13-01-2026, 11:29 PM
El sol brillaba placenteramente en Little Garden. La isla, aunque había demostrado ser peligrosa, y hasta cierto punto traicionera, era un paraíso, a su propio y único modo. La vida natural era exuberante y novedosa para Kibai, que no había podido resistirse a salir a dar una vuelta por los alrededores del lugar dónde el Royal Quiver había sido atracado. Para evitar que le retrasase al moverse, optó por dejar su capa de Marine al lado de su hamaca dentro de la bodega del barco, aunque no fue tan inconsciente de olvidar las protecciones para las piernas que había adquirido en su paso por Whiskey Peak, ni por su puesto a Raimei, aunque en esta ocasión el mink se desabrochó el cinturón para cruzarlo a su espalda y que la empuñadura de la espada sobresaliese por encima de su hombro derecho, facilitándole el acceso a ella con una leve sacudida de la vaina.
Tras recoger una bolsa de cuero por si se encontraba algo decente que echar a la olla en su pequeña exploración, Kibai se despidió de sus compañeros y se internó en la jungla cercana.
Apenas unos pocos pasos hacia el interior de aquel mar de verdor, y Kibai ya había perdido de vista al Royal Quiver, viéndose inundado por una marabunta de olores y sonidos, cada uno más extraño que el anterior. No obstante, su instinto parecía estar celebrando a gritos el volver a estar solo en medio de la selva. Con una sonrisa, Kibai aumentó el ritmo a un trote lento y, tras comprobar la posición del sol para calcular las horas que le quedaban, dio un salto hacia uno de los árboles, decidiendo que era mucho más sabio dentro de lo que cabía no mantenerse al nivel del suelo.
Tras un par de horas en las que pudo hacerse con algunas hierbas que despedían un buen olor al estrujarlas y unas cuantas frutas y bayas silvestres, el talante de Kibai empezó a buscar otra cosa, algo que todo depredador querría conseguir: una presa. Movido por su instinto, buscó el árbol más alto que pudo encontrar y escaló rapidamente hasta su copa, escudriñando la aparentemente sempiterna superficie vegetal hasta que dio exactamente con lo que buscaba: el hueco revelador que delataba la presencia de un rio. Y un río siempre significaba animales. Kibai se giró hacia el cielo para volver a calcular las horas restantes del día, y saltó a la copa más cercana en dirección al río.
Sin embargo, a medio camino un gran griterío captó su atención, un girigay de chillidos agudos simiescos. Kibai frenó su paso, venteando el aire que soplaba en su dirección. Soprendido, le llegó un abundante olor a sangre animal, unido a un aroma mucho más familiar.
¿Moja? ¿Qué demonios estaba haciendo su compañero allí? Se suponía que tenía que estar reparando el barco. Frunciendo el entrecejo, Kibai cambió de dirección en medio de su salto de árbol a árbol apoyándose en el tronco del mismo, y se dirigió hacia dónde había captado el olor a sangre. A medida que se acercaba, el olor no solamente se hizo más intenso, sino que se juntó con otro olor también característico, el del humo de una fogata.
"Tal vez se haya encontrado con algún otro descarriado de los Cabos Gemelos" pensó Kibai. Fuere lo que fuere, estaba claro que había habido problemas.
Tras unos minutos más, una nueva ráfaga de viento le azotó el rostro, haciendo que el mink se detuviese en seco. Un fuerte olor almizclado, uno que no pudo identificar exactamente pero que se podía hacer una idea de lo que era le inundó, junto con otro mucho más alarmante: el de la sangre de Moja.
Definitivamente, había habido problemas.
Kibai cambió su postura para apoyarse en sus cuatro extremidades y se lanzó hacia delante a toda velocidad, dejándose guiar plenamente por su olfato para poder rastrear a su compañero. A sabiendas de que el aroma había olfateado era característico de una bestia de gran tamaño, y que aquello sin duda podía representar un problema, orientó su carrera para situarse siempre con el viento soplando hacia su dirección, para evitar que lo que fuese que estuviese atacando a su compañero le oliese antes de llegar.
Al cabo de un breve rato, la jungla enfrente de los ojos de Kibai se abrió a un claro de tamaño mediano. Deteniendo su avance, Kibai se acuclilló para disimular su presencia en la medida de lo posible y estudió la situación que se visulbraba entre la vegetación. en el claro se podía observar un campamento firmemente instalado entre lo que parecían unas ruinas compuestas de piedras talladas, aunque sin albergar algún tipo de actividad en aquel momento. En un extremo, una enorme jaula abierta daba a entender que allí había habido (o estaba previsto que hubiese) algo de gran tamaño, y a juzgar por los barrotes, también de gran fuerza. Enfrente de él, un enorme simio de pelaje naranja se alzaba enfrente de Moja. Ambos, simio y mink estaban heridos, aunque ninguna parecía de gravedad. Sacando a Raimei de la vaina, Kibai se mantuvo con el viento en contra y avanzó de tronco en tronco, tratando de posicionarse de la mejor manera para ayudar a su compañero.
