11-01-2026, 03:26 AM
(Última modificación: 11-01-2026, 03:27 AM por Ryota Miyamoto.)
La intrépida detective de afelpadas orejas decidió tomarse el asunto como algo personal. Tal vez fuera la promesa de una recompensa, quizá la idea de un bien mayor, pero el hecho era irrefutable. Ella resolvería el caso del ladrón de zanahorias.
Con mente sagaz y reflejos dignos de su raza híbrida, la muchacha puso el mercado patas arriba, desde los callejones hasta los tejados, lo estudió todo con sumo ahínco, decidida a investigar, analizar y cuestionar con paciencia cada dato a su alcance.
Incluso accedió a pagar la ínfima suma que exigía el pequeño chismoso para obtener más información. Sus palabras fueron las mismas que ya había repetido a unos cuantos antes:
Cita:Se trataba de sombras pequeñas, del tamaño de un perro mediano, de unos cuarenta centímetros de altura, que veía desaparecer mientras se dirigían hacia la salida sur del poblado.
Además, añadió que Cynthia, la panadera, mantenía una relación con su padre a espaldas de su madre. Un dato curioso e innecesario para resolver el caso… aunque quizá de vital importancia más adelante. (No, la neta no).
Fuera como fuese, sus indagaciones la llevaron a postarse sobre los tejados, fundiéndose con el entorno. Su plan era simple, esperar el momento en que el ladrón volviera a atacar y estar lista para emboscarlo o seguirlo sin perderle el rastro, confiando en su corazonada de un maestro que secundaba las desapariciones de los objetos.
Pareció no confiar del todo en las palabras del pequeño ni en la pista de los callejones hacia la salida sur. Sin embargo, lejos de estar equivocada, pasadas dos horas pudo distinguir desde lo alto unas motas blancas que se desplazaban a gran velocidad por el suelo, provenientes del mercado y en dirección a los callejones que conducían a la salida sur.
Tendría que moverse rápido, pues los pequeños que desde tan lejos parecían simples conejitos asustadizos, se movían con gracia y envidiable agilidad. Sus pesos eran ínfimos, ni siquiera los escuchaba, pues sus patas eran tan suaves que anulaban el hecho de sonido o huellas.
De forma fugaz, llegaron hasta la salida, lugar donde la joven podría seguir persiguiéndolos siempre y cuando su astucia le permitiera desplazarse entre las ramas de los árboles en la densa selva tropical.
For Funny
La suerte la acompañará o no en la primera pisada sobre la rama a la que se propulsó, tendría que seguir su camino tras los conejos hasta que, tal como lo había sospechado, llegó a una gran madriguera a las afueras de la ciudad. Estaba oculta entre dos troncos de árboles caídos y parecía descender por un pasadizo subterráneo. El aroma a tierra húmeda inundaría sus fosas nasales si decidía descender, observando más de los cabellos blancos que notó en los callejones del pueblo y uno que otro trozo de zanahoria añejo.
Al final de aquel pasillo serpentino llegó a la madriguera.
Una caverna de considerable tamaño, de unos veinte metros de diámetro, salpicada por rocas que invadían el terreno. Más allá, la luz emitida por un musgo brillante que cubría el techo le permitió distinguir una enorme pila de zanahorias.
Si decidía acercarse un poco más, podría notar que no solo había zanahorias, sino también diversos objetos de valor que reflejaban la luz natural del musgo. Tal como había sospechado, había llegado a la guarida de quien lideraba a las decenas de conejos que se encontraban allí, concentrados devorando la gran montaña de zanahorias.
Los adorables conejitos, de no más de cuarenta centímetros de altura, vestían chaquetas negras y llevaban anteojos oscuros. Sus gestos, a diferencia de los de otros animales, resultaban rudos y contrastaban de forma casi absurda con su ternura natural. Algunos se peleaban por un par de zanahorias, mientras otros, más serios, imitaban el acto de fumar con una zanahoria en la boca, descansando despreocupadamente en el suelo.
De repente, todos los conejitos se detuvieron ante un fuerte sonido. Un gruñido profundo resonó en la madriguera y la atención de todos se desvió hacia un solo conejo: uno de pelaje negro, ojos maliciosos y chaqueta roja.
El líder.

Un siniestro, malicioso e imponente conejo negro camino erguido con un bate con pinchos como arma, mientras observo el botín con satisfacción. Todos los demás conejos parecían respetarlo y sus gruñidos sonaban imponentes, como una voz gruesa y ronca, digna de un comentarista de historias macabras, pero lo más atemorizante de dicha criatura era su tamaño… su imponente tamaño de…
Off
Todo en él dejaba claro que era el líder de la pandilla, una banda conformada por conejos salvajes de la isla. ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Cómo habían aprendido a robar? ¿Quién les confeccionó esas prendas? Nada de eso importaba ahora.
La detective tendría que tomar cartas en el asunto. Regresar ya no era una opción, pues desde el túnel que conducía a la madriguera comenzó a escucharse el choque de piedras, una clara señal de que algunos conejos se acercaban.
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