Luz [Fic - Pasado]
#1
[Costa de Little Garden,
Grand Line,
18 de primavera,
año 17]


Era de noche. Bajo el cielo de Little Garden, acariciado por una leve y agradable llovizna tropical, el Royal Quiver se mecía con suavidad, delicadamente acunado por el oleaje, frente a la costa arenosa de la incivilizada isla prehistórica. En la bodega del barco, sentado sobre un barril, meditaba el joven Stroud Redgrave, pensativo, rodando una pequeña moneda de un solo berry entre sus nudillos rítmicamente. Le hubiera gustado permanecer en cubierta, pero la plaga de insectos que asolaba la isla convertía el ambiente en insoportable, especialmente durante las noches, cuando se acercaban zumbando a cualquier cosa que emitiese luz o calor. Hacía escasas horas, había recibido una llamada por Den Den Mushi, comunicándole su reciente ascenso a comandante, aunque no le había dado excesiva importancia. No estaba seguro de merecerse aquello. Otros asuntos rondaban su cabeza. Aun amortiguado por la madera, desde dentro podía oírse el suave repiqueteo de la lluvia en la cubierta. Sobre el tablón plegable que habitualmente actuaba como mesa de navegación para Redgrave, e iluminados únicamente por la llama titilante de una vela sobre un candil de bronce, junto al Marine reposaban varias cartas de navegación y algunos mapas. Sobre todos ellos, coronando el organizado montón, su diario de a bordo, su preciada bitácora. Sobre la superficie del mapa, cuyas arrugas dejaban entrever los centenares de veces que había sido metódicamente doblado y desdoblado, podían observarse docenas de anotaciones a tinta negra, símbolos, marcas y caminos trazados a través del mar, de isla en isla. Era toda la ruta que la División 84, desde su improvisada concepción en Roshwan, había recorrido hasta llegar a las cálidas aguas de Little Garden, pasando por los espantosos sucesos de Cabos Gemelos. No había sido fácil, pero aquel truculento camino no había hecho más que empezar, y Stroud era consciente de ello. Su ejercicio de meditación no se debía a un momento introspectivo revisando sus mapas; aquella era una actividad que llevaba a cabo con frecuencia pasmosa, incluso mientras estaban fondeados, con el fin de mantenerse mentalmente ágil, refrescar sus conocimientos de navegación y plantearse nuevas rutas.

No, no era aquello lo que ocupaba su mente en aquellos instantes. Frente a sus ojos, como si pudiera verlas aún, pasaban nuevamente las imágenes de cuanto había transcurrido en una de las playas al sur hacía un par de meses. La playa, el pelirrojo Yang, la mujer ciega, el capitán de los Olvidados, probablemente el único con un mínimo sentido de la honorabilidad a bordo del Last Whisper, aquella condenada máscara de hierro con agujeros, el sonido del pistón accionándose dentro del brazo mecánico, la mano de hierro atravesando...

Agitó la cabeza, suspirando, como queriendo deshacerse del pensamiento. El ritmo de su respiración se había acelerado por un instante. La llama de la vela se perturbó ligeramente con su suspiro, perturbando por un breve instante la iluminación dentro de la bodega. Siempre que pensaba en aquellos instantes, todo seguía el mismo camino, y desembocaba en el mismo lugar; las mismas imágenes se filtraban en su cabeza, por mucho que se resistiese. Sabía que había quien perdía la cabeza así después de un hecho luctuoso, después de alguna experiencia desagradable en combate, por lo que hacía lo posible por no obsesionarse con el asunto y no permitir que plagase sus pensamientos. Era consciente de que cambiar el curso de su propio pensamiento, a diferencia del pasado mismo, era, además de posible, deseable. Despojar a lo ocurrido en aquel día funesto de sus implicaciones emocionales, convertirlo en un hecho, sin más, capaz de ser examinado y analizado. Durante los primeros días, la visión de las vísceras cayendo sobre la arena se había repetido en sus sueños. O tal vez hubieran sido semanas, no estaba seguro. No le importaba demasiado; ya no ocurría casi nunca.

Pero tampoco era aquello lo que plagaba su mente en aquella agradable velada, o no exactamente aquello, sino sus consecuencias lógicas, más bien, y toda la cadena de sucesos que había desembocado en aquello. Se levantó, depositando su mirada en uno de los mapas, aunque podría haber estado mirando cualquier otra cosa; su mente no estaba allí. Stroud no era el tipo de persona que disfrutase ahogándose en la autocompasión, regodeándose en la repugnante indulgencia de la lástima por uno mismo y sus circunstancias; por el contrario, prefería mantenerse ocupado y cumplir con sus quehaceres, dando a cada cuestión el espacio mental que estrictamente requiriese, y ni un poco más que eso. En efecto, lo que lógicamente se podía extraer de todo aquel cúmulo de sucesos, analizados tanto individualmente como en conjunto, llevaba a una conclusión inevitable: el mal circulaba a sus anchas por los mares. En un principio, aquello no era algo que debiese pillar desprevenido a ningún Marine; es más, muchos se habían alistado precisamente por eso, incluyendo al propio Stroud. Sin embargo, lo ocurrido desde su partida del South Blue desbordaba cualquier previsión. La misma entrada al Grand Line parecía haber sido el juego personal de una serie de malhechores de impresionantes recursos. Whiskey Peak, en su condición de primera isla de su corriente, era un auténtico nido de víboras. Y en Little Garden, unos piratas buscados y con niveles de búsqueda significativos sobre sus cabezas podían darse el lujo de contar con la protección de alguien de la talla de Sohem Burnedead, quien, pese a lo aparentemente legal de su negocio, no parecía tener inconveniente en colaborar con ellos. Lo que le resultaba realmente alarmante no era aquello, que hasta cierto punto hubiese cabido esperar, sino la distensión que la Marina, pese a sus recursos, parecía mostrar en aquellas aguas. Extrajo de su bolsillo una elegante pipa de madera, aún sin usar, tallada a mano con la forma de una orca. Su dedo pulgar recorrió el tallado, mientras la observaba en silencio a la luz de la vela. ¿Qué estaba fallando allí? ¿Dónde estaban las velas blancas y azules, cuya misión no era otra que llevar la Justicia a todas las aguas del mar? Era evidente que, fuese lo que fuese, se estaba quedando corto. La forma en que piratas y revolucionarios recorrían el Grand Line con plena impunidad daba fe del sentimiento general de impunidad del que gozaban, y que, a su vez, era señal de la escasa contundencia por parte de las fuerzas de la Justicia. ¿Acaso estaba la Marina mostrando laxitud ante la injusticia?

