La más alta de las dos mujeres, la cual resultaba ser también la más mayor, advirtió a su amiga acerca de las flores que poblaban el claro en el que se encontraban. Tal vez fuera por una simple corazonada, pero aquel pequeño gesto resultó ser bastante más importante de lo que la artista hubiera podido imaginar en un principio. La otra mujer, por su lado, pensó que la mejor idea era tallar las iniciales de ambas mujeres en un árbol cercano, como una forma de mostrar a cualquiera que pasara por allí el fraternal amor que sentía por su mejor amiga.
Mientras las dos chicas se encontran admirando la peculiar obra de arte de la pelirrosa, un encapuchado entró en el claro por la esquina noreste, la más alejada de ellas. Se trataba de un joven encapuchado, de un metro con ochenta centímetros de altura y realmente delgado. Aquel hombre las miró unos segundos, aprovechando que ninguna de ellas había reparado en su presencia, pues no había emitido ningún ruido a su llegada al punto de encuentro. Miró brevemente hacia el lugar por el que había venido, antes de continuar caminando en completo silencio hacia el centro del claro, aprovechando que ambas jóvenes le daban la espalda - Espero que ninguna de las dos haya tocado estas flores - se dirigió a las chicas, a la vez que se agachaba a examinar la blanca planta del centro - El.. - interrumpió lo que iba a decir, volviendo a mirar a su espalda - El señor me advirtió de que se había olvidado de mencionar que las flores son valiosas porque sirven para producir potentes venenos - señaló a las enormes flores granates que estaban en el extremo oeste - Tened cuidado de no tocar esas también, pues provocan náuseas - volvió a mirar a su espalda - No, estas todavía no están listas para recoger - se puso de pie - Oh, perdón - se disculpó al ver a la mestiza - Usted, bella dama, debe de ser la mujer a quien he de guiar - el hombre se agachó en una leve reverencia, mirando a la mestiza de belleza sin igual. Miró entonces a la otra joven, quien se encontraba a cinco metros de él, fijándose inevitablemente en sus numerosas cicatrices así como en sus definidos músculos - Iba a decir que no era necesario, pero entiendo por qué ha optado por traer una guardaespaldas - siguió hablando - Esta isla está llena de peligros - volvió a mirar a sus espaldas, antes de deshacer su reverencia. El movimiento hizo que su capucha se bajara, dejando al descubierto tanto su rubio pelo como sus verdes ojos.
Al percatarse de eso, el joven volvió a colocarse la capucha y se giró algo sonrojado - Bueno, deberíamos salir cuanto antes hacia el campamento - habló, serio - O si no el señor El... - volvió a callarse nuevamente - O si no el señor se impacientará.
Mientras las dos chicas se encontran admirando la peculiar obra de arte de la pelirrosa, un encapuchado entró en el claro por la esquina noreste, la más alejada de ellas. Se trataba de un joven encapuchado, de un metro con ochenta centímetros de altura y realmente delgado. Aquel hombre las miró unos segundos, aprovechando que ninguna de ellas había reparado en su presencia, pues no había emitido ningún ruido a su llegada al punto de encuentro. Miró brevemente hacia el lugar por el que había venido, antes de continuar caminando en completo silencio hacia el centro del claro, aprovechando que ambas jóvenes le daban la espalda - Espero que ninguna de las dos haya tocado estas flores - se dirigió a las chicas, a la vez que se agachaba a examinar la blanca planta del centro - El.. - interrumpió lo que iba a decir, volviendo a mirar a su espalda - El señor me advirtió de que se había olvidado de mencionar que las flores son valiosas porque sirven para producir potentes venenos - señaló a las enormes flores granates que estaban en el extremo oeste - Tened cuidado de no tocar esas también, pues provocan náuseas - volvió a mirar a su espalda - No, estas todavía no están listas para recoger - se puso de pie - Oh, perdón - se disculpó al ver a la mestiza - Usted, bella dama, debe de ser la mujer a quien he de guiar - el hombre se agachó en una leve reverencia, mirando a la mestiza de belleza sin igual. Miró entonces a la otra joven, quien se encontraba a cinco metros de él, fijándose inevitablemente en sus numerosas cicatrices así como en sus definidos músculos - Iba a decir que no era necesario, pero entiendo por qué ha optado por traer una guardaespaldas - siguió hablando - Esta isla está llena de peligros - volvió a mirar a sus espaldas, antes de deshacer su reverencia. El movimiento hizo que su capucha se bajara, dejando al descubierto tanto su rubio pelo como sus verdes ojos.
El contacto
Al percatarse de eso, el joven volvió a colocarse la capucha y se giró algo sonrojado - Bueno, deberíamos salir cuanto antes hacia el campamento - habló, serio - O si no el señor El... - volvió a callarse nuevamente - O si no el señor se impacientará.
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