16-01-2026, 12:39 AM
¿Por qué no empezamos esto con una verdad?
Yuqi no quiere estar ahí.
Cualquier lugar en el mundo hubiese preferido, antes de pisar la pulcra y brillante superficie que la recibe. Es solo la antesala a cada lujo que se deja descubrir con cada paso que la adentra más al lugar. De cada objeto, el olor a dinero se desprende e invade sus fosas nasales, aunque gusto no le trae, sino todo lo contrario. Desagrado en su pecho, sonrisa en su cara; ¿no es esa una contradicción? Una de las tantas que a su ser lo conforma, como a su vida.
Curioso debería resultar que odiase a los ricos, pero que viviese a base de ellos y sus estúpidos encargos. No es que de su contraparte la historia resultase diferente: fingiendo aguantarla, pese a pertenecer a ese montón que les desagradaba, solo hasta que dejase de ser útil. Sentires correspondidos, al final. Una realidad del mundo, el funcionamiento básico del mismo: unos utilizando a otros. Por supuesto, incluso en un tema como ese, los niveles existían: nadie era igual a otro, no todos poseían los mismos derechos, más cuando estos se decidían en base a lo que se tenía y lo que no.
El escenario en el que se encuentra, todo lo que la rodea, no hace más que dejárselo claro. Porque sí, por mucho que se cuestione qué tipo de persona será su jefe ese día, consciente es de que puede pasar sobre el resto solo por su dinero. Aunque no en su totalidad, ¿verdad? Por algo está allí ella: para cazar a los que él no puede.
En cuanto hace acto de presencia ante ella, comprende tanto. Por su boca, el respeto escapa, en forma de un suspiro que es primo lejano de la risa. Una media sonrisa, burlona, se ha dibujado en sus labios al alzarse. No importan las consecuencias, no ahora. Irreal luce todo: un enano dándole órdenes.
Aplastarlo sin ningún asco, eso es lo que imagina; en cambio, asiente a sus palabras y los dientes muestra. No parece divertido él, pero ¿qué le importa? El mapa del tesoro en sus manos ya se encuentra.
Qué calor de mierda, eso es lo único que puede pensar. No es que demasiada tela cubra el cuerpo de la fémina en esos momentos, tomando en cuenta la isla en la que termina por caer. Aun así, es insoportable.
En ese reino ha ubicado, más rápido de lo que creyó, a sus objetivos. Demasiado inteligentes no son, tampoco silenciosos. Resulta gracioso cuán fácil aquellos que han ayudado con lo robado han sido los primeros en delatarlos, todo por un ligero intercambio. Quizá por eso no siempre te debías permitir ser generoso con los demás; no todos pagaban con la misma moneda e incluso te cambiarían si les ofrecían un poco más.
Qué estúpidos.
Tan ruidosos como estos piratas solo pueden serlo, se hacen notar desde la distancia. Ha llamado su atención el ruido, ha sido su guía, y allí está ella, oculta entre las verdes y grandes hojas de los árboles. Felicidad en sus rostros, botellas en sus manos. Es fácil unir hilos y acertar al pensar que no están en su óptimo estado. Se siente como hacer trampa; sin embargo, la cazadora nunca ha jugado limpio.
Sí, un juego. Eso es lo que es.
Sigilosa, sus pies tocan tierra y sus dedos se deslizan por la corteza de los árboles que la rodean. Paso a paso, la distancia se elimina; por otro lado, las risas, los gritos y festejos se asientan cada vez más fuerte en sus oídos. Y los acompaña en su alegría: sonríe. Cuando los rostros ajenos puede ver a la perfección, las comisuras de su boca se alzan y una curva forman. Ella también está feliz, ¿lo pueden notar los otros? Porque pronto su presencia no puede ser ignorada por algunos.
—¿Qué hacen tan lejos? No podrán divertirse desde esa distancia —Así que es ella quien decide tomar el mando de la situación al abandonar por completo el escondite formado de árboles. Su cuerpo completo se deja ver, aunque sus manos, a la espalda, se encuentran sosteniendo algo—. A las chicas nos gustan más directos —Como si fuera una invitación, y lo es. ¿Quién la rechazará?— . Más cercanos.
El menos tonto, el menos influenciado por el alcohol en sus manos, es quien más rápido toma consciencia y busca golpearla torpemente con lo primero que a sus manos llega: una botella de vidrio, rota. ¿No es tierno? Que se acerque a ella a toda velocidad, ignorando el peligro y su propia situación. Ternura que termina en burla, pues la mujer no tarda en usar la hoja inferior de su arma para provocar la caída seca del cuerpo del hombre al apuntar a sus pies.
Brota la sangre, brota la confusión.
