La casualidad más larga [ Pasado | Ubbe | +18 ]
#7
Incliné apenas la cabeza para pasar por la puerta, un gesto automático aprendido a fuerza de medir espacios que nunca fueron pensados para cuerpos como el mío. El marco de madera quedó bajo, obligándome a agacharme un poco más de lo habitual; cuidé las alas por pura costumbre, plegándolas con precisión para que no rozaran los herrajes viejos. No fue incomodidad. Fue cálculo. La arquitectura siempre exigía ese pequeño acuerdo previo conmigo.

Una vez adentro, me enderecé despacio.

El interior del Ancla Vieja era amplio, más de lo que el frente prometía. Techo alto, vigas gruesas, paredes que habían visto pasar demasiados inviernos y seguían firmes, orgullosas en su desgaste. Había esa humedad salobre que se te mete en la ropa cuando el puerto queda cerca, pero no resultaba desagradable. Era el tipo de lugar que resistía porque había aprendido a hacerlo. Viejo, pero no débil.

— No está nada mal… — murmuré, más para mí que para él, aunque sabía que me estaba escuchando.

Avancé unos pasos y acomodé las alas detrás de mí con un movimiento suave, casi coreografiado. Sentí su presencia manteniéndose cercana y segura. Eso de “no estás perdida mientras estés conmigo” todavía me resonaba, y no me molestaba admitir —aunque fuera solo en silencio— que había algo reconfortante en esa certeza dicha sin grandilocuencia.

El mostrador estaba al fondo, atendido por una mujer mayor que nos observó tras de la porcelana que sujetaba bebiendo con atención práctica. Primero a Ubbe, después a mí. Su mirada se detuvo un segundo más de la cuenta en mis alas, en la altura, en la postura. Curiosidad... cálculo. Ningún rastro de miedo. Buenísimo.

Me acomodé la tiara y estiré la blusa pegada al pecho una vez me cambié de hombro la mochila, tintineando en el intermedio mis pulseras. Caminé hasta allí con paso tranquilo, consciente de cada apoyo del suelo bajo mis botas. Sabía que Ubbe me miraba; no lo necesitaba confirmar. Dejé que el vaivén natural de mi andar hiciera lo suyo, sin exagerarlo, sin disimularlo tampoco. Serenidad con intención.

— Buen día — saludé, con voz clara y educada.

Apoyé una mano sobre la madera del mostrador que me llegaba debajo de las rodillas e incliné el torso hacia adelante, lo suficiente para marcar presencia y abrir el juego visual sin caer en lo vulgar. La mujer alzó un poco más la vista, evaluando dimensiones y porte. Yo sostuve su mirada con una sonrisa amable, entrenada y heredada a la par.

— Busco una habitación por al menos tres noches — continué — Amplia. Con cama firme para un descanso real. Pago por adelantado si hace falta.

No fue exigencia ni alarde. Fue claridad. El comercio siempre había sido un idioma que entendía bien, uno que se hablaba mejor con los gestos correctos que con palabras de más. Mientras la doña revisaba un cuaderno gastado, aproveché para observar el lugar con ojo crítico: escaleras anchas, barandas sólidas, pasillos que no parecían angostarse por capricho. Podía moverme sin problemas. Eso importaba. Más de lo que Ubbe imaginaba.

— Tenemos habitaciones grandes en el ala norte — dijo al fin — Las usamos para huéspedes… especiales.

Asentí despacio — Perfecto. Me quedo con una de esas.

Saqué la bolsa con monedas y la dejé sonar apenas sobre la madera. Un tintinear suave, medido. Mientras cerrábamos el trato, giré la cabeza lo justo para mirar a Ubbe por encima del hombro. Mis ojos se le clavaron con una calma cargada de intención.

— Así que… — murmuré — ¿esto te parece que entraría en la categoría de “recordar con cariño” o lo vas a archivar entre esas cosas que decís haber olvidado?

La sonrisa que le dediqué fue lenta, divertida. No lo estaba apurando; desde que decidimos enlazar caminos es que lo ando midiendo.

La mujer deslizó la llave sobre el mostrador — Segunda puerta a la derecha, arriba.

— Muchas gracias — y tomé la llave. Era grande, pesada, de esas que se sienten bien reales y macizas en la mano. Me giré entonces hacia Ubbe, quedando a un paso. No lo toqué. No hizo falta.

— Mirá vos — dije en voz baja — Resulta que el sitio sí aguanta mi nivel.

Le recorrí la figura sin apuro, deteniéndome apenas donde sabía que él lo notaría. Después incliné la cabeza, acercándome lo suficiente para que solo él escuchara.

— Y si vas conmigo hasta el infierno… — añadí, retomando sus palabras con una sonrisa ladeada — más te vale que sepas decirme dónde queda tu cuarto. No me gusta perderme cuando las ideas se me ponen creativas. Es todo un tema.

Me enderecé antes de que respondiera. Pasé a su lado rozándolo apenas con el ala, un contacto breve, medido, deliberado. Sentí cómo el gesto quedaba flotando entre los dos, sin cerrarse del todo.

Empecé a subir las escaleras con paso firme, cada movimiento consciente, cada escalón una invitación silenciosa. No miré atrás enseguida. Dejé que me siguiera a su tiempo puesto que sabía que lo haría, traía mi valija de todos modos.

Necesitaba descansar. Asentarme unos días. Ordenar lo que venía. Pero también había elegido estar ahí con él por una razón más simple y más peligrosa: Ubbe era cómodo. Familiar de una forma que todavía no terminaba de encajar, pero que no me incomodaba ni temblaba el pulso en explorar.

Y si ese olvido suyo escondía algo más… bueno. Ya habría tiempo de recordarle lo necesario.
  Responder


Mensajes en este tema
RE: La casualidad más larga [ Pasado | Ubbe ] - por Asherah Bel-Nadin - 16-01-2026, 01:04 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 2 invitado(s)