Tras recoger una bolsa de cuero por si se encontraba algo decente que echar a la olla en su pequeña exploración, Kibai se despidió de sus compañeros y se internó en la jungla cercana.
Apenas unos pocos pasos hacia el interior de aquel mar de verdor, y Kibai ya había perdido de vista al Royal Quiver, viéndose inundado por una marabunta de olores y sonidos, cada uno más extraño que el anterior. No obstante, su instinto parecía estar celebrando a gritos el volver a estar solo en medio de la selva. Con una sonrisa, Kibai aumentó el ritmo a un trote lento y, tras comprobar la posición del sol para calcular las horas que le quedaban, dio un salto hacia uno de los árboles, decidiendo que era mucho más sabio dentro de lo que cabía no mantenerse al nivel del suelo.
Tras un par de horas en las que pudo hacerse con algunas hierbas que despedían un buen olor al estrujarlas y unas cuantas frutas y bayas silvestres, el talante de Kibai empezó a buscar otra cosa, algo que todo depredador querría conseguir: una presa. Movido por su instinto, buscó el árbol más alto que pudo encontrar y escaló rapidamente hasta su copa, escudriñando la aparentemente sempiterna superficie vegetal hasta que dio exactamente con lo que buscaba: el hueco revelador que delataba la presencia de un rio. Y un río siempre significaba animales. Kibai se giró hacia el cielo para volver a calcular las horas restantes del día, y saltó a la copa más cercana en dirección al río.
Sin embargo, a medio camino un gran griterío captó su atención, un girigay de chillidos agudos simiescos. Kibai frenó su paso, venteando el aire que soplaba en su dirección. Soprendido, le llegó un abundante olor a sangre animal, unido a un aroma mucho más familiar.
¿Moja? ¿Qué demonios estaba haciendo su compañero allí? Se suponía que tenía que estar reparando el barco. Frunciendo el entrecejo, Kibai cambió de dirección en medio de su salto de árbol a árbol apoyándose en el tronco del mismo, y se dirigió hacia dónde había captado el olor a sangre. A medida que se acercaba, el olor no solamente se hizo más intenso, sino que se juntó con otro olor también característico, el del humo de una fogata.
"Tal vez se haya encontrado con algún otro descarriado de los Cabos Gemelos" pensó Kibai. Fuere lo que fuere, estaba claro que había habido problemas.
Tras unos minutos más, una nueva ráfaga de viento le azotó el rostro, haciendo que el mink se detuviese en seco. Un fuerte olor almizclado, uno que no pudo identificar exactamente pero que se podía hacer una idea de lo que era le inundó, junto con otro mucho más alarmante: el de la sangre de Moja.
Definitivamente, había habido problemas.
Kibai cambió su postura para apoyarse en sus cuatro extremidades y se lanzó hacia delante a toda velocidad, dejándose guiar plenamente por su olfato para poder rastrear a su compañero. A sabiendas de que el aroma había olfateado era característico de una bestia de gran tamaño, y que aquello sin duda podía representar un problema, orientó su carrera para situarse siempre con el viento soplando hacia su dirección, para evitar que lo que fuese que estuviese atacando a su compañero le oliese antes de llegar.
Al cabo de un breve rato, la jungla enfrente de los ojos de Kibai se abrió a un claro de tamaño mediano. Deteniendo su avance, Kibai se acuclilló para disimular su presencia en la medida de lo posible y estudió la situación que se visulbraba entre la vegetación. en el claro se podía observar un campamento firmemente instalado entre lo que parecían unas ruinas compuestas de piedras talladas, aunque sin albergar algún tipo de actividad en aquel momento. En un extremo, una enorme jaula abierta daba a entender que allí había habido (o estaba previsto que hubiese) algo de gran tamaño, y a juzgar por los barrotes, también de gran fuerza. Enfrente de él, un enorme simio de pelaje naranja se alzaba enfrente de Moja. Ambos, simio y mink estaban heridos, aunque ninguna parecía de gravedad. Sacando a Raimei de la vaina, Kibai se mantuvo con el viento en contra y avanzó de tronco en tronco, tratando de posicionarse de la mejor manera para ayudar a su compañero.
La Caja de Pandora
