13-01-2026, 04:29 PM
Bai estaba encantada con Han.
Ciertamente no era el pistolero más rápido del lugar —y por pistolero entendamos inteligente—, pero sí uno de los más tenaces que había visto en su vida. No por nada continuaba resistiendo aquellos golpes mentales que eran las palabras en su idioma. Incluso diría que los soportaba mejor que la última vez que tuvo que pelear contra algo, que, recordemos, ocurrió en Cabos Gemelos y requirió cierto grado de auxilio apresurado.
Además, su felicidad era contagiosa.
Aunque tuvo que chistarle para que bajara un poco el volumen, ella también se sentía henchida de felicidad. Al fin y al cabo, ¿quién no lo estaría si un arqueólogo estuviera descifrando su idioma? Ya solo faltaba pasar de dos a tres palabras y, luego, a todo un idioma completo.
Nada que Han no pudiera hacer.
Sobre todo si seguía poniendo el mismo empeño que en el preciso instante en el que le pidió a Bai que escogiera entre tres dibujos para terminar de asimilar la palabra lápiz.
—Ruguasku —señaló el lapicero, repitiendo la palabra.
Acto seguido, decidió ir un paso más allá.
—Ja-to ru-guas-ku —repitió lentamente—. Ruguasku, ruguasku, ruguasku —añadió, señalando el dibujo varias veces, como si el lápiz hubiera decidido olvidar quién era o tuviera miedo de olvidarse de cómo se llamaba.
Fue entonces cuando su estómago rugió.
¿Y qué tenía que ver una cosa con la otra?
Nada. Al menos, aparentemente.
Pero como la mente de Bai era cualquier cosa menos aparente, su inconsciente había decidido seguir el siguiente hilo durante casi —entendiendo por casi todo aquel momento en el que no estuviera centrada en Han— toda la reunión: ¿se habrá dado cuenta Han de que muerdo los lápices? Espero que no. Entonces, ¿por qué escogió una manzana? Claro, debe pensar que por mi altura siempre tengo hambre. Pero no siempre tengo hambre… Bueno, si descontamos el momento después de despertar, entrenar, comer, tomar algo a media tarde, cenar y el postcena que hago para aguantar las ocho horas durmiendo.
Y, al final, llegó a una conclusión lógica e inevitable: Mierda, ahora sí tengo hambre.
—Manzana —dijo Bai, saliendo del pequeño trance en el que se había sumido durante unos segundos.
Se tocó la barriga y le preguntó a Han:
—¿Manzana?
Luego negó con la cabeza.
—No manzaaaaaaana.
Acompañó la frase moviendo la cabeza de un lado a otro y haciendo un gesto amplio con las manos, como si acabara de descartar una cantidad alarmante de fruta.
—Manzana.
Y, finalmente, se limitó a señalar la manzana.
Quizá no se entendieran a la perfección, pero Bai supuso que, si Han había sido capaz de deducir todo lo anterior, también entendería esto:
el primer manzana era un «tengo hambre»,
el segundo un «¿tienes hambre?»,
el tercero, abusando ligeramente del concepto, un «no mucha hambre»,
y el cuarto, ya con total descaro semántico, un «solo tanta como cabe en una manzana».
Le pareció un sistema claro.
Y, sobre todo, razonable.
Ciertamente no era el pistolero más rápido del lugar —y por pistolero entendamos inteligente—, pero sí uno de los más tenaces que había visto en su vida. No por nada continuaba resistiendo aquellos golpes mentales que eran las palabras en su idioma. Incluso diría que los soportaba mejor que la última vez que tuvo que pelear contra algo, que, recordemos, ocurrió en Cabos Gemelos y requirió cierto grado de auxilio apresurado.
Además, su felicidad era contagiosa.
Aunque tuvo que chistarle para que bajara un poco el volumen, ella también se sentía henchida de felicidad. Al fin y al cabo, ¿quién no lo estaría si un arqueólogo estuviera descifrando su idioma? Ya solo faltaba pasar de dos a tres palabras y, luego, a todo un idioma completo.
Nada que Han no pudiera hacer.
Sobre todo si seguía poniendo el mismo empeño que en el preciso instante en el que le pidió a Bai que escogiera entre tres dibujos para terminar de asimilar la palabra lápiz.
—Ruguasku —señaló el lapicero, repitiendo la palabra.
Acto seguido, decidió ir un paso más allá.
—Ja-to ru-guas-ku —repitió lentamente—. Ruguasku, ruguasku, ruguasku —añadió, señalando el dibujo varias veces, como si el lápiz hubiera decidido olvidar quién era o tuviera miedo de olvidarse de cómo se llamaba.
Fue entonces cuando su estómago rugió.
¿Y qué tenía que ver una cosa con la otra?
Nada. Al menos, aparentemente.
Pero como la mente de Bai era cualquier cosa menos aparente, su inconsciente había decidido seguir el siguiente hilo durante casi —entendiendo por casi todo aquel momento en el que no estuviera centrada en Han— toda la reunión: ¿se habrá dado cuenta Han de que muerdo los lápices? Espero que no. Entonces, ¿por qué escogió una manzana? Claro, debe pensar que por mi altura siempre tengo hambre. Pero no siempre tengo hambre… Bueno, si descontamos el momento después de despertar, entrenar, comer, tomar algo a media tarde, cenar y el postcena que hago para aguantar las ocho horas durmiendo.
Y, al final, llegó a una conclusión lógica e inevitable: Mierda, ahora sí tengo hambre.
—Manzana —dijo Bai, saliendo del pequeño trance en el que se había sumido durante unos segundos.
Se tocó la barriga y le preguntó a Han:
—¿Manzana?
Luego negó con la cabeza.
—No manzaaaaaaana.
Acompañó la frase moviendo la cabeza de un lado a otro y haciendo un gesto amplio con las manos, como si acabara de descartar una cantidad alarmante de fruta.
—Manzana.
Y, finalmente, se limitó a señalar la manzana.
Quizá no se entendieran a la perfección, pero Bai supuso que, si Han había sido capaz de deducir todo lo anterior, también entendería esto:
el primer manzana era un «tengo hambre»,
el segundo un «¿tienes hambre?»,
el tercero, abusando ligeramente del concepto, un «no mucha hambre»,
y el cuarto, ya con total descaro semántico, un «solo tanta como cabe en una manzana».
Le pareció un sistema claro.
Y, sobre todo, razonable.
