Entre Minerales y Forja II [Fic Recolección y Creación]
#1
Día 24 de Primavera, año 17
South Blue | Isla Samba

Esta vez no vine por hierro. El peso que buscaba hoy era distinto, más traicionero, más caprichoso. El oro no se deja domar como el acero, no resiste, no pelea, no grita cuando lo golpeas. El oro observa y si no lo tratas con respeto, te traiciona en el momento más estúpido posible. MacLarey me lo dijo una vez, mientras bebía de esa jarra que nunca suelta El oro no es fuerte, muchacho, es orgulloso. Hoy entendía a qué se refería, no estaba aquí por encargo común, esta hacha tenía que existir por una razón concreta, y yo no iba a permitir que saliera de mis manos algo que no pudiera mirar de frente, era una aleación entre acero y oro.
 
El yacimiento no quedaba lejos, pero el camino era incómodo. La tierra era más blanda, casi engañosa, y el aire tenía ese olor metálico dulce que sólo el oro deja atrás, cavé despacio, sin prisas. El oro no aparece para quien lo apura, primero encontré el acero que no dude en picar de inmediato y tomarlo, era la pieza principal de esta arma. A diferencia del hierro el oro no se anuncia con vetas claras ni con resistencia se esconde, como los cobardes y como los supervivientes. Cuando lo encontré, fue por el brillo tenue bajo la capa de roca húmeda, un destello discreto, casi tímido. Sonreí apenas. No por avaricia, sino por reconocimiento, no cualquiera merece ser arrancado de la tierra.
 
Extraje el mineral con cuidado, separando la ganga a mano siempre que pude. El oro no necesita violencia, necesita paciencia. Mis dedos terminaron cubiertos de polvo brillante, y por un momento pensé en lo absurdo que era, un gyojin enorme, marcado por cicatrices y pérdidas, arrodillado como un artesano viejo, tratando al metal como si fuera frágil. Tal vez lo era, tal vez yo también, cargué el mineral en silencio y emprendí el regreso a la forja sin detenerme, sintiendo cómo el peso no estaba en la espalda, sino en lo que vendría después, llevaba claramente mucho más acero que oro, el oro solo lo necesitaba para una capa externa que le diera una vista más hermosa al arma.
 
La fundición fue lenta. El oro se derrite con facilidad, pero eso no lo hace sencillo, preparé el crisol, limpié cada herramienta dos veces y aparté cualquier resto de acero del área, no iba a contaminarlo al principio, cuando el metal empezó a licuarse, tomó ese tono dorado profundo, casi vivo, como si el fuego lo hubiera despertado, me quedé observando, inmóvil. El calor me quemaba la piel, pero no retrocedí, forjar no es solo moldear metal, es demostrarle que no le tienes miedo, aproveché para mezclar el acero ya fundido con el brillante oro que se fundía.
Vertí la mezcla fundida en los moldes iniciales con pulso firme, creando los lingotes base que luego trabajarían la forma del arma. No era suficiente con que fuera dorada, tenía que ser funcional. El filo de un hacha no perdona errores, y menos cuando el material tiende a ceder, por eso, mezclé el oro con una aleación precisa, la justa para darle cuerpo sin apagar su esencia. MacLarey observaba desde lejos, sin decir palabra, sabía que, si hablaba, lo mandaría al demonio, esto era entre el metal y yo.
 
Cuando los bloques estuvieron listos, comenzó el verdadero trabajo, calenté la pieza principal hasta que la aleación tomó un tono casi anaranjado y la llevé al yunque. El primer golpe resonó distinto, más suave, más hueco, era momento de ajustar la fuerza. El oro no soporta la brutalidad, se quiebra si lo humillas. Moldeé la hoja con golpes constantes, controlados, dejando que el filo naciera poco a poco, no buscaba agresividad, sino equilibrio. Un hacha no es solo para partir, es una extensión del cuerpo de quien la empuña. El mango fue otra historia, no iba a hacerlo completamente dorado, sería un error, forjé el núcleo con acero reforzado, luego lo recubrí con láminas de oro trabajadas a mano, soldadas una a una, ajustadas hasta que no quedara holgura, cada unión fue revisada, enfriada, revisada de nuevo hasta que mis brazos dolían, mis manos temblaban apenas, pero no me detuve. Detenerse a medias es la forma más rápida de arruinar algo o de arruinarse a uno mismo.
 
El templado fue preciso, demasiado rápido y el oro se deformaría, demasiado lento y perdería filo, conté los segundos en mi cabeza, respirando al ritmo del vapor cuando sumergí la hoja y el siseo llenó la forja y, por un instante, todo quedó en silencio, cuando saqué el arma, aún humeante, sentí ese peso particular en el pecho, no era orgullo, era responsabilidad. Pasé horas puliendo, ajustando, corrigiendo imperfecciones mínimas que nadie más notaría, el brillo final no fue exagerado, no me interesa llamar la atención con reflejos vacíos. El oro brillaba porque debía hacerlo, no para presumir. Al final, apoyé el hacha sobre la mesa de trabajo y me senté frente a ella, exhausto. La miré largo rato, era sólida, era honesta. No prometía salvación ni justicia, solo cumplir su función cuando fuera necesario.
 
—Eso es todo.— murmuré, más para mí que para nadie. No le puse nombre, no aún, hay armas que se bautizan solas, con el tiempo y la sangre correcta aunque probablemente el enano que me pidió el trabajo ya tuviera un nombre para el arma, apagué entonces el fuego, limpié mis manos y me quedé allí un rato más, escuchando cómo la forja se enfriaba lentamente.
 
Me quedé sentado frente al yunque, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el arma ya terminada. El cansancio se me había metido en los huesos, uno de esos agotamientos que no se van durmiendo, pero tampoco me molestaba. Era una prueba silenciosa de que había hecho lo que debía. Afuera, el viento de primavera se colaba por las rendijas de la forja y hacía crujir la madera vieja, trayendo consigo el murmullo lejano del pueblo que seguía con su vida sin notar la mía. Pensé en lo fácil que sería desaparecer otra vez, marcharme antes del amanecer y dejar esto atrás, como tantas veces hice antes, pero algo me mantuvo allí, anclado al calor residual del horno y al olor del metal trabajado. Quizá era simple terquedad, o quizá era la necesidad de recordarme que todavía podía terminar lo que empezaba. Cuando finalmente me puse de pie, mi cuerpo protestó, pero mi mente estaba extrañamente calmada. Mañana entregaría el arma al enano, escucharía lo justo y me iría sin más, porque ese hombrecito únicamente sabe hablarle mal a los demás, pero no podía rechazar un trabajo, al menos hoy, había creado algo con mis manos y eso, por un instante, fue suficiente para silenciar el resto.

Infobox
  Responder


Mensajes en este tema
Entre Minerales y Forja II [Fic Recolección y Creación] - por Tensui Marlin - 12-01-2026, 09:11 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)