Si bien la mente de Stroud tendía a ser analítica y prudente en su razonar, en términos generales, también era, paradójicamente, tan rápida como férrea a la hora de llegar a conclusiones cuando la suficiente evidencia empezaba a amontonarse. En su mente, existía una diferencia clara entre la idea de la Marina, un ideal de Justicia que se encarnaba en sus miembros más notables y ejemplares a lo largo de toda la jerarquía, y la organización compuesta por aquellos que solo fingían ser Marines, los farsantes que lo eran únicamente en nombre. Solo los primeros eran parte de la Marina; mejor dicho, solo los primeros la representaban. Los segundos eran, por desgracia, una consecuencia inevitable de la existencia de un ente de esencia perfecta (que no por ello perfecto) en un mundo profundamente imperfecto, abnegado de crimen y putrefacción. La corrupción que él siempre había deseado extirpar iba mucho más allá de sargentillos del tres al cuarto cobrando sobornos y colaborando con criminales; aquella era únicamente la punta del iceberg. El recién nombrado comandante no se consideraba en la potestad de decidir quién pertenecía a qué grupo, y no podía más que aspirar a pertenecer al primero, pero eso no impedía que esta diferencia, esta dicotomía, siempre hubiese estado presente en la visión de Stroud; es más, el paso del tiempo no hacía sino acentuarla. Había conocido Marines con todo tipo de ideologías, con todo tipo de suposiciones sobre el camino que el único ente garante de la Justicia debia tomar, que hacían profundas cábalas y cálculos con el fin de alcanzar los teoremas más alineados con su propia visión, algunos con más acierto que otros; ese era, sin embargo, parte del problema. El enorme barco que era la Marina tenía como destino en su brújula la Justicia, pero su timonel, su gobernante, no debía ser el idealismo, ni las ensoñaciones de ningún iluso: debía ser la necesidad. La necesidad imperiosa de Justicia misma. Una Justicia que reinase silenciosa, dejando que su luz hablase por encima de cualquier palabra. Ninguna otra cosa. Y la Justicia, por naturaleza, había de ser Implacable.

Casi sin darse cuenta, había tomado su cuaderno de bitácora, por una página cualquiera, y había empezado a garabatear sinsentidos sobre el papel. La tinta se absorbía lentamente bajo la luz de la vela. Ley llega tarde. Criminal aprende más rápido que nosotros. La pluma corría por el papel, rasgándolo distraídamente bajo el rumor de la lluvia en el exterior, que empezaba a arreciar, y del suave oleaje, mientras Stroud mantenía sus ojos grises clavados en la pared frente a sí, casi sin pararse a mirar qué diantres estaba escribiendo. Una línea recta, una flecha correlacionando dos conceptos a ambos lados del papel: castigo visible y castigo eficaz. Eran conceptos, ideas borrosas, un caos al que, de alguna manera, tal vez intentase poner orden dentro de su propia mente. No estaba acostumbrado a los pensamientos desordenados. Jamás lo había estado. Inacción = permiso. Añadió una segunda flecha que salía de "castigo eficaz", conectándolo con predecible. Predecible = Disuasión, añadió. Justicia sin sangre = incompleta, sangre sin Justicia = barbarie. Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza, pese a lo que hubiese imaginado, a velocidad creciente, en un torrente que no parecía frenarse.

Empezaba a volverse patente la necesidad de que los mismos Marines empezasen a plantearse cuál sería el futuro de la institución, de que decidiesen si dejarían que la Marina cayese definitivamente en manos de sus propios enemigos, de aquellos que la destruían y pudrían lentamente desde su mismo interior, socavando su integridad y mancillando el sentido de Justicia del que debían hacer gala, o permitir que surcase el rumbo que había sido concebida para surcar. Una Marina laxa era una Marina corrupta, y una Marina corrupta era una Marina laxa.

La Marina no solo debía actuar, y con contundencia; era fundamental que la Marina empezase a marcar el rumbo del mundo, tomar la más absoluta de las iniciativas, en lugar de continuar danzando al son que marcasen los malhechores. Declarar la guerra total a la injusticia e ir un paso por delante, en lugar de dos por detrás. Convertirse en quien marcase el ritmo de los acontecimientos. Y ese ritmo no podía ser sino el de una música ante la cual piratas, revolucionarios y toda la demás escoria que plagaba las aguas del mundo no pudiese más que aterrorizarse. Por demasiado tiempo, muchos malhechores habían considerado a la Marina como un mero contratiempo, como unos guardas ineptos a los que distraer mientras se les quitaba la llave de la celda del cinturón. Aquello debía terminar.

El camino sería largo, pero alguien tenía que recorrerlo.

La Justicia se alzaría. La Justicia reinaría.
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Luz [Fic - Pasado] - por Stroud Nanashi - 12-01-2026, 01:45 AM

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