Entre minerales y forja II [FIC Recolección y Creación]
#1
Día 25 de Primavera, año 17
South Blue | Samba | Reino de Samba


Hace unos días recibí un encargo de alguien difícil de ignorar, incluso aunque uno quisiera. Un tontatta que se hacía llamar Lázaro. Pequeño como una chispa, ruidoso como un martillo mal puesto y con una boca tan sucia como el fondo de una sentina. Su orgullo, en cambio, era descomunal, al menos cien veces más grande que su propio cuerpo, y eso ya es decir bastante. Aun así, acepté el trabajo. No porque me cayera bien, ni porque confiara en él, sino porque necesitaba mantener las manos ocupadas y la cabeza lejos de lugares donde no debía entrar. Además, el encargo no era sencillo, y eso siempre ha sido suficiente para captar mi atención.
 
Necesitaba un hacha con especificaciones muy concretas, pensada para su tamaño, su fuerza y su forma de pelear. Nada genérico, nada improvisado, un arma hecha a medida, como deben hacerse las cosas que realmente importan. Así que al despuntar el día, antes de que el frío terminara de calarse en los huesos, me levanté y me puse manos a la obra. No hubo dudas ni palabras de más, volví a las minas, al mismo silencio de siempre, al mismo olor a tierra y metal. Si iba a forjar un hacha digna, debía empezar por lo básico, acero de buena calidad, porque no importa quién empuñe el arma ni cuán grande sea su orgullo, una hoja mal nacida siempre termina traicionando a su dueño.
 
He aprendido a tratar el metal incluso antes de que llegue a la forja, porque todo empieza aquí, en la mina, en el primer golpe contra la roca. Este es el primer proceso, el más honesto. Con el pico bien afirmado entre las manos comencé a excavar, buscando una veta que realmente valiera la pena, no cualquier resto mediocre que se quiebra al primer calentamiento. Tenía que exigirme a mí mismo tanto como el cliente lo había hecho con su encargo, no por él, sino por el oficio. Forjar algo a medias siempre deja una marca, y yo ya cargo con suficientes cicatrices como para añadir una más por descuido.
 
Cada impacto contra la pared de piedra era una prueba de paciencia y criterio, observaba el color, la textura, la resistencia del mineral, escuchaba el sonido que devolvía la roca al ser golpeada. El buen metal responde distinto, tiene un peso y una vibración propios, como si avisara que está listo para algo más que oxidarse bajo tierra, buscaba justamente eso, una veta que pudiera sostener la idea de un hacha hecha a la altura del prospecto, algo que no se doblegara ni ante el uso ni ante el tiempo. No estaba allí solo para extraer acero, estaba allí para asegurarme de que, desde su nacimiento, esa arma tuviera la dignidad suficiente para existir.
 
Después de horas de trabajo constante, con los brazos pesados y las manos entumecidas por el golpe repetido, di finalmente con lo que consideré las mejores vetas para la forja de esa hacha. No eran las más abundantes, pero sí las más puras, densas y bien formadas. El tipo de acero que no pide permiso para resistir. El tontatta debería estar más que satisfecho; no todos los días alguien se toma la molestia de pasar medio día arrancándole a la tierra el material correcto solo para cumplir un encargo, pero yo no trabajo de otra forma. Si voy a crear algo, será bien hecho o no será.
 
Aun así, sabía que el proceso estaba lejos de terminar. El metal es el cuerpo del arma, sí, pero no lo es todo. Un hacha necesita equilibrio, agarre, respuesta, y para eso hacía falta madera de calidad, bien curada, y cuero resistente para el mango. Así que cargué el acero con cuidado y dejé atrás la mina, cambiando el olor a piedra húmeda por el del bosque cercano. Ahora tocaba buscar un buen tronco y un cuero digno, porque una hoja excelente montada sobre un mango mediocre no es más que una decepción esperando el primer uso.

Anazoma era el lugar perfecto para ambas cosas. Allí la selva no se dejaba domar con facilidad, y precisamente por eso ofrecía lo que buscaba, árboles fuertes, de fibra cerrada, y animales con cuero grueso, curtido por una vida dura. Caminé entre la arboleda con calma, dejando que mis pasos se mezclaran con los sonidos del lugar. No tenía prisa, elegir mal aquí significaría arrastrar ese error hasta la forja, y yo no cargo fallos ajenos ni propios si puedo evitarlos.
 
Me detuve frente a varios troncos, uno por uno. Apoyaba la palma, luego la oreja, y golpeaba con los nudillos, escuchando la respuesta de la madera. Un árbol sano habla claro, uno enfermo suena hueco, cansado, como un cuerpo que ya decidió rendirse. Repetí el proceso tres o cuatro veces, descartando sin dudar. Hasta que finalmente lo encontré, un árbol alto, recto, firme. El golpe devolvió un sonido seco y profundo que para mí era confiable. Asentí en silencio, no había nada más que discutir, tomé el hacha, marqué el primer corte y comencé a trabajar. Cada golpe fue limpio, medido, hasta que el árbol cedió con un crujido grave, la madera era la correcta, lo supe incluso antes de verla caer.
 
Era buena madera, lo supe desde el primer corte. Cuando el tronco cayó al suelo no perdí tiempo en contemplarlo, quedarse quieto en lugares como este es una invitación a problemas innecesarios. Si algo he aprendido con los años es que, cuando uno se interna lejos del pueblo, lo inteligente es salir con todo lo que va a necesitar y un poco más, volver por descuido es una pérdida de tiempo o algo peor. Ajusté el agarre de mis herramientas y comencé a seccionar el tronco con calma, pero sin pausa. Cortes precisos, limpios, pensados desde antes de ejecutarse. Separé los segmentos que sabía que servirían para el mango del hacha, piezas rectas, sin nudos traicioneros, con la fibra alineada como debe estar en un arma que va a recibir impactos constantes. Cada trozo lo revisé con atención, pasando los dedos por la veta, asegurándome de que resistiría el uso y el abuso. Cuando terminé, los guardé en el bolso que había preparado exclusivamente para este encargo. Todo tenía su lugar, todo tenía su propósito, no me iría de Anazoma hasta saber que esta parte del trabajo estaba bien hecha.

Ahora tocaba la parte que menos me entusiasmaba, pero que era igual de necesaria, cazar. No por placer, nunca por eso, sino porque una buena arma exige materiales honestos, y el cuero no se consigue rezando. Mientras avanzaba entre la maleza, repasé mentalmente las opciones que ofrecía la selva de Anazoma. Había bestias más grandes, más peligrosas incluso, pero no todas servían para lo que necesitaba. Mi elección fue clara casi desde el inicio, un jabalí salvaje. Son animales duros, tercos, resistentes, y su cuero refleja exactamente eso. Grueso, flexible cuando se trabaja bien, capaz de soportar tensión constante sin ceder. Justo lo que debía envolver un mango pensado para el combate y el uso prolongado. Me moví en silencio, atento al terreno, dejando que el instinto hiciera su parte, no había orgullo en la caza, sólo respeto. Si iba a tomar la vida de una criatura, sería para darle un propósito, no para desperdiciarla.
 
Cuando por fin di con uno, no hubo duda ni vacilación. Mi cuerpo reaccionó antes que cualquier pensamiento inútil. Me dejé caer y me sumergí en la tierra gracias a mi Akuma no Mi, nadando a través del terreno como si fuera agua densa y silenciosa. Sentí la vibración pesada del animal sobre mí, su peso, su respiración brusca, y calculé el punto exacto. Entonces emergí de golpe, impulsándome hacia arriba, y con una sola estocada limpia atravesé su cabeza. El estoque entró directo al cerebro, fue inmediato. No hubo gritos, no hubo huida, no hubo sufrimiento. Así debe hacerse, porque no vine a jugar a ser depredador, vine a cumplir una necesidad, y eso exige respeto incluso en la muerte.
 
Me quedé un instante inmóvil, con la mano apoyada sobre el cuerpo ya sin vida, murmurando una disculpa silenciosa que nadie más escucharía. Luego saqué el cuchillo y trabajé con calma, como he hecho toda mi vida. Separé la piel con cuidado, sin desgarrarla, sin desperdiciar nada. Cada corte tenía un propósito claro. Una vez retirada, comencé el proceso inicial de curtirla allí mismo, limpiándola, retirando restos innecesarios, preparándola para lo que vendría después. No era un acto rápido ni elegante, pero sí necesario. Ese cuero sostendría el mango de un arma hecha para durar, y si iba a empuñarse con intención, debía nacer de un trabajo honesto, hecho con manos firmes y sin mentiras.


Momentos después regresé a la forja con todo lo necesario a cuestas. El peso no me molestaba, estaba acostumbrado a cargar cosas más pesadas que el hierro y el cuero. El resto del día, y la noche entera después, los pasé allí dentro, bajo el resplandor incansable del fuego, dejando que el mundo exterior desapareciera por completo. Para mí ya no existían la isla, ni la selva, ni el tontatta con su lengua afilada y su orgullo desmedido. Sólo existía el yunque, el martillo y el metal incandescente esperando obedecer. Forjé esa hacha con una paciencia casi devota, como si cada golpe fuera una conversación silenciosa entre el acero y mis manos. Calenté, martillé, enfrié y volví a empezar tantas veces como fue necesario, sin apresurar nada. El mango tomó forma poco a poco, la madera aceptando el refuerzo del cuero curtido, firme pero dócil, hecha para no resbalar ni ceder. La hoja, en cambio, exigía respeto, la trabajé hasta que el filo respondió como debía, sólido, equilibrado, sin una sola debilidad que pudiera traicionar a quien la empuñara.
 
No me arrepentí ni un segundo. Conseguí cada material por mis propios medios y dejé horas de mi vida bajo ese calor abrasador, tratando a esa creación como si fuera algo vivo, algo que debía nacer bien o no nacer en absoluto. Tal vez su dueño jamás lo sabría, pero esa hacha no era sólo un encargo cumplido; era una prueba de que aún podía crear sin destruirme en el proceso.

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Entre minerales y forja II [FIC Recolección y Creación] - por Tensui Marlin - 13-01-2026, 05:08 PM

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