Un prisionero justo [AV. T2] [Presente Abs.]
#1
Dia 30 de primavera del año 17
South Blue | Baterilla | Puerto principal

Notificación Oficial

Carta para el lider de la División 93


La isla de Baterilla emergía del mar como una joya tropical discreta, rodeada por aguas cálidas y corrientes traicioneras. Desde la distancia, el primer elemento visible era el Faro de Baquella, erguido sobre un acantilado de roca clara, con su estructura blanca y su cúpula naranja brillando bajo el sol matinal. Su luz, apagada durante el día, parecía observar en silencio cada embarcación que se aproximaba, como si la isla misma evaluara a quienes osaban pisar su costa.
 
El puerto principal del pueblo de Baquella bullía con una actividad contenida. Barcos pesqueros de madera descansaban amarrados, algunos con redes aún húmedas colgando de sus mástiles, otros siendo descargados por pescadores curtidos por el sol y la sal. El aire estaba cargado del olor a pescado fresco, madera mojada y salitre. Gaviotas sobrevolaban el muelle, disputándose restos invisibles mientras sus graznidos se mezclaban con el sonido del agua golpeando contra los pilotes. A pesar de la apariencia tranquila del pueblo, la presencia de la Marina era imposible de ignorar, soldados rasos patrullaban el muelle en parejas, con armas reglamentarias y uniformes impecables, mientras un sargento supervisaba las operaciones desde una posición elevada, observando tanto a los civiles como al mar. Más atrás, cerca del camino empedrado que conducía al interior del pueblo, se alzaba el cuartel de la Marina, una edificación sobria pero sólida, construida para resistir tanto el clima como posibles disturbios.
 
No muy lejos del muelle, destacaba una estructura que rompía con la modestia general del pueblo, el Banco de Goldreich, un complejo de gran tamaño para una isla tan pequeña. Sus muros reforzados y su diseño funcional contrastaban con las viviendas blancas de tejados naranjas que lo rodeaban. Decenas de trabajadores entraban y salían por turnos, custodiados discretamente por personal de seguridad privada y observados, a distancia, por la Marina local. El banco era un recordatorio silencioso de que Baterilla, aunque humilde en apariencia, tenía un valor estratégico que iba más allá de la pesca.
 
En uno de los extremos del puerto, un barco de la Marina permanecía atracado, claramente distinto a las embarcaciones civiles. Su casco limpio, su bandera ondeando con firmeza y la disciplina visible en su tripulación dejaban claro que no se trataba de una visita rutinaria. Varias cajas selladas habían sido descargadas previamente y trasladadas al cuartel, pero la atención de los oficiales no estaba puesta en la carga, sino en un único prisionero. El prisionero, custodiado por varios soldados marines, permanecía encadenado con grilletes reforzados y un dispositivo de seguridad adicional claramente diseñado para limitar sus capacidades. Su identidad no había sido anunciada públicamente, pero los rumores corrían como pólvora entre los habitantes del pueblo, algunos susurraban que se trataba de un criminal de alto valor, otros que su captura había costado demasiadas vidas como para ser un simple pirata. Lo único seguro era que su traslado no sería sencillo.
 
La orden era clara, el prisionero debía ser entregado en el puerto secundario de la isla, al otro lado de Baterilla, donde un grupo de Cipher Pol aguardaba para hacerse cargo del traslado definitivo. Sin embargo, no existía una ruta marítima directa y segura entre ambos puntos. Las corrientes, los arrecifes y la falta de infraestructura obligaban a realizar el trayecto por tierra, atravesando la jungla que rodeaba el volcán de Baterilla. Más allá del último conjunto de casas del pueblo, el paisaje cambiaba de forma abrupta. Los caminos empedrados daban paso a senderos de tierra, flanqueados por palmeras altas y una vegetación cada vez más densa. El sonido del mar se desvanecía poco a poco, sustituido por el canto de aves tropicales, el zumbido constante de insectos y el crujir ocasional de ramas movidas por animales invisibles. La jungla parecía viva, observando cada paso que se daba en su interior.
 
Dominando el corazón de la isla se alzaba el volcán de Baterilla, una colosal montaña de más de dos mil metros de altura. Sus laderas, cubiertas de vegetación exuberante, ocultaban antiguos ríos de lava solidificada y cavernas formadas hace siglos. Aunque oficialmente estaba catalogado como inactivo, emanaba una presencia inquietante, como un gigante dormido que jamás debía ser perturbado. En ciertos puntos del camino, el suelo se sentía cálido bajo las botas, y pequeñas columnas de vapor escapaban de grietas naturales, recordando que el volcán no estaba del todo muerto. La ruta hacia el puerto secundario no era un camino formal, sino una sucesión de senderos utilizados ocasionalmente por pescadores, exploradores y personal autorizado del banco. Puentes improvisados de madera cruzaban riachuelos ocultos bajo el follaje, y claros naturales ofrecían breves respiros antes de volver a internarse en la espesura. Era un terreno ideal para emboscadas, accidentes o encuentros inesperados.
 
Mientras tanto, en el extremo opuesto de la isla, el puerto secundario permanecía en una tensa calma. Mucho más pequeño y menos desarrollado que el principal, consistía en un muelle de piedra y madera, con apenas unas pocas edificaciones de apoyo. Allí, varias figuras vestidas de negro aguardaban en silencio, agentes de Cipher Pol, inmóviles como estatuas, con la mirada fija en el sendero que emergía de la jungla. No hablaban, no gesticulaban, no mostraban impaciencia, su sola presencia imponía una presión invisible sobre el lugar. Todo estaba dispuesto, la escolta debía partir.

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Un prisionero justo [AV. T2] [Presente Abs.] - por Tensui Marlin - 15-01-2026, 06:26 PM

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