—Si estás muy borracho, no deberías correr así —Filosas sus palabras, tanto como lo son las puntas que se clavan cerca al rostro del hombre que en el suelo reposa. Un par de centímetros lo han salvado de que pierda la piel de su rostro, y es que es el temor que muestra lo que a ella le encanta—. Te lastimarás.
Ese es el punto de todo: divertirse.
Bienvenido es el resto para unirse, pues, de la nada, esa selva se ha convertido en su patio de juegos.
El carmín que ensucia el verdor de la superficie alerta, provoca a la acción antes que a la huida. ¿No es extraño cómo funciona el pánico? Obligando a un par de hombres a que en su dirección vayan, metiéndose en su espacio hasta que no pudieron, pues al arma ha vuelto a sus manos y el largo es lo que utiliza para mantener la distancia.
—¿Tan rápido quieren unirse? —Les dará el placer, entonces. El tridente no ha tardado en ir en medio de los dos hombres, clavándose en sus hombros con fuerza para obligarlos a retroceder, y los quejidos son la muestra de que lo ha logrado a la perfección.
No es suficiente para ella.
Nunca es suficiente.
—¿Dónde están a quiénes ayudaron? ¿Pueden llamarlos? —Silencio es lo que recibe, y eso dice más que cualquier palabra. No todos sostienen su mirada e, inconscientemente, algunos cuerpos se atreven a retroceder. ¿Es valentía lo que los mantiene en ese lugar?
¿O es miedo?
Ladeando la cabeza es que los examina; sus ojos violetas no desean perder por nada del mundo a estos individuos. Peones torpes, entretenidos. ¿De dónde vendrá el siguiente movimiento? ¿De aquel que levanta una pistola en su dirección? La lengua pasea por su labio inferior y lo humedece, agrandando su sonrisa.
—Anda, hazlo.
El silencio que hace minutos se ha roto, completamente destrozado queda por el estampido tan repentino. Se disipa el aire húmedo con la bala, y víctima no encuentra. Ha dudado demasiado el tirador, segundos que la peliverde ha aprovechado para moverse. En la maleza, el proyectil se ha perdido, y, en respuesta, el extremo inferior del tridente dibuja un arco bajo. La hoja curva impacta detrás de la rodilla del atacante; sin embargo, sangre no trae, sino una caída. Un grito se deja escuchar y no sabe a qué atribuirlo. ¿Al dolor del impacto o a la pistola que de sus manos escapa?
—Qué torpe.
El desorden ha comenzado.
Un paso, luego otro; se borra el espacio entre ella y ellos mientras el asta se convierte en una perfecta extensión de su cuerpo. Un barrido amplio obliga a dos a retroceder, y eso provoca un segundo movimiento. Las raíces expuestas se encargan de hacer tropezar a uno, ¿y el otro? Un impacto directo recibe en el abdomen. Ella le roba el aire y de rodillas lo deja.
¿Cómo se han mantenido por tanto tiempo vivos estos tipos? ¿Cómo han logrado tantas fechorías? De su interrogatorio mental es sacada cuando un espadazo va dirigido a su costado. El filo retenido se ve por una de las puntas del tridente; luego, un giro de muñeca brusco es lo que al hombre deja vulnerable cuando la hoja es desviada. Predecible sería ir por el pecho, así que nuevamente va al hombro: el siguiente golpe impacta y el suelo es quien recibe al cuerpo, del cual ahora un brazo inútil cuelga.
—¿Ahora quiénes son los asustados? —Les recuerda sus palabras, caminando entre ellos sin temor alguno. Eso no significa descuido, porque un segundo hará la diferencia, sobre todo cuando ahora son dos más quienes intentan rodearla—. Soy más del uno a uno.
Y fiel a sus palabras es. Una sien golpea primero la vara, luego otra. La firmeza necesaria ha colocado en cada golpe para apagar sus miradas. La consciencia se ha desvanecido y sus cuerpos también. Ante sus ojos, no son más que sacos mal arrojados.
Poco a poco, el “patio de juegos” se llena de cuerpos inmóviles, quejidos bajos, armas abandonadas. ¿Dónde están las risas? ¿Dónde están los bailes?
Se han extinguido por completo.
Al menos, han liberado todos los asientos, y ella en uno toma lugar. Un poco rupestre el tronco, pero es lo suficientemente cómodo para respirar hondo y mirar al cielo. ¿Qué sigue ahora? Sus ojos violetas recorren a los que aún respiran, asegurándose de que ninguno tenga fuerzas para ponerse en pie.
—¿Me acompañarán hasta que su capitán llegue, verdad? Sería descortés que no lo hiciesen.
Y ellos son caballeros, ¿cierto?
