15-01-2026, 08:08 AM
Caos.
Inevitable caos.
Y, para los que piensan que tienen al toro agarrado por los cuernos, el caos suele ser desconcertante.
Las voces de los inocentes pasaron de simples murmullos a comentarios más elevados, a exclamaciones de asombro y alguno que otro grito que ya no pudo ser contenido por los que ahora, en lugar de estar formados en una fila para entrar a su propia calle, se dispersaron poco a poco, alejándose de la acción, algunos aprovechando de escapar considerando que los bandidos estaban un poco, por no decir “muy”, ocupados.
Todo fue demasiado rápido para que los hombres armados pudieran seguirle el juego al recién llegado y, por primera vez, en mucho tiempo, supieron que estaban perdidos. Alguien si supo cómo hacerles frente.
Y, luego de la demostración de poder, solo reinó un silencio que solo era interrumpido por las quejas de quienes de estar en la cima ahora pasaban a arrastrarse por el suelo, mientras que, los habitantes de aquella calle de mala muerte solo observaban atónitos al nuevo hombre que se proclamaba el líder de la calle.
¿Debían ir por el dinero y repartirlo como él decía?
Algunos tragaron saliva sin atreverse a acercarse aún, medían la distancia y miraban ansiosos hacia los lados, como si esperaran que la calma que acababa de imponer el muchacho pelinegro se rompiera de un momento a otro; sin embargo, para romper la tensión o, quizá para aumentarla más, fue la mujer del inicio la que se acercó a la mesa en donde estaba el chico, con pasos gráciles que sorteaban a los criminales en el piso.
—No tenemos como agradecerte por lo que has hecho...La verdad, creo que puedo hablar por todos cuando digo que, aunque quisiéramos darte algo material a cambio, por ahora, lo único que podemos darte es una advertencia —Los ojos de la muchacha, opacos como los de alguien que se ha cansado de vivir, se atrevieron a alzarse para mirar a las irises rojas de su “salvador”. —Vete, vete rápido, por favor…ellos no se van a quedar de brazos cruzados después de lo que pasó aquí —. Aunque ella habló en voz baja, la calle había quedado tan callada que sus palabras podían ser escuchadas por cualquiera que estuviera relativamente cerca.
—Le has dado un poco tarde el aviso —. A la voz, casi infantil, la acompañó el “flash” de una cámara que apuntaba directo hacia donde estaba el espadachín —. Ahora él sabrá quién fue el responsable de esto —. Un chico de no más de 15 años salió por una ventana, con una cámara colgada de su cuello y una sonrisa de oreja a oreja.
—Espero que estés contento —. El muchachito saltó hacia las cajas que estaban apiladas en la calle y con un movimiento ágil se deslizó hasta quedar al otro lado de la calle, desapareciendo por los callejones, mientras que, en la entrada de aquella desafortunada avenida, del edificio viejo que recibía a los lugareños, salieron nueve muchachos más. Ninguno se veía especialmente contento.
Uno chasqueó la lengua y, den den mushi en mano, miró de reojo a su compañero que salió corriendo con la cámara y decidió ir tras él, todo esto mientras hablaba con alguien del otro lado de la línea. Atrás de él fue otro muchachito que se veía mucho más joven que los dos primeros, solo quería retirarse del conflicto antes de que empeorara.
Entonces, cuando la distracción de segundos de los chicos corriendo hubo pasado, los que quedaron decidieron actuar antes de que los ánimos se enfriaran, antes de que fuera el pelinegro quien decidiera atacarlos primero.
La mujer que hizo antes la advertencia reprimió un grito y se apartó con rapidez cuando vio como uno de los hombres se lanzaba directamente hacia el chico que los había ayudado. Portaba un puñal en su mano que no temió en arrojar desde la distancia, probando suerte a ver si le daba al muchacho, mientras que, otro de los hombres se abalanzó también a la mesa para intentar recuperar los berries que el chico le había prometido a los afectados.
Los cinco que quedaban y que, por ahora, decidían no intervenir activamente en el conflicto, se acercaron para rodear la mesa. No podían dejar escapar a quién se había atrevido a burlarse de ellos. Quizá sus compañeros fueron débiles para enfrentarlo o, simplemente, los tomaron desprevenidos, pero ellos, desde las sombras, habían visto como el muchacho actuaba, eso debía servir de algo ¿O no?
—¡No dejen que escape! —Gritó el que parecía más viejo y que permanecía más alejado del círculo que el resto. —Nadie de afuera se mete en los asuntos de nuestra calle y se va como si nada y recuperen ese dinero ¡Debemos entregarlo hoy o saben lo que pasará!
Léeme, por favor, yo importo
