14-01-2026, 04:35 AM
(Última modificación: 14-01-2026, 04:37 AM por Ryota Miyamoto.)
Así fue como dio inicio el sanguinario enfrentamiento entre la humink y sus primos lejanos en la cadena evolutiva. La mujer actuó con rapidez, derribando a los primeros conejos que osaron atacarla por la espalda. Acto seguido, se reposicionó con un poderoso salto que tomó por sorpresa a quienes corrían hacia ella, obligándolos a desviar el curso de su embestida.
Casi pudieron sentir el impacto de sus pequeños puños contra la joven de cabellos blanquecinos, pero el estruendo del arma y el inconfundible aroma a pólvora los detuvieron en seco.
Ya reubicada en campo abierto, ella inició un tiroteo, tratando de abatir a la mayor cantidad de criaturas posible, sin poner en riesgo sus vidas. Lamentablemente, las armas son armas, y varias de las balas disparadas terminaron impactando en algunos conejos, mientras que otros quedaron heridos o paralizados por el miedo, reviviendo recuerdos trágicos del pasado.
Tal fue el miedo que les dio la hazaña de la humink, que algunos de ellos simplemente decidieron escapar en sentido contrario buscando alguna grieta por donde escabullirse para preservar la vida.
Finalizada su acometida, la mujer se posicionaba ahora tres metros delante de su última ubicación, quedando aún en campo abierto y apuntando su rifle hacia quien encabezaba a los conejos, después de que todos ellos fueron abatidos, asustados o muertos.
Las palabras de la mujer cayeron en oídos sordos. Para el conejo negro, lo que estaba pasando era que una humana había irrumpido en su madriguera y acribillado a sus hermanos con un arma de fuego, sin siquiera tener la decencia de enfrentarlos con sus propias garras.
Humanos… siempre iguales. Acaparando la jungla y el bosque, creyendo que todo les pertenece. Malditos seres cuya única intención parecía ser el exterminio de todo su pueblo.

“¡SQUIK SQUAK!”
Bramó, encolerizado, mientras se disparaba a toda velocidad contra la humink. Su cuerpo no fue más que un borrón negro que desapareció y reapareció en el espacio entre ambos, recorriendo apenas tres metros en un instante con su salto.
Aún se encontraba a seis metros de la mujer, abanicando su kanabo con furia, como si ese gesto pudiera permitir que sus cortas patitas alcanzaran más lejos de lo que su propia fisionomía le permitía.
Allí estaba, gruñendo como un desquiciado, agitando el arma en el aire y sin dejar de llorar, mientras su oponente conservaba la clara ventaja de la distancia e incluso tenía tiempo para reaccionar.
Malditos humanos, algún día temerán ante el poder de los conejos y su fina estirpe.
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