15-01-2026, 11:29 AM
(Última modificación: 15-01-2026, 11:30 AM por Varoganchin.
Razón: Color al diálogo
)
Desde niño, siempre me había enfrascado en la lectura. No solía leer libros fantásticos, ni tampoco románticos. Mis lecturas se centraban más en libros históricos o de investigación. En los textos que se encontraban en la sección prohibida de la biblioteca en la que crecí. Esos mismos que los ancianos decía que solo me traerían problemas. Tal vez fuera porque nunca sentí que los libros para niños de mi edad me estimulasen, o porque leer acerca de esas cosas podía ayudarme a entender de qué hablaban mis padres tras sus expediciones, pero siempre me absorbía la lectura sobre pueblos antiguos y sus culturas. Tanto era así, que apenas pude percibir el crujir de la hojarasca que se producía al otro lado del claro.
Una enorme figura se levantaba unos metros ante mi. Desde el suelo se levantaban dos piernas gruesas, robustas, como dos columnas de músculo. Una de ellas poseía una cicatriz, lo cual me hizo pensar que el aspecto de guerrera no era solo una fachada. Poseía un torso amplio, musculoso como toda ella. Su piel, oscura, parecía reflejar la luz del sol, salvo en las zonas donde unos extraños dibujos tribales decoraban sus brazos. Mi cuerpo se estremeció al ver aparecer alguien con ese aspecto de luchadora y su estatura de unos cuatro metros. Mis músculos tensos, listos para actuar en caso de ser necesario.
La mujer continuó avanzando con ritmo lento, pero sin preocuparse por permanecer oculta. Coloqué mis pies en el suelo, como si fuese a dar un salto, pero entonces lo vi. No era una mujer común. De su espalda colgaban dos alas negras, que junto a las líneas delicadas de su rostro, me hicieron pensar si es que acaso no se trataba de un ángel. No, no era eso. Estaba seguro de haber leído acerca de gente con alas; la gente de la luna.
Una enorme figura se levantaba unos metros ante mi. Desde el suelo se levantaban dos piernas gruesas, robustas, como dos columnas de músculo. Una de ellas poseía una cicatriz, lo cual me hizo pensar que el aspecto de guerrera no era solo una fachada. Poseía un torso amplio, musculoso como toda ella. Su piel, oscura, parecía reflejar la luz del sol, salvo en las zonas donde unos extraños dibujos tribales decoraban sus brazos. Mi cuerpo se estremeció al ver aparecer alguien con ese aspecto de luchadora y su estatura de unos cuatro metros. Mis músculos tensos, listos para actuar en caso de ser necesario.
La mujer continuó avanzando con ritmo lento, pero sin preocuparse por permanecer oculta. Coloqué mis pies en el suelo, como si fuese a dar un salto, pero entonces lo vi. No era una mujer común. De su espalda colgaban dos alas negras, que junto a las líneas delicadas de su rostro, me hicieron pensar si es que acaso no se trataba de un ángel. No, no era eso. Estaba seguro de haber leído acerca de gente con alas; la gente de la luna.
Habló y me hizo un gesto que me dejó claro que lo que había llamado su atención no era yo, ni nada que pudiese poseer. El fruto de su ensimismamiento no era otro que mi libro. Pese a su aspecto rudo, parecía que aquella mujer compartía más conmigo que los brutos de las tabernas en la ciudad. Me levanté despacio, con la precaución de quién se ve inferior, de quién se siente vulnerable. Ella tropezó con las piedras de mi hoguera. Las pavesas saltaron por todas partes. Por suerte, ni la carne ni el maíz, ya casi listos, acabaron en el suelo.
Ella levantó su mirada desde el fuego. Despacio, con movimientos medidos. Y se disculpó. No fue hasta ese momento en el que me di cuenta. Ella no estaba hablando la lengua común. Ni siquiera lo hacía en otra de las más habituales. Aún así, podía entender lo que decía. Debía de haber leído sobre su lengua en alguno de mis libros. No estaba seguro. Solo sé que pedía perdón por haber tropezado con mi hoguera.
—Tranquila, no te preocupes —dije utilizando la lengua común—. Por suerte, la comida sigue intacta. Solo habrá que soplar un poco la ceniza.
Deshice el abrazo que tenía sobre mi libro y lo extendí hacia su dirección, pues parecía que le había llamado la atención mi lectura.
—¿Lo conoces? —pregunté mostrando la portada—. No he visto mucha gente que lo haya leído. Ni siquiera que le parezca interesante —añadí mostrando una sonrisa.
—¿Lo conoces? —pregunté mostrando la portada—. No he visto mucha gente que lo haya leído. Ni siquiera que le parezca interesante —añadí mostrando una sonrisa.