Lástima que ella no es una dama.
Yuqi no quiere estar ahí.
Cualquier lugar en el mundo hubiese preferido, antes de pisar la pulcra y brillante superficie que la recibe. Es solo la antesala a cada lujo que se deja descubrir con cada paso que la adentra más al lugar. De cada objeto, el olor a dinero se desprende e invade sus fosas nasales, aunque gusto no le trae, sino todo lo contrario. Desagrado en su pecho, sonrisa en su cara; ¿no es esa una contradicción? Una de las tantas que a su ser lo conforma, como a su vida.
Curioso debería resultar que odiase a los ricos, pero que viviese a base de ellos y sus estúpidos encargos. No es que de su contraparte la historia resultase diferente: fingiendo aguantarla, pese a pertenecer a ese montón que les desagradaba, solo hasta que dejase de ser útil. Sentires correspondidos, al final. Una realidad del mundo, el funcionamiento básico del mismo: unos utilizando a otros. Por supuesto, incluso en un tema como ese, los niveles existían: nadie era igual a otro, no todos poseían los mismos derechos, más cuando estos se decidían en base a lo que se tenía y lo que no.
El escenario en el que se encuentra, todo lo que la rodea, no hace más que dejárselo claro. Porque sí, por mucho que se cuestione qué tipo de persona será su jefe ese día, consciente es de que puede pasar sobre el resto solo por su dinero. Aunque no en su totalidad, ¿verdad? Por algo está allí ella: para cazar a los que él no puede.
En cuanto hace acto de presencia ante ella, comprende tanto. Por su boca, el respeto escapa, en forma de un suspiro que es primo lejano de la risa. Una media sonrisa, burlona, se ha dibujado en sus labios al alzarse. No importan las consecuencias, no ahora. Irreal luce todo: un enano dándole órdenes.
Aplastarlo sin ningún asco, eso es lo que imagina; en cambio, asiente a sus palabras y los dientes muestra. No parece divertido él, pero ¿qué le importa? El mapa del tesoro en sus manos ya se encuentra.
***
Qué calor de mierda, eso es lo único que puede pensar. No es que demasiada tela cubra el cuerpo de la fémina en esos momentos, tomando en cuenta la isla en la que termina por caer. Aun así, es insoportable.
En ese reino ha ubicado, más rápido de lo que creyó, a sus objetivos. Demasiado inteligentes no son, tampoco silenciosos. Resulta gracioso cuán fácil aquellos que han ayudado con lo robado han sido los primeros en delatarlos, todo por un ligero intercambio. Quizá por eso no siempre te debías permitir ser generoso con los demás; no todos pagaban con la misma moneda e incluso te cambiarían si les ofrecían un poco más.
Qué estúpidos.
Tan ruidosos como estos piratas solo pueden serlo, se hacen notar desde la distancia. Ha llamado su atención el ruido, ha sido su guía, y allí está ella, oculta entre las verdes y grandes hojas de los árboles. Felicidad en sus rostros, botellas en sus manos. Es fácil unir hilos y acertar al pensar que no están en su óptimo estado. Se siente como hacer trampa; sin embargo, la cazadora nunca ha jugado limpio.
Sí, un juego. Eso es lo que es.
Sigilosa, sus pies tocan tierra y sus dedos se deslizan por la corteza de los árboles que la rodean. Paso a paso, la distancia se elimina; por otro lado, las risas, los gritos y festejos se asientan cada vez más fuerte en sus oídos. Y los acompaña en su alegría: sonríe. Cuando los rostros ajenos puede ver a la perfección, las comisuras de su boca se alzan y una curva forman. Ella también está feliz, ¿lo pueden notar los otros? Porque pronto su presencia no puede ser ignorada por algunos.
—¿Qué hacen tan lejos? No podrán divertirse desde esa distancia —Así que es ella quien decide tomar el mando de la situación al abandonar por completo el escondite formado de árboles. Su cuerpo completo se deja ver, aunque sus manos, a la espalda, se encuentran sosteniendo algo—. A las chicas nos gustan más directos —Como si fuera una invitación, y lo es. ¿Quién la rechazará?— . Más cercanos.
El menos tonto, el menos influenciado por el alcohol en sus manos, es quien más rápido toma consciencia y busca golpearla torpemente con lo primero que a sus manos llega: una botella de vidrio, rota. ¿No es tierno? Que se acerque a ella a toda velocidad, ignorando el peligro y su propia situación. Ternura que termina en burla, pues la mujer no tarda en usar la hoja inferior de su arma para provocar la caída seca del cuerpo del hombre al apuntar a sus pies.
Brota la sangre, brota la confusión.
