12-01-2026, 10:56 AM
Había tomado posición para poder atacar a nuestro enemigo y acabar con él. Sin embargo, una vez más el mundo tenía otros planes. La cueva a mi alrededor parecía estar ansiosa por venirse abajo. La bestia, más enfurecida aún, golpeaba sin cesar la pared, con la rabia de quien busca venganza, de quien ya nada le importan las consecuencias. Miré hacia el enemigo, el cuál se encontraba de rodillas en el suelo tras mi ataque. El animal reaccionó a su movimiento. Golpeó con una de sus patas en el suelo. La nube de polvo que se levantó ocultó el inicio de una grieta que se extendió hacia la pared. La cueva se retorció de nuevo y una nueva apertura se abrió entre la bestia y el hombre. Nuestro enemigo alzó la vista para ver cómo se acercaba el animal furioso. La presa se había convertido en el cazador. La cola de la bestia se alzó, y cayó como una sentencia. Atravesó el pecho de nuestro enemigo, el cual quedó inmóvil, su mirada, perdida.
La bestia agitó su cola y se deshizo del cadáver. El cuerpo chocó con fuerza contra el suelo. Una enorme mancha roja cubrió las rocas, ya ensangrentadas de por sí. El cuerpo se agitaba, soltando sus últimos estertores. Sin embargo, aquel animal no parecía haberse quedado satisfecho. Se acercó, con un rugido furibundo. Sus pasos retumbaban por todos lados. Se detuvo y acercó la cabeza a su víctima. Olisqueó un par de veces sobre él y, como el niño que pisa un insecto, cerró su mandíbula sobre la cabeza del cazador. El crujido de los huesos hizo estremecerse mi cuerpo. La bestia levantó la cabeza, dejando caer los restos sin interés alguno; solo buscaba una nueva presa. Antes, había podido sentir el dolor de aquella criatura, pero ahora, al mirarla, tan solo sentía el temor por convertirme en su siguiente víctima.
Un nuevo retumbar me hizo tomar consciencia. La bestia se interponía entre yo y la salida de la cueva, pero si no me arriesgaba a pasar junto a ella, la montaña iba a dar cuenta de mi. Dejé seguir fluyendo la electricidad por mi cuerpo. Tal vez, si era lo suficientemente rápido, la bestia no podría reaccionar a mis movimientos. Corrí. Avancé a toda velocidad. Vi un objeto, pequeño, que había caído de cuerpo de nuestro rival. Sabía que no podía detenerme, pero mi alma de ladrón me instaba a no salir de allí con las manos vacías. Me agaché para recogerlo con una de mis manos, sin detener mi paso. Lo tomé y salté para sobrepasar a la criatura. La cueva parecía haber tenido suficiente, pues a mi alrededor la roca se desprendía del techo de la cavidad. Ya podía apreciar la salida de la cueva al final del camino.
La silueta de Kiyoshi se dibujaba sobre la luz del sol. El doctor parecía haber esperado a ver que sus compañeros salían de la cueva antes de comenzar a abandonarla él también. Continué mi carrera esquivando las rocas. También pude ver la figura de Eros abandonar la caverna, aunque él no lo hacía solo; cargaba los cadáveres de dos de nuestros enemigos. Tan solo me faltaban unos metros. Cada vez el aire parecía menos viciado. El olor metálico y acre comenzaba a diluirse, dando lugar a un aroma algo más fresco. Un último esfuerzo. Tras de mi, la cueva se estremecía, pero yo ya había alcanzado la salida.
El doctor se dejó caer para sentarse en el suelo. Nos preguntó si estábamos bien, o al menos lo hizo a su manera. Deslizó su mascarilla antes de dirigirse a Eros señalando los pestilentes cadáveres que había portado con él. El capitán se levantó y dijo que iba a enterrarlos. Yo permanecía mirando el extraño den den mushi que había recogido del interior de la cueva, aquel que se había caído del cuerpo decapitado de uno de nuestros enemigos, cuando Kiyoshi me pidió si podía ser yo quién ayudase a Eros con la sepultura, pues él estaba exhausto. Un sentimiento de repulsa recorrió mi cuerpo, mi boca se torció hacia abajo, pero supuse que eso es lo que debía hacer a partir de ese momento.
—Sí, claro. Yo le echaré una mano —dije mientras terminaba de observar el den den mushi—. Yo tampoco quiero que eso ande al aire libre mucho tiempo.
Me ceñí el sombrero, agarrando desde el ala.
—Yo te sigo, Eros. Vamos a enterrarlos. No por nada somos los piratas de la sepultura.
La silueta de Kiyoshi se dibujaba sobre la luz del sol. El doctor parecía haber esperado a ver que sus compañeros salían de la cueva antes de comenzar a abandonarla él también. Continué mi carrera esquivando las rocas. También pude ver la figura de Eros abandonar la caverna, aunque él no lo hacía solo; cargaba los cadáveres de dos de nuestros enemigos. Tan solo me faltaban unos metros. Cada vez el aire parecía menos viciado. El olor metálico y acre comenzaba a diluirse, dando lugar a un aroma algo más fresco. Un último esfuerzo. Tras de mi, la cueva se estremecía, pero yo ya había alcanzado la salida.
El doctor se dejó caer para sentarse en el suelo. Nos preguntó si estábamos bien, o al menos lo hizo a su manera. Deslizó su mascarilla antes de dirigirse a Eros señalando los pestilentes cadáveres que había portado con él. El capitán se levantó y dijo que iba a enterrarlos. Yo permanecía mirando el extraño den den mushi que había recogido del interior de la cueva, aquel que se había caído del cuerpo decapitado de uno de nuestros enemigos, cuando Kiyoshi me pidió si podía ser yo quién ayudase a Eros con la sepultura, pues él estaba exhausto. Un sentimiento de repulsa recorrió mi cuerpo, mi boca se torció hacia abajo, pero supuse que eso es lo que debía hacer a partir de ese momento.
—Sí, claro. Yo le echaré una mano —dije mientras terminaba de observar el den den mushi—. Yo tampoco quiero que eso ande al aire libre mucho tiempo.
Me ceñí el sombrero, agarrando desde el ala.
—Yo te sigo, Eros. Vamos a enterrarlos. No por nada somos los piratas de la sepultura.
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