15-01-2026, 03:28 PM
Elara sentía que el mundo se le iba de las manos, todo pasaba muy rápido y de forma caótica. Estaba en el suelo y el vidrio roto le cortaba las rodillas, era un dolor que quemaba pero no podía pensar en eso ahora porque ver a Owen libre era lo único que le importaba. Owen estaba ahí, sangrando de las manos y respirando mal por la culpa de ese tipo, y a Elara se le rompió algo por dentro. Sus alas se abrieron de golpe, soltando plumas por todos lados en ese sótano que olía horrible a tabaco y a miedo.
— ¡O-Owen! ¡Tus manos! ¡Están sangrando mucho por mi culpa, nee~ ! — gritó ella casi sin aire, sintiéndose la persona más estúpida del mundo por haber dejado que las cosas llegaran a esto.
Ver a su amigo sonreír con esos colmillos incluso estando herido le dio una fuerza extraña. Se agarró al arpa esa de color turquesa y se dio cuenta de que no era madera normal, vibraba raro, como si tuviera vida propia y le estuviera pidiendo que hiciera algo ya. No sabía si era un arma o un instrumento pero le daba igual, era lo único que tenía para defenderse de ese demonio.
— ¡No sé qué es esto, Owen! ¡Pero me dice que lo use, nee~! — le contestó toda nerviosa, con las lágrimas chorreando por la cara porque no podía parar de llorar del susto que tenía encima.
Titlán daba mucho miedo, se le marcaba una vena en la frente que era horrible y la miraba como si fuera un bicho, pero Owen ya estaba saltando y moviéndose como un lince. Elara no podía creer que en un momento así él estuviera pensando en comida, en gyozas, pero eso era tan "él" que le dio un poquito de esperanza entre tanto desastre.
— ¡Comeremos todas las que quieras! ¡Pero por favor no te mueras, nee~ ! — exclamó Elara intentando ponerse de pie sobre los cristales que hacían un ruido feo bajo sus pies.
Le dolía todo pero se aguantó. Extendió las alas para no caerse y puso toda su fuerza en tensar la cuerda del arpa verde. El sonido que hizo fue súper fuerte, como una nota musical que retumbaba en todo el cuarto y le ponía los pelos de punta. Sus ojos verdes se fijaron en la espalda de ese monstruo, justo cuando Owen le dio la patada y lo hizo fallar. Era su oportunidad y no podía desperdiciarla porque Owen estaba jugándose la vida por ella.
— ¡He dicho que nos dejes en paz! ¡Suéltalo ya, monstruo, nee~ ! — gritó con todas sus fuerzas, casi quedándose afónica.
Soltó la cuerda y sintió un quemazón en los dedos pero no le importó nada. La flecha salió volando por el aire cortando la tensión y el humo. Elara se quedó ahí parada, temblando como una hoja y casi cayéndose de espaldas contra la cama, pero con los ojos bien abiertos. Solo quería que esto terminara de una vez y que pudieran salir de aquí para comer esas gyozas y curar las manos de Owen que no paraban de sangrar. ¡Tenía que darle, por favor que le diera!
— ¡O-Owen! ¡Tus manos! ¡Están sangrando mucho por mi culpa, nee~ ! — gritó ella casi sin aire, sintiéndose la persona más estúpida del mundo por haber dejado que las cosas llegaran a esto.
Ver a su amigo sonreír con esos colmillos incluso estando herido le dio una fuerza extraña. Se agarró al arpa esa de color turquesa y se dio cuenta de que no era madera normal, vibraba raro, como si tuviera vida propia y le estuviera pidiendo que hiciera algo ya. No sabía si era un arma o un instrumento pero le daba igual, era lo único que tenía para defenderse de ese demonio.
— ¡No sé qué es esto, Owen! ¡Pero me dice que lo use, nee~! — le contestó toda nerviosa, con las lágrimas chorreando por la cara porque no podía parar de llorar del susto que tenía encima.
Titlán daba mucho miedo, se le marcaba una vena en la frente que era horrible y la miraba como si fuera un bicho, pero Owen ya estaba saltando y moviéndose como un lince. Elara no podía creer que en un momento así él estuviera pensando en comida, en gyozas, pero eso era tan "él" que le dio un poquito de esperanza entre tanto desastre.
— ¡Comeremos todas las que quieras! ¡Pero por favor no te mueras, nee~ ! — exclamó Elara intentando ponerse de pie sobre los cristales que hacían un ruido feo bajo sus pies.
Le dolía todo pero se aguantó. Extendió las alas para no caerse y puso toda su fuerza en tensar la cuerda del arpa verde. El sonido que hizo fue súper fuerte, como una nota musical que retumbaba en todo el cuarto y le ponía los pelos de punta. Sus ojos verdes se fijaron en la espalda de ese monstruo, justo cuando Owen le dio la patada y lo hizo fallar. Era su oportunidad y no podía desperdiciarla porque Owen estaba jugándose la vida por ella.
— ¡He dicho que nos dejes en paz! ¡Suéltalo ya, monstruo, nee~ ! — gritó con todas sus fuerzas, casi quedándose afónica.
Soltó la cuerda y sintió un quemazón en los dedos pero no le importó nada. La flecha salió volando por el aire cortando la tensión y el humo. Elara se quedó ahí parada, temblando como una hoja y casi cayéndose de espaldas contra la cama, pero con los ojos bien abiertos. Solo quería que esto terminara de una vez y que pudieran salir de aquí para comer esas gyozas y curar las manos de Owen que no paraban de sangrar. ¡Tenía que darle, por favor que le diera!
