le dediqué una sonrisa ladeada.

— Pero hoy estoy de buen humor.

Alcé la vista para encontrar la suya. No había prisa ni demanda en mis ojos. Tampoco miedo. Había curiosidad y diversión. De la genuina. Esa que no se planea: aparece.

— Además — continué — tengo un talento especial para meterme en situaciones que después recuerdo con cariño. Es todo un tema.

El pueblo empezó a mostrarse más allá del muelle: calles angostas, paredes claras, persianas a medio abrir. Todo lento, todo recién despertándose. El contraste con el puerto era casi amable. A dos calles, tal como había dicho, se alzaba el cartel que en su analogía, se mezclaba lo viejo de la madera con lo despintado del ancla. Ahí fue cuando solté su brazo.

No bruscamente. Con intención.

Me adelanté un par de pasos y tomé la delantera, regalándole la vista sin decirlo. La cadencia de mi andar se volvió más marcada, consciente; dejé que la curva de la cadera hiciera su trabajo mientras mis alas permanecían recogidas, elegantes, marcando una silueta que sabía observada. Sentí su presencia detrás, firme, confiada. Eso me sacó una risa baja, para adentro.

— ¿Y ahí adentro también me vas a acompañar? — pregunté por encima del hombro, sin frenar — ¿En tu misma habitación, en la mía o encargaremos juntos la suite?

Me detuve apenas, lo justo para girar el torso y mirarlo de perfil. Mis alas se acomodaron detrás de mí, marcando presencia sin abrirse del todo.

— Tranquilo — agregué, con una sonrisa que no prometía ni negaba nada — No muerdo… salvo que me lo pidan. Hhh-heh-hhh~

Volví a avanzar antes de que respondiera, invitándolo a seguirme sin palabras. Pensé, no sin humor, que el día recién empezaba. Que el juego podía escalar. Y que, si pasaba, yo no iba a ser la primera en frenar.

Con Ubbe siempre había sido fácil dejarse llevar.

Y ahora… ahora tenía razones nuevas para querer hacerlo.
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RE: La casualidad más larga [ Pasado | Ubbe ] - por Asherah Bel-Nadin - 10-01-2026, 07:57 PM

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