—Si estás muy borracho, no deberías correr así —Filosas sus palabras, tanto como lo son las puntas que se clavan cerca al rostro del hombre que en el suelo reposa. Un par de centímetros lo han salvado de que pierda la piel de su rostro, y es que es el temor que muestra lo que a ella le encanta—. Te lastimarás.
Ese es el punto de todo: divertirse.
Bienvenido es el resto para unirse, pues, de la nada, esa selva se ha convertido en su patio de juegos.
El carmín que ensucia el verdor de la superficie alerta, provoca a la acción antes que a la huida. ¿No es extraño cómo funciona el pánico? Obligando a un par de hombres a que en su dirección vayan, metiéndose en su espacio hasta que no pudieron, pues al arma ha vuelto a sus manos y el largo es lo que utiliza para mantener la distancia.
—¿Tan rápido quieren unirse? —Les dará el placer, entonces. El tridente no ha tardado en ir en medio de los dos hombres, clavándose en sus hombros con fuerza para obligarlos a retroceder, y los quejidos son la muestra de que lo ha logrado a la perfección.
No es suficiente para ella.
Nunca es suficiente.
—¿Dónde están a quiénes ayudaron? ¿Pueden llamarlos? —Silencio es lo que recibe, y eso dice más que cualquier palabra. No todos sostienen su mirada e, inconscientemente, algunos cuerpos se atreven a retroceder. ¿Es valentía lo que los mantiene en ese lugar?
¿O es miedo?
Ladeando la cabeza es que los examina; sus ojos violetas no desean perder por nada del mundo a estos individuos. Peones torpes, entretenidos. ¿De dónde vendrá el siguiente movimiento? ¿De aquel que levanta una pistola en su dirección? La lengua pasea por su labio inferior y lo humedece, agrandando su sonrisa.
—Anda, hazlo.
El silencio que hace minutos se ha roto, completamente destrozado queda por el estampido tan repentino. Se disipa el aire húmedo con la bala, y víctima no encuentra. Ha dudado demasiado el tirador, segundos que la peliverde ha aprovechado para moverse. En la maleza, el proyectil se ha perdido, y, en respuesta, el extremo inferior del tridente dibuja un arco bajo. La hoja curva impacta detrás de la rodilla del atacante; sin embargo, sangre no trae, sino una caída. Un grito se deja escuchar y no sabe a qué atribuirlo. ¿Al dolor del impacto o a la pistola que de sus manos escapa?
—Qué torpe.
El desorden ha comenzado.
Un paso, luego otro; se borra el espacio entre ella y ellos mientras el asta se convierte en una perfecta extensión de su cuerpo. Un barrido amplio obliga a dos a retroceder, y eso provoca un segundo movimiento. Las raíces expuestas se encargan de hacer tropezar a uno, ¿y el otro? Un impacto directo recibe en el abdomen. Ella le roba el aire y de rodillas lo deja.
¿Cómo se han mantenido por tanto tiempo vivos estos tipos? ¿Cómo han logrado tantas fechorías? De su interrogatorio mental es sacada cuando un espadazo va dirigido a su costado. El filo retenido se ve por una de las puntas del tridente; luego, un giro de muñeca brusco es lo que al hombre deja vulnerable cuando la hoja es desviada. Predecible sería ir por el pecho, así que nuevamente va al hombro: el siguiente golpe impacta y el suelo es quien recibe al cuerpo, del cual ahora un brazo inútil cuelga.
—¿Ahora quiénes son los asustados? —Les recuerda sus palabras, caminando entre ellos sin temor alguno. Eso no significa descuido, porque un segundo hará la diferencia, sobre todo cuando ahora son dos más quienes intentan rodearla—. Soy más del uno a uno.
Y fiel a sus palabras es. Una sien golpea primero la vara, luego otra. La firmeza necesaria ha colocado en cada golpe para apagar sus miradas. La consciencia se ha desvanecido y sus cuerpos también. Ante sus ojos, no son más que sacos mal arrojados.
Poco a poco, el “patio de juegos” se llena de cuerpos inmóviles, quejidos bajos, armas abandonadas. ¿Dónde están las risas? ¿Dónde están los bailes?
Se han extinguido por completo.
Al menos, han liberado todos los asientos, y ella en uno toma lugar. Un poco rupestre el tronco, pero es lo suficientemente cómodo para respirar hondo y mirar al cielo. ¿Qué sigue ahora? Sus ojos violetas recorren a los que aún respiran, asegurándose de que ninguno tenga fuerzas para ponerse en pie.
—¿Me acompañarán hasta que su capitán llegue, verdad? Sería descortés que no lo hiciesen.
Y ellos son caballeros, ¿cierto?
Lástima que ella no es una dama.
OFF-ROL
