15-01-2026, 11:45 PM
Vi de reojo como la mesera se alejaba con ese bonito trasero, daba pasitos inseguros y apresurados, como si temiera de algo o del mismo suelo que puede tragársela si se llega a detener, y ante esa imagen, me arrancó una pequeña sonrisa y pena, era tan solo una mujer que intentaba trabajar para ganarse algunas monedas, aunque en este mundo para mi esa forma de ser me causaba desinterés. No podía no pretender que los dos presentes me causaban mucha curiosidad y cierta extraña atracción. Dejé escapar un suspiro, soltando así la tensión mínima que tenía en el cuerpo, tras lo cual volví la mirada hacia el resto del hermoso lugar, mis ojos volvieron a las mesas, y entonces, bajé los pies de la mesa donde había estado sentada como si fuera mi lugar, mi territorio, mi trono. Apoyé los pies en el suelo y me incorporé sin brusquedad, y antes de abandonar la mesa tomé la silla en la que había estado sentada, la sujeté con ambas manos, levantándola apenas lo necesario para no arrastrarla por el suelo, no tenía ni unas ganas de escuchar ese ruido chirriante, al menos esto era algo que me habían repetido hasta el cansancio en la iglesia de por aquí, que no se arrastran las cosas, que eso es de mala educación, y me hicieron repetir el levantar una mesa de un lugar a otro hasta que aprendí… lo adherí y ahora era una costumbre.
Pero dejé el botín…
Así, con la silla, caminé a la mesa donde se encontraba el hombre del palo que lo tomaba y lo movía, ese movimiento me causaba una sensación extraña, como… ¿cuando va a usarlo?, ¿qué tan largo es?, etc… Ahí coloque la silla, apoyando las patas del suelo sin golpearlas, para luego sentarme con las piernas cruzadas, con una leve inclinación hacia la dirección donde se encontraba la mujer con alas. Una vez instalada, me los quedé observándolos de nuevo, una sonrisa se dibujo en mi rostro, una más normal, tal vez, la verdad es que no se como me veo, no tengo un espejo… pero intentaba ser amable. —Cill… Styx… Ese botín es un pecado— dije pronunciando sus nombres y negando con la cabeza —¿De donde son?— Pregunté dejando caer mis codos sobre la mesa y apoye mi rostro en la palma de mis manos. —Espero que les guste lo que pedí, es gratis…—. Seguía con la sonrisa y el mismo tono de voz, aunque les mentía. No era gratis, no sabía cuanto costaba, solo no era una mujer que pagara las cosas así… era una molestia tener tantas monedas.
En un momento la mesera volvió. Apareció frente a la mesa en la que compartimos y esta vez ya menos nerviosa pasa a mi lado para entregarme lo que más estaba esperando, un sombrero, sin decirme ni una palabra me entregó el objeto y yo lo tomé, sin volver a molestarla —Graćias, que hermoso sombrero, es como de las películas donde disparan y montan caballos— Me coloqué el sombrero y gracias a esto metí mi cabello rubio dentro, por si acaso… si las monjas de la iglesia me vienen a buscar, así no me podrían reconocer… Luego la mesera pasó al lado del hombre del palo —Señor, ¿había pedido un cenicero, verdad? Aquí lo tiene— Preguntó la señorita mientras dejaba la cosa en la superficie de la mesa, al frente de él.
Pero dejé el botín…
Así, con la silla, caminé a la mesa donde se encontraba el hombre del palo que lo tomaba y lo movía, ese movimiento me causaba una sensación extraña, como… ¿cuando va a usarlo?, ¿qué tan largo es?, etc… Ahí coloque la silla, apoyando las patas del suelo sin golpearlas, para luego sentarme con las piernas cruzadas, con una leve inclinación hacia la dirección donde se encontraba la mujer con alas. Una vez instalada, me los quedé observándolos de nuevo, una sonrisa se dibujo en mi rostro, una más normal, tal vez, la verdad es que no se como me veo, no tengo un espejo… pero intentaba ser amable. —Cill… Styx… Ese botín es un pecado— dije pronunciando sus nombres y negando con la cabeza —¿De donde son?— Pregunté dejando caer mis codos sobre la mesa y apoye mi rostro en la palma de mis manos. —Espero que les guste lo que pedí, es gratis…—. Seguía con la sonrisa y el mismo tono de voz, aunque les mentía. No era gratis, no sabía cuanto costaba, solo no era una mujer que pagara las cosas así… era una molestia tener tantas monedas.
En un momento la mesera volvió. Apareció frente a la mesa en la que compartimos y esta vez ya menos nerviosa pasa a mi lado para entregarme lo que más estaba esperando, un sombrero, sin decirme ni una palabra me entregó el objeto y yo lo tomé, sin volver a molestarla —Graćias, que hermoso sombrero, es como de las películas donde disparan y montan caballos— Me coloqué el sombrero y gracias a esto metí mi cabello rubio dentro, por si acaso… si las monjas de la iglesia me vienen a buscar, así no me podrían reconocer… Luego la mesera pasó al lado del hombre del palo —Señor, ¿había pedido un cenicero, verdad? Aquí lo tiene— Preguntó la señorita mientras dejaba la cosa en la superficie de la mesa, al frente de él.
