17-01-2026, 02:58 AM
(Última modificación: 17-01-2026, 03:06 AM por Akira Raito.)
Los planos que tenía Akira eran más ¿simples de lo que pensaba? Si no hablábamos de edificios claro, y su primer trabajo individual con la madera había sido nada más y nada menos que el de reconstruir un puente. Los primeros días fueron más de enseñarle las propiedades de los materiales y cómo tratarlos con las herramientas. Los siguientes ya fueron los pesados, cargando tablas de un lado a otro y peleándose con los clavos… La vida marine, la vida mejor, ¿o era la vida pirata?
Aquel destrozo que hizo su amigo Juanito en el bar fue lo que hizo que los oficiales se fijaran en el rubio por bocazas, más que en su compañero de color rojo intenso y tres metros de alto, ¿tenía sentido? Ninguno, pero fue a él al que le adjudicaron el peor de los trabajos en la reconstrucción de aquel antro que olía a tabaco y tenía las paredes pegajosas llenas de mierda: estudiarse los planos.
Akira no era arquitecto ni pretendía serlo por el momento, pero las sabias palabras del superior encargado de explicarle aquellos trazos en el papel le hicieron adoptar una actitud más positiva ante el asunto—. Tú eres navegante, ¿no? Quién mejor que tu para tratar la madera de los barcos, tss —aquel reproche, sin duda, fue más que suficiente.
Estaba de vuelta al cuartel, con un lápiz en la oreja como buen albañil de obra, y un casco que le apretaba la cabeza de más debido a la gran densidad de pelo que tenía. Le faltaba la barriga cervecera, rascarse el ombligo y lanzarle un “guapa” a la primera mujer que se cruzara.
Por los pasillos le llegó el aviso de que tenía que reunirse con su división, que estaban a punto de realizar una de sus primeras misiones como grupo y que iban a estar en el punto de mira—. Prueba directa de la capacidad operativa… Interesante —leyó en la notificación oficial firmada por el teniente Gengar.
La misión se le hacía familiar, como si en una vida pasada hubiera tenido que hacer algo similar—. Traslado de un prisionero por vía terrestre… Espero que no vuelva a aparecer un chimpancé —se rio solo por un momento—. ¿Un chimpancé? ¿Por qué habré pensado eso? —el extraño pensamiento que se le cruzó al joven marine le hizo adoptar un rostro dubitativo al tiempo que se reunía con el resto de sus compañeros, pero sin darle mucha importancia, se ciñó al comunicado del teniente. Tenían un objetivo y debían alcanzarlo de manera exitosa.
—Hola chicos, ¿ya leísteis la notificación de la misión? Parece que va a ser divertido, un paseo con amigos dando una vuelta por la isla, ¿no? Si sacamos tiempo os enseño a hacer surf —saludó alegremente a Sigrid y a Juan.
—¿Cómo estamos? —respondió a Enji después de que le diera una palmada en la espalda, no le hizo mucha gracia que le llamara “Rubiales”, pero por esta vez se lo dejaría pasar. Solo Akira podía llamarse a sí mismo rubio… Su pelo era claramente de color dorado.
—¿Líder? ¡Toma ya Juan, eso es genial! ¿Significa que si rompemos cosas y le damos palizas a la gente nos ven con más respeto y autoridad? —le vaciló al crustáceo mientras hacía un gesto relajado, colocando las palmas hacia arriba a ambos lados del cuerpo y elevando ligeramente los hombros con un suspiro—. ¡Lo vas a hacer genial compañero, ya verás! —le animó justo antes de que leyera en voz alta, algo que claramente no debía haber leído en voz alta—. Tío Juan, la primera en la frente… —le pego una ligera patada con el lateral del pie en la espinilla, sin fuerza, pero a modo de toque de atención, como quien te da una palmada en el brazo o en la espalda.
—Bueno, dentro de lo malo, somos un equipo, mejor así… Nos evitamos sorpresas… —miró al resto de sus compañeros, a Enji, que cada vez tenía menos ropa, y a Sigrid, subiéndose a una caja de madera para que realmente se diera cuenta de que de verdad le estaba mirando a los ojos—. ¿No? —buscaba la aprobación los demás integrantes de la prometedora y gloriosa división 93. Esperaba de corazón que pudieran confiar los unos en los otros y no delatar a Juan—. Espera… ¿Será que es una prueba para que nos demostremos lealtad y confianza entre nosotros? —miró al cielo por un momento, la teoría tenía sentido, así que sonrió de nuevo. Pero mantuvo callado ese pensamiento, quería comprobar si había sido acertado.
Una vez en el puerto, un enorme barco con refuerzos metálicos y un casco pintado de color blanco y azul, como la bandera que representaban, la bandera de la gaviota con una llave inglesa, o al menos, eso creía Akira que llevaba el pájaro en la boca. Nunca entendió por qué, pero tampoco le importaba demasiado—. Pff, muchos berries… Vale muchos berries… Más que un ojo, un riñón —respondió a su amigo contemplando también la inmensidad del buque.
Pocos segundos después, un escuadrón de marines bien formados dejó entrever al prisionero del que se debían de hacer cargo. Marines con cara entre preocupación, asco y sorpresa, y es que, de nuevo, el sargento pervertido volvía a estar en calzoncillos. Y antes de que Sigrid se le adelantara, Akira le dio una colleja en el cogote con la palma de la mano—. Compórtate y guárdate las bolas tío, que hay niños delante —si tenía tanto calor podía esperarse a que diéramos el rodeo al volcán, pero habiendo niños en la plaza del puerto, que se fuera quedando en pelotas dejaba en muy mala posición a la Marina, y más aun teniendo en cuenta que era “sargento”.
