13-01-2026, 11:26 PM
La respuesta a su pregunta llegó de una voz nueva, también femenina, cuyo tono reclamó su atención. Enji alzó una ceja y la vio acercarse. Una mujer bajita y esbelta. Cabellos oscuros aplacados en una coleta reflejaban la luz de las antorchas, convertida en un destello verde. Verde musgo. Ojos violáceos, morados, venenosos. Últimamente se había amigado con ese color, y en ella se veía bien. Armonizaba.
—Por supuesto, enana —Sus labios se curvaron en una sonrisa afilada, depredadora. Mostraba los dientes blancos como un cazador enseña los colmillos, flagrante de confianza y seguridad para sonreír así—. Arroz con mayonesa y un poco de atún. Es la comida de los ganadores.
Una comida barata, también. La opción predilecta en épocas de escasez, cuando el vicio era más importante que la cena y tenía los pulmones tan negros como vacía la panza. Una cosa del pasado, quería creer. Seguía siendo una chimenea, pero ahora comía cuatro veces al día gracias al sueldo de marine. Una grandísima mejora.
—Sabe a mayonesa y atún. —Se encogió de hombros, sacó el cigarrillo de su boca y exhaló mientras lo tenía bien atenazado entre índice y pulgar—. Y sin atún, sabe solo a mayonesa.
El escrutinio de cada uno sobre el otro nacía de raíces distintas, casi opuestas. Enji miraba de arriba abajo sin prestar atención a los detalles de la musculatura, la avidez de la mirada o las intenciones profundas, ocultas en la voz, los gestos sutiles, la postura. No. Enji analizaba la superficie. Lo externo. Y no se molestaba lo más mínimo en ocultarlo. Lo reflejaban sus ojos, brillantes bajo el crepitar de la madera y la resina encendida. La admiración lasciva, primitiva y animal.
En ese contexto, su sonrisa no puede hacer más que ensancharse cuando la distancia se acorta y el espacio individual se convierte en uno compartido.
—Oh, para nada. —A la provocación respondió inclinándose de la misma forma. Curvó la espalda e inclinó la cabeza, los ojos grandes y el cabello lacio cayendo entre ellos—. Está justo aquí. ¿No la ves?
Levantó el bollo de tela que sostenía en la mano izquierda. Tela blanca.
—Eh, Ford —llamó—. Sal a saludar.
Un maullido sonó mientras, de fondo, la multitud se concentraba en el movimiento del caldero, que ataron con gruesas sogas a un sistema de poleas e hicieron elevar hasta la cima del torreón de madera. El bollo se removió, temblando sobre la mano de Enji y frente al rostro de Yuqi. Se inclinó a un lado, luego al otro y finalmente se abrió, la tela cayendo a cada lado para revelar una figura pequeña, blanca y cuyos ojos azules, brillantes como pulidos zafiros, se fijaron en la desconocida con curiosidad. Las puntiagudas orejas se mantenían erguidas, atentas, y sus patitas hundidas en la tela para cubrirlas del frío.
Ford miró a Yuqi y volvió a maullar.
—¿Lo ves, enana? Mi camiseta está a buen recaudo. —Estiró las manos a los costados y alzó los hombros—. No significa que me la vaya a poner. El clima es encantador, ¿no te parece? Fresquito y seco.
—Por supuesto, enana —Sus labios se curvaron en una sonrisa afilada, depredadora. Mostraba los dientes blancos como un cazador enseña los colmillos, flagrante de confianza y seguridad para sonreír así—. Arroz con mayonesa y un poco de atún. Es la comida de los ganadores.
Una comida barata, también. La opción predilecta en épocas de escasez, cuando el vicio era más importante que la cena y tenía los pulmones tan negros como vacía la panza. Una cosa del pasado, quería creer. Seguía siendo una chimenea, pero ahora comía cuatro veces al día gracias al sueldo de marine. Una grandísima mejora.
—Sabe a mayonesa y atún. —Se encogió de hombros, sacó el cigarrillo de su boca y exhaló mientras lo tenía bien atenazado entre índice y pulgar—. Y sin atún, sabe solo a mayonesa.
El escrutinio de cada uno sobre el otro nacía de raíces distintas, casi opuestas. Enji miraba de arriba abajo sin prestar atención a los detalles de la musculatura, la avidez de la mirada o las intenciones profundas, ocultas en la voz, los gestos sutiles, la postura. No. Enji analizaba la superficie. Lo externo. Y no se molestaba lo más mínimo en ocultarlo. Lo reflejaban sus ojos, brillantes bajo el crepitar de la madera y la resina encendida. La admiración lasciva, primitiva y animal.
En ese contexto, su sonrisa no puede hacer más que ensancharse cuando la distancia se acorta y el espacio individual se convierte en uno compartido.
—Oh, para nada. —A la provocación respondió inclinándose de la misma forma. Curvó la espalda e inclinó la cabeza, los ojos grandes y el cabello lacio cayendo entre ellos—. Está justo aquí. ¿No la ves?
Levantó el bollo de tela que sostenía en la mano izquierda. Tela blanca.
—Eh, Ford —llamó—. Sal a saludar.
Un maullido sonó mientras, de fondo, la multitud se concentraba en el movimiento del caldero, que ataron con gruesas sogas a un sistema de poleas e hicieron elevar hasta la cima del torreón de madera. El bollo se removió, temblando sobre la mano de Enji y frente al rostro de Yuqi. Se inclinó a un lado, luego al otro y finalmente se abrió, la tela cayendo a cada lado para revelar una figura pequeña, blanca y cuyos ojos azules, brillantes como pulidos zafiros, se fijaron en la desconocida con curiosidad. Las puntiagudas orejas se mantenían erguidas, atentas, y sus patitas hundidas en la tela para cubrirlas del frío.
Ford miró a Yuqi y volvió a maullar.
—¿Lo ves, enana? Mi camiseta está a buen recaudo. —Estiró las manos a los costados y alzó los hombros—. No significa que me la vaya a poner. El clima es encantador, ¿no te parece? Fresquito y seco.