Aquel destrozo que hizo su amigo Juanito en el bar fue lo que hizo que los oficiales se fijaran en el rubio por bocazas, más que en su compañero de color rojo intenso y tres metros de alto, ¿tenía sentido? Ninguno, pero fue a él al que le adjudicaron el peor de los trabajos en la reconstrucción de aquel antro que olía a tabaco y tenía las paredes pegajosas llenas de mierda: estudiarse los planos.
Akira no era arquitecto ni pretendía serlo por el momento, pero las sabias palabras del superior encargado de explicarle aquellos trazos en el papel le hicieron adoptar una actitud más positiva ante el asunto—. Tú eres navegante, ¿no? Quién mejor que tu para tratar la madera de los barcos, tss —aquel reproche, sin duda, fue más que suficiente.
Estaba de vuelta al cuartel, con un lápiz en la oreja como buen albañil de obra, y un casco que le apretaba la cabeza de más debido a la gran densidad de pelo que tenía. Le faltaba la barriga cervecera, rascarse el ombligo y lanzarle un “guapa” a la primera mujer que se cruzara.
Por los pasillos le llegó el aviso de que tenía que reunirse con su división, que estaban a punto de realizar una de sus primeras misiones como grupo y que iban a estar en el punto de mira—. Prueba directa de la capacidad operativa… Interesante —leyó en la notificación oficial firmada por el teniente Gengar.
La misión se le hacía familiar, como si en una vida pasada hubiera tenido que hacer algo similar—. Traslado de un prisionero por vía terrestre… Espero que no vuelva a aparecer un chimpancé —se rio solo por un momento—. ¿Un chimpancé? ¿Por qué habré pensado eso? —el extraño pensamiento que se le cruzó al joven marine le hizo adoptar un rostro dubitativo al tiempo que se reunía con el resto de sus compañeros, pero sin darle mucha importancia, se ciñó al comunicado del teniente. Tenían un objetivo y debían alcanzarlo de manera exitosa.
—Hola chicos, ¿ya leísteis la notificación de la misión? Parece que va a ser divertido, un paseo con amigos dando una vuelta por la isla, ¿no? Si sacamos tiempo os enseño a hacer surf —saludó alegremente a Sigrid y a Juan.
—¿Cómo estamos? —respondió a Enji después de que le diera una palmada en la espalda, no le hizo mucha gracia que le llamara “Rubiales”, pero por esta vez se lo dejaría pasar. Solo Akira podía llamarse a sí mismo rubio… Su pelo era claramente de color dorado.
—¿Líder? ¡Toma ya Juan, eso es genial! ¿Significa que si rompemos cosas y le damos palizas a la gente nos ven con más respeto y autoridad? —le vaciló al crustáceo mientras hacía un gesto relajado, colocando las palmas hacia arriba a ambos lados del cuerpo y elevando ligeramente los hombros con un suspiro—. ¡Lo vas a hacer genial compañero, ya verás! —le animó justo antes de que leyera en voz alta, algo que claramente no debía haber leído en voz alta—. Tío Juan, la primera en la frente… —le pego una ligera patada con el lateral del pie en la espinilla, sin fuerza, pero a modo de toque de atención, como quien te da una palmada en el brazo o en la espalda.
—Bueno, dentro de lo malo, somos un equipo, mejor así… Nos evitamos sorpresas… —miró al resto de sus compañeros, a Enji, que cada vez tenía menos ropa, y a Sigrid, subiéndose a una caja de madera para que realmente se diera cuenta de que de verdad le estaba mirando a los ojos—. ¿No? —buscaba la aprobación los demás integrantes de la prometedora y gloriosa división 93. Esperaba de corazón que pudieran confiar los unos en los otros y no delatar a Juan—. Espera… ¿Será que es una prueba para que nos demostremos lealtad y confianza entre nosotros? —miró al cielo por un momento, la teoría tenía sentido, así que sonrió de nuevo. Pero mantuvo callado ese pensamiento, quería comprobar si había sido acertado.
Una vez en el puerto, un enorme barco con refuerzos metálicos y un casco pintado de color blanco y azul, como la bandera que representaban, la bandera de la gaviota con una llave inglesa, o al menos, eso creía Akira que llevaba el pájaro en la boca. Nunca entendió por qué, pero tampoco le importaba demasiado—. Pff, muchos berries… Vale muchos berries… Más que un ojo, un riñón —respondió a su amigo contemplando también la inmensidad del buque.
Pocos segundos después, un escuadrón de marines bien formados dejó entrever al prisionero del que se debían de hacer cargo. Marines con cara entre preocupación, asco y sorpresa, y es que, de nuevo, el sargento pervertido volvía a estar en calzoncillos. Y antes de que Sigrid se le adelantara, Akira le dio una colleja en el cogote con la palma de la mano—. Compórtate y guárdate las bolas tío, que hay niños delante —si tenía tanto calor podía esperarse a que diéramos el rodeo al volcán, pero habiendo niños en la plaza del puerto, que se fuera quedando en pelotas dejaba en muy mala posición a la Marina, y más aun teniendo en cuenta que era “sargento